miércoles, 28 de diciembre de 2022

1978- LOS NIÑOS DEL BRASIL -Franklin J.Schaffner.

Desde el sádico Amon Goeth de “La Lista de Schindler” (1993) al Gestapo de pantomima de “En Busca del Arca Perdida” (1981), los nazis han demostrado ser los villanos más resultones de Hollywood. Sus uniformes, iconografía, acentos y manierismos son tan fáciles de reconocer y replicar que los guionistas no han tenido nunca dificultades a la hora de crear personajes sobre los que aplicarlos. Los nazis de las películas pueden ser fríos, despiadados y eficaces, o intrascendente carne de cañón; los enemigos de la democracia y de la propia vida, o figuras cómicas de las que burlarse.

 

Fue sobre todo allá por la década de los 60 y 70 del pasado siglo cuando los nazis pasaron a ocupar el rol de villanos raciales que anteriormente habían desempeñado los orientales en los años 20 y los comunistas en los 50 y 60. Así, los portadores de la esvástica desempeñaron tal papel en thrillers de primera división como “Conspiración en Berlín” (1967), “Portero de Noche” (1974), “Marathon Man” (1976), “El Viaje de los Malditos” (1976), “Operación: Isla del Oso” (1979), “La Fórmula” (1980) o la mencionada “En Busca del Arca Perdida”. Pero este entusiasmo por los villanos nazis no fue nada en comparación con el que exhibieron las películas de terror de serie B e inferiores, con títulos como “She Demons” (1958), “The Flesh Eaters” (1964), “The Frozen Dead” (1966), “Flesh Feast” (1970), “Ondas de Choque” (1977), “El Barco de la Muerte” (1980), “Night of the Zombies” (1981) o el clásico de serie Z “They Saved Hitler´s Brain” (1964).

 

El novelista Ira Levin debió ser muy consciente de esas películas –y puede que incluso pretendió parodiarlas- cuando escribió “Los Niños del Brasil” en 1976. Levin siempre tuvo la habilidad de imaginar argumentos que oscilaban entre lo original, lo audaz y lo absurdo y que mantenían el interés gracias a una serie de astutos giros. Es el caso de “La Semilla del Diablo”, donde una mujer se convence de que ha sido inseminada por Satanás; o “Las Esposas de Stepford”, donde un ama de casa descubre que los hombres de su pueblo han reemplazado a sus esposas por duplicados robóticos.

 

Sin embargo, con la excepción de “La Semilla del Diablo” (1968), los realizadores cinematográficos no han conseguido duplicar en pantalla los juegos conceptuales y la sátira de Levin. “Los Niños del Brasil” es una película que, aunque adapta razonablemente bien la trama de la novela homónima, viene lastrada por demasiados problemas.

 

El anciano cazador de Nazis Ezra Liebermann (Laurence Olivier), residente en Viena, recibe una llamada telefónica de un joven y entusiasta admirador, Barry Kohler (Steve Guttenberg), en la que le informa de que ha conseguido grabar una reunión celebrada en Paraguay y presidida por el infame doctor nazi Josef Mengele (Gregory Peck) en la que éste encargaba a sus subordinados asesinar a 94 funcionarios de nueve países diferentes, todos ellos de alrededor de 65 años de edad y a lo largo de un periodo de dos años y medio. Las muertes debían parecer accidentales y el doctor vincula el futuro del Reich a su éxito. Sin embargo, Mengele rastrea y mata a Barry antes de que pueda transmitirle a Liebermann toda la información.

 

Sabiendo lo que debe buscar y valiéndose tanto de la ayuda de su hermana Esther (Lilli Palmer) como de un contacto en una agencia internacional de noticias, Liebermann empieza a investigar muertes acaecidas en todo el mundo que se ajusten a ese perfil. Al principio no encuentra nada pero un día descubre que algunos de los fallecidos tenían hijos adoptados que eran completamente idénticos en aspecto y personalidad. Sus pesquisas le revelan el propósito y amplitud del plan de Mengele: ha creado 94 clones de Adolf Hitler y luego los ha colocado bajo el cuidado de familias similares a la que tuvo el Führer. Dado que el padre de éste, un funcionario, murió a la edad de 65 años, ahora envía a sus asesinos para matar a los padres adoptivos de los clones con el fin de ir recreando paso a paso el entorno y circunstancias que modelaron psicológicamente a su venerado líder.

 

A la hora de ver esta película casi medio siglo después de su estreno, conviene entender por qué en su momento tuvo más impacto del que hoy creemos se merece. La Segunda Guerra Mundial había finalizado hacía “sólo” 33 años y estaba todavía fresca en la memoria de mucha gente; y “sólo” habían pasado 16 años de la captura del criminal de guerra nazi Adolf Eichmann en Argentina, por lo que era todavía creíble que pudieran sobrevivir docenas de nazis viviendo anónimamente en Sudamérica, rumiando el amargor de su derrota y conspirando para resucitar su antiguo imperio. De hecho, el auténtico Josef Mengele, que a la sazón contaba 67 años, llevaba tiempo ocultándose en Argentina primero y Brasil después (moriría de ataque al corazón en 1979). Por otra parte, faltaban aún veinte años para que la oveja Dolly se convirtiera en una estrella mediática y la clonación seguía siendo campo exclusivo de la CF. 

 

Uno de los problemas de la película es, paradójicamente, haberse proyectado como un thriller de primera división al estilo de otros contemporáneos. Por ponerlo en perspectiva, su presupuesto de 12 millones de dólares lo situaba en la misma liga de, por ejemplo, “El Cazador” (1978), con 15 millones. Así, tenemos un reparto de estrellas clásicas y muy queridas (Olivier, Peck y James Mason) y un desfile de localizaciones internacionales.

 

Pero el director Franklin J.Schaffner, que había sobresalido en títulos como “El Planeta de los Simios” (1968) o “Patton” (1970) a la hora de combinar mensaje político y entretenimiento, parece haber perdido esa habilidad en esta ocasión. La misma talla de la producción ahoga los elementos de thriller de conspiraciones y la cohesión de la trama de la novela se diluye en una sucesión de investigaciones más propias de un procedimental. En su favor, puede aducirse, primero, que todo transcurre a un ritmo ágil y que no llega nunca a estancarse; y, segundo, que es la primera película de especulación científica en la que se plantea un experimento de clonación de una forma realista, esto es, los clones no aparecen repentinamente siendo ya adultos y disponiendo de todos los recuerdos del original, sino que se nos explica que su madurez transcurre a un ritmo vital normal y que, para reproducir lo más fielmente posible la psicología de aquél, debe crecer en las mismas condiciones sociales y familiares.

 

Eso sí, aunque la idea de que los viejos nazis clonaran a Hitler para recuperar su antiguo Reich y esclavizar al mundo tiene mucho potencial, empieza a tambalearse cuando examinamos más de cerca la tecnología necesaria y el grado de desarrollo en el que se hallaba ésta en la época. Se le pide al espectador que suspenda su incredulidad y asuma que la tecnología de clonación que vemos en pantalla –no tan vanguardista entonces como se nos muestra- podría haber sido inventada por Mengele bastantes años atrás.

 

La película, no obstante, plantea ideas y temas muy interesantes hasta su mismo final. Para empezar, los peligros de repetir la Historia, en este caso el ascenso del fascismo u otras tiranías, si el mundo olvida a su pasado. El experimento de Mengele es posible porque incluso aquellos que trabajan por llevar a los nazis huidos ante la justicia han perdido la fe en la causa. Está también la discusión sobre la justicia preventiva: ¿debería asesinarse a los clones por lo que quizá algún día lleguen a ser, o deberían ser libres para elegir su destino? La película muestra los argumentos de ambas partes (ATENCIÓN: SPOILER): Liebermann elige destruir la lista con los nombres de los 94 clones para evitar que un agente israelí los asesine, pero al final, en un giro clásico de Levin, se ve a Bobby Wheelock, uno de los clones, en su cuarto de revelado, mirando con fascinación morbosa las fotos que hizo de los restos de Mengele, destrozado por sus perros en su salón. (FIN SPOILER).

 

Por supuesto, está también presente el temor clásico de la ciencia ficción, las consecuencias de que el progreso científico caiga en malas manos, y su tropo relacionado, el “mad doctor”. En este caso, en la figura de uno de sus referentes más funestamente famosos, el doctor Josef Mengele, el “Ángel de la Muerte”, cuyas investigaciones y experimentos con gemelos y personas aquejadas de deformidades en los campos de concentración de Auschwitz y Birkenau, le aseguraron la inmortalidad en competencia con contrapartidas suyas literarias mucho menos crueles, como el Víctor Frankenstein de Shelley o el Moreau de H.G.Wells. Mengele, por cierto, había aparecido poco antes en una alabada producción, “Marathon Man” (1976) donde, curiosamente, había sido interpretado por un Laurence Olivier empeñado en castigar al personaje de Dustin Hoffman con una sesión de ortodoncia creativa.

 

El problema viene cuando se vierte sobre el molde de una película de presupuesto tan elevado como sus pretensiones y los temas que plantea, la ligereza desenfadada de la prosa de Levin. El resultado no puede sino revelar sus inconsistencias y escorarse hacia la estupidez. Y, efectivamente, con las expectativas tan altas que suscitaban las dimensiones de la producción, el prestigio de su director y el de los actores implicados, es comprensible sentir decepción ante la película terminada. Hay un claro conflicto entre el talento implicado y el sabor pulp de la trama, lo que desemboca en que el film carezca tanto de la talla y estilo de un trabajo “serio” como del espíritu juguetón y autoconsciente de las producciones menores. Algunos de los giros más absurdos del guion pueden incluso provocar risas involuntarias.

 

Por ejemplo, aun cuando Ezra Liebermann fuera el más eficaz e implacable cazador de nazis del mundo, resulta inverosímil que pueda encarrilar su investigación tan rápidamente recurriendo tan solo a revisar noticias dispersas de fallecimientos de funcionarios por medio mundo. Es más, si el plan de Mengele es condicionar psicológicamente a los clones de Hitler, ¿por qué esa manipulación pasa por que el padre sea funcionario y muera a una edad determinada en vez de impulsar la vena artística de los muchachos, como había sido el caso del auténtico Hitler? También está la pequeña cuestión monetaria. Se muestra a los Nazis viviendo con un lujo que sin duda hubiera atraído la atención de los agentes del Mossad que por entonces buscaban a Mengele en Paraguay.

 

El tufillo a serie B se filtra también en lo referente a los efectos especiales. Además de algunas escenas muy convencionales, como el típico muñeco arrojado desde una presa o el padre de Bobby desplomándose de forma un tanto extraña tras ser alcanzado por un disparo (producto, quizá, de una segunda unidad no dirigida por Schaffner), tenemos la inolvidable escena de Mengele siendo atacado por unos doberman, en la que se utilizaron brazos falsos colgando del torso de Peck, un maquillaje muy obvio para crear las cicatrices de la cara y un cubo de sangre demasiado roja.

 

Y, desgraciadamente, las interpretaciones de los dos actores principales dejan también bastante que desear. Es un misterio cómo la temblorosa voz y remilgados manierismos de Olivier merecieron una nominación al Oscar por este papel, que volvería a repetir punto por punto como padre de Neil Diamond un par de años más tarde en “El Cantor de Jazz”.  

 

En el extremo opuesto se halla Gregory Peck, que recientemente había recuperado el favor popular gracias a la solidez y sutileza con que había interpretado a su personaje en “La Profecía” (1976) y que ahora, según se publicitó ampliamente, afrontaba su primer papel de villano (lo cual no era exactamente cierto si consideramos como tales los que tuvo en “Duelo al Sol”, 1946; o “Moby Dick”, 1956). Su rostro es tan estólido que parece moldeado en cera. Este intento de hacer parecer a su personaje implacable funciona en algunas escenas, pero en otras en las que la furia se apodera de él resulta risible. Hace muecas a la cámara y escupe sus líneas con un acento alemán que va y viene (el de Laurence Olivier todavía resulta más ridículo y oscilante).

 

El reparto de secundarios ofrece algunas caras conocidas. Uno de los padres asesinados es Michael Gough (el mayordomo Alfred de “Batman”, 1989) y la actriz que interpreta a su esposa es Prunella Scales, más conocida por su papel de Sybil en la serie “Fawlty Towers” (1975-79). Walter Gotell, que da vida a uno de los más viejos aliados de Mengele, sin duda le resultará conocido a los fans de James Bond por haber interpretado a agentes rusos en sus películas. Bruno Ganz, que irónicamente encarnaría magistralmente a Hitler en “El Hundimiento” (2004), aparece aquí como un científico universitario especializado en clonación y cuyo papel en la historia es la de aportar la información que permitirá a Liebermann completar el puzzle. Es preciso destacar, por supuesto, a James Mason como el coronel Siebert, encargado de la Inteligencia del grupo de nazis, tan contenido y elegante como siempre. Y, por último, a Jeremy Black, que asume múltiples acentos y un horrible corte de pelo para interpretar convincentemente los diferentes clones de Hitler que intervienen en la trama.

 

“Los Niños del Brasil” trata de explorar algunas ideas interesantes, insertas en una trama deudora de los pulps y articuladas a través de unos actores con un pie en la sobreactuación. Aunque el cómputo global se inclina hacia lo estúpido y que no puede competir con el tipo de película que, por ejemplo, habría hecho Steven Spielberg a partir del mismo guion, sigue siendo un producto disfrutable –aunque sea como placer culpable- que es fácil que deje huella en la memoria por la audacia de su premisa y el pulso con el que está llevada la trama.

 

 

 

4 comentarios:

  1. Hola que buen resumen y reseña, yo la vi hace varios años y no la recuerdo mal.

    Igual la voy a ver nuevamente bajo la influencia de tu artículo

    Gracias

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    1. Gracias a tí por comentar. Ya me dirás qué sabor te deja el revisionado. Un saludo

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  2. Excelente artículo Manuel! Una pequeña corrección, el personaje que interpreta Olivier en "Marathon Man" no era Mengele, sino un jerarca nazi inspirado puramente en el, llamado Cristian Szell.

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    1. Cierto, un pseudomengele. Gracias por la puntualización. Un saludo

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