jueves, 21 de mayo de 2015

2009- PANDORUM – Christian Alvart


Tengo que admitir mi predilección por las historias que incluyen naves misteriosas o hábitats espaciales. La literatura de ciencia ficción está repleta de ellas, con trabajos como “Eon” (1985) de Greg Bear, la Trilogía de Gea (1979-1984) de John Varley o el clásico “Cita con Rama” (1975) de Arthur C.Clarke. Están también los relatos sobre naves generacionales, esos colosales vehículos que surcan el espacio durante siglos y en cuyo interior se suceden las generaciones de tripulantes. Son el núcleo de novelas como “Huérfanos del Espacio” (1964) de Robert A.Heinlein, “La Nave Estelar” (1958) de Brian Aldiss, “Rito de Iniciación” (1968) de Alexei Panshin o “Universo Cautivo” (1969) de Harry Harrison.

Por su parte, lo que podríamos llamar “terror interestelar”, fue iniciado por “Alien, el Octavo Pasajero” (1979) y perpetuado por la propia franquicia y sus múltiples imitadores. Por desgracia, la fórmula -tripulación atrapada en el interior de alguna enorme nave mientras es acechada y masacrada por alguna criatura horripilante- hace ya tiempo que se agotó y apenas se han realizado aportaciones en términos de creación de nuevas atmósferas o ideas originales -“Nightflyers, la nave viviente” (1987), quizá algunos momentos de “El abismo negro” (1979)-, limitándose en cambio a ajustarse a esquemas más o menos previsibles, como sucede en “Horizonte Final” (1997), el telefilme “Alien Cargo” (1999) o “Supernova, el Fin del Universo” (2000), por no hablar de los innumerables clones de la ya mencionada “Alien”.

En cuanto al tema de las naves generacionales en el cine se han hecho intentos como la increíblemente mala “Espacio Exterior” (1988), la teleserie “Starlost” (1973) y algún episodio aislado del Doctor Who (los seriales The Ark, en 1966; y The Ark in Space, en 1974), “Star Trek” o “Espacio: 1999”. La serie “Ascension” (2014) también tocaba el tema, pero técnicamente ni siquiera estaba ambientada a bordo de nave alguna. A la postre, nada con demasiada sustancia.

Y entonces, en 2009, las esperanzas de los fans volvieron a reactivarse con “Pandorum”, del director alemán Christian Alvart, una película que prometía fusionar el terror interestelar con la fascinante idea de una nave generacional.



En el año 2174, se descubre un planeta similar a la Tierra al que se bautiza como Tanis. Nuestro mundo, superpoblado, hipercontaminado y despojado de recursos, pone todas sus esperanzas en la nave Elysium, que en un viaje de 123 años transportará a 60.000 colonos en éxtasis criogénico y muestras genéticas de multitud de especies animales y vegetales para iniciar el poblamiento de Tanis. Será el comienzo de la diáspora humana por la galaxia.

Pero claro, dado que el Elíseo (la traducción al español del nombre de la nave) era originalmente en la mitología griega una parte del inframundo, del hogar de los muertos, uno debería esperar que las cosas fueran a marchar bien. A mitad de viaje, el cabo Bower (Ben Foster) y el teniente Payton (Dennis Quaid) son abruptamente despertados de su criosueño, sin que haya aparentemente motivo para ello. Averiguan inmediatamente que la nave se ha quedado sin energía y parece abandonada.

Bower sale de la sección donde se encuentran para intentar poner en marcha de nuevo el reactor. Sin embargo, a medida que se aventura por los oscuros corredores y pasadizos de la
gigantesca nave, se da cuenta de que no está solo. Algunos miembros de la tripulación han revertido a un estado de salvajismo y son cazados por criaturas humanoides monstruosas, quizá alienígenas o víctimas del mal funcionamiento de un acelerador mutagénico que, teóricamente, les habría permitido ajustar sus biologías a Tanis. Bower y Payton intentan averiguar qué le ocurrió a la misión sólo para comprender que podrían estar afectados por Pandorum, un trastorno mental que provoca paranoia, alucinaciones y ataques psicóticos.

La historia de la producción de “Pandorum” se remonta a finales de los noventa, cuando Travis
Milloy, un guionista con solo dos películas mediocres en su haber, redactó un libreto preliminar ambientado en una nave prisión cuyos peligrosos internos, que estaban siendo transportados a otro planeta, huyen y se transforman en unos monstruos caníbales. Con poca confianza en que aquel proyecto tan oscuro y violento pudiera interesar a ningún gran estudio, consideró rodarla en una fábrica abandonada con un mínimo presupuesto de 200.000 dólares y actores desconocidos y lanzarla directamente al mercado del vídeo.

Y aquí es donde entran los productores Paul W.S.Anderson –que también es director- y Jeremy Bolt, un dúo que ya estaba familiarizado con la ciencia ficción tras haber firmado títulos como “Mortal Kombat” (1995), “Horizonte Final” (1997), “Soldier” (1998), “Resident Evil” (2002), “AVP: Aliens vs Predator” (2004) o “La Carrera de la Muerte” (2008). Ambos acogieron el guión de Milloy bajo el sello Impact Pictures que habían creado en 1992 y llegaron a un acuerdo con el distribuidor alemán Constantin Films para financiarla.

Quien debía llevar el film a buen puerto era el director germano Christian Alvart, que había
obtenido cierto grado de reconocimiento internacional gracias a su segundo film, “Anticuerpos” (2005), acerca de un asesino en serie. El mismo año que se estrenó “Pandorum”, Alvart debutó en lengua inglesa con el modesto “Expediente 39”, que tras permanecer en el limbo de la distribución se topó con una recepción que iba de lo tibio a lo hostil. Alvart fusionó el guión de Milloy con otro de su propia creación sobre unos astronautas amnésicos a bordo de una nave colonizadora. El resultado fue “Pandorum”.

La premisa de partida es impactante: los tripulantes de servicio de la Elysium–la mayor parte
de la tripulación duerme y sólo despertarán cuando llegue el momento de relevar al equipo anterior- escuchan atónitos el mensaje de despedida de Control de Misión, anunciándoles la inminente destrucción de la Tierra y que ahora la nave será la única esperanza de la Humanidad. Conviene disfrutar de esas tomas generales de la gigantesca nave, porque ya no la volveremos a ver desde el exterior hasta el final.

Pero tras el prometedor comienzo y durante buena parte del resto del metraje, lo que se le ofrece al espectador parece una variación, y no una particularmente original, de los clichés de “Alien”: dos miembros de la tripulación despertándose del criosueño para encontrarse con que algo ha ido mal y descubrir que en las sombras de los siniestros corredores acechan horribles criaturas sedientas de sangre. Y, por si los parecidos con Alien fueran pocos, también tenemos una carrera contra el tiempo para detener un reactor nuclear a punto de estallar.

Dicho esto, el guión consigue arrancar algunos momentos originales a la idea básica. Bower y Payton despiertan con sus recuerdos seriamente afectados, lo que empieza a sugerir que nos encontramos ante un drama espacial en la línea de “Mentes en Blanco” (2006), pero este
enfoque, por desgracia, se abandona rápidamente. Conforme Bower se interna en la nave, encontramos a otros supervivientes que han regresado a un estado de salvajismo. Aquí, la película toma una nueva dirección: la historia de una nave generacional cuyos ocupantes han olvidado su misión y su origen, creyendo que todo su mundo se reduce a los corredores y estancias que les rodean. De fondo está la posibilidad de que hayan sido afectados por el Pandorum, un tipo de locura espacial amplificada por el criosueño. Hay aquí un buen potencial y conceptos interesantes que prometen algo mejor que la enésima copia de “Alien”.

En las escenas iniciales, Christian Alvart invierte muchos esfuerzos en construir una atmósfera de suspense y angustia: lo único que vemos son largos corredores sólo iluminados por las linternas o las barras de luz química que llevan los personajes y que arrancan ominosos reflejos a las irregulares superficies metálicas; o claustrofóbicos túneles de ventilación por donde aquéllos tienen que arrastrarse. A ello se une el sonido que acompaña constantemente a esas imágenes, una especie de sorda vibración propia de la maquinaria industrial.

De repente, todo estalla en un torbellino de violencia cuando unas criaturas mutantes de desagradable apariencia atacan a los supervivientes. Como en cualquier clon decente de la
franquicia Alien, el director sólo ofrece destellos de las criaturas, haciéndolas aparecer y moverse en planos lejanos o muy rápidos como para poder distinguir algo claramente. A pesar de su falta de originalidad, el efecto funciona razonablemente bien. El problema es que a partir de aquí y durante el resto del segmento principal, todo resulta en exceso confuso. Bower y sus recién hallados aliados corren y corren por los pasillos, pero no se sabe muy bien hacia dónde ni por qué y la escasa iluminación no contribuye precisamente a ayudar al espectador.

Toda esta parte central de la película quizá sea la más emocionante, pero también la menos original y la más previsible por no hablar de su escasa verosimilitud. Para empezar, todos ellos corren por los pasillos mucho más rápido que los mutantes, los cuales nos han dejado claro desde el principio que no sólo son extremadamente violentos, sino más fuertes y veloces que los humanos. Pero es que además no se explica –probablemente porque es imposible- cómo un granjero se ha convertido en un experto en artes marciales y combate con armas y una genetista es capaz de acrobacias propias de un superhéroe. Gran diferencia ésta con los personajes del “Alien” original, quienes carecían totalmente de habilidades guerreras, potenciando así la sensación de indefensión.

Ciertamente, la película ofrece algunas sorpresas y sobresaltos y el giro final y la resolución no están exentos de fuerza e incluso brillantez. La historia integra con inteligencia elementos propios de la ciencia ficción sin que parezcan absurdos ni tópicos. Pero la sección central, aquella que parece un cruce entre “Alien”, “Resident Evil” y “Horizonte Final” (estas dos últimas, por cierto, producidas también por Paul W.S.Anderson y Jeremy Bolt), no termina de funcionar bien. No solamente es algo que se ha utilizado hasta el cansancio en muchas otras cintas, sino que el propio origen de las criaturas mutantes no está bien explicado, pareciendo que su único motivo para estar allí es que cualquier nave grande, oscura y con muchos pasillos necesita de algún tipo de monstruo babeante.

(ATENCIÓN: SPOILER): El otro segmento que no acaba de funcionar bien del todo es la revelación final de que uno de los personajes está aquejado de Pandorum y que el otro, con el que ha estado conversando durante buena parte de la película, no es más que una alucinación producida por su mente. Si bien es un golpe de efecto, se acerca demasiado al cliché que se estableció tras los éxitos de “El Sexto Sentido” (1999) y “El Club de la Lucha” (1999), en virtud del cual, al final de la trama, se invierten súbitamente las asunciones previas que el espectador había hecho sobre la identidad de los personajes. (FIN DE SPOILER)

En cuanto al reparto, Ben Foster tiene la oportunidad de encarnar la figura de héroe tras haber sido encasillado en papeles de psicópata tras su participación en “Hostage” (2005), “Alpha Dog” (2006) o “•El Tren de las 3:10” (2007). Su interpretación es eficaz, aunque nada por
encima de la media. Algo parecido se puede decir de la actriz alemana Antje Traue; su personaje es poco creíble, pero al menos su belleza aporta algo de alivio al tono oscuro y sucio de la película. Destacar por último a un siempre bienvenido Dennis Quaid, incluso aunque su papel aquí sea bastante reducido.

“Pandorum” es, en suma, una película que arranca como ciencia ficción para convertirse enseguida en un film de terror y acción hasta su conclusión, momento en el que recupera su espíritu inicial. Es una lástima que la buena historia que se escondía en su interior nunca llegara a madurar realmente, porque había buen material de partida, un notable trabajo de diseño de producción, un ritmo bien dosificado y un final sorpresa bastante interesante. Aunque se pensó en “Pandorum” como la primera de tres películas, su pobre resultado en taquilla (no llegó siquiera a recuperar la inversión) hace poco probable que alguna vez veamos lo que aguardaba a los colonos en Tanis.

¿Es “Pandorum” una mala película? No, pero la buena ejecución no es un sustituto de la originalidad. Habrá que seguir esperando para ver una película sobre naves generacionales que haga justicia al subgénero.

2 comentarios:

  1. Siempre me pregunto quien sera el abrazafarolas que se cree en posicion de criticar el trabajo de chorrocientas personas cuando el no sabe ni hacer la o con un canuto.

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  2. O criticar un análisis cuando no se es capaz de escribir uno.

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