domingo, 14 de octubre de 2012

1987-AGENTE DE BIZANCIO - Harry Turtledove


 



Las ucronías o historias alternativas (término bautizado por Charles Renouvier y del cual hablamos algo en un post anterior) son un campo disputado tanto por la fantasía y la ciencia-ficción. Y es que cuando hablamos de ésta última, pensamos automáticamente en el futuro, tecnología avanzada, la aventura espacial, alienígenas… Sin embargo, desde que el viaje temporal comenzó a formar parte del género en el siglo XIX, los autores no tardaron en preguntarse qué ocurriría si alguien del presente –o del futuro- se trasladase a una época anterior e hiciese algo que cambiara la corriente temporal. La eliminación del propio viajero del tiempo fue la evolución natural: ¿qué sucedería si un evento clave de la Historia tal y como la conocemos, no hubiera tenido lugar? ¿En qué serían las cosas diferentes? El campo de desarrollo de esta ficción es infinito.

¿Por qué puede adscribirse a la ciencia-ficción este subgénero con más naturalidad que a la fantasía? Bueno, es este un debate interminable en el que hay opiniones para todos los gustos, pero digamos que en las “Historias Alternativas” no hay elementos fantásticos. Los acontecimientos históricos, la sociedad, la tecnología… son diferentes a como son hoy en día, pero forman un mundo coherente con el cambio histórico que se ha introducido de partida. Aquí no hay brujos, presencias sobrenaturales, vampiros ni seres extradimensionales responsables de la alteración de la corriente temporal. Se trata de la construcción de un mundo lógico y racional regido por nuestras mismas pautas humanas y naturales, solo que en lugar de hacerlo en el futuro o en otro planeta, se edifica sobre una corriente temporal distinta.

Las encrucijadas históricas clave de las que hablaba más arriba son conocidas como puntos Jumbar: ¿Qué hubiera ocurrido si Napoleón hubiera conquistado el mundo? ¿Y si Hitler hubiera ganado la Segunda Guerra Mundial? ¿En qué habrían cambiado las cosas si los vikingos hubieran colonizado con éxito Norteamérica? Por supuesto, son especialmente atractivas las novelas que introducen a las grandes religiones. Aquí tenemos una de ellas.

La historia de Bizancio es una de las grandes olvidadas en la cultura actual. Templarios, egipcios, romanos o griegos han copado la novela histórica y las pantallas de cine expulsando otras épocas históricas no menos interesantes. A menudo se pasa por alto que tras la caída del Imperio Romano de Occidente, el de Oriente, con su centro en Constantinopla, perduró mil años más. Y no se limitó a sobrevivir, sino que llegó a abarcar un inmenso territorio sobre el que dejó sentir poderosamente su influencia. ¡Mil años! Siglos de hazañas militares, intrigas cortesanas, disputas religiosas, tragedias, matanzas, descubrimientos, logros en las artes y las letras… su historia es sencillamente fascinante (para aprender un poco más, recomiendo el libro de Isaac Asimov “Constantinopla”, dentro de su serie Historia Universal, escrito en un tono ligero y ameno).

 


Hacía ya mucho tiempo que el Imperio se había esfumado cuando su capital, Constantinopla, cayó en manos de los turcos otomanos en 1453. Poco a poco, los árabes primero y las oleadas turcas después, fueron mordiendo pedazos de territorio y cultura, pero no para incorporarlos a la suya, sino para hacerlos desaparecer. Los turcos eran un pueblo nómada originario de las lejanas estepas mongolas y la cultura romano-griega y su religión cristiana les eran completamente ajenas. No tuvieron interés alguno en preservarlas y aún hoy, los turcos no sienten esa parte de la historia de su país como una porción de su legado. Los bizantinos no fueron sus antepasados. Estuvieron allí, sí, pero fueron conquistados y “desaparecieron”. La historia de Turquía empezó con ellos, con los turcos.

Así, aparte de algunos restos bien conocidos en la actual Estambul, los vestigios bizantinos en Turquía han sido convenientemente olvidados. Se restauran mezquitas y madrasas selyúcidas, pero las antiguas ruinas cristianas son dejadas de lado. Si los custodios de su historia no tienen interés en divulgar y preservar esa parte de la misma, no es de extrañar que en el resto del mundo el Imperio Bizantino haya ido sumiéndose en la penumbra. A ello hay que añadir ese enquistado enfrentamiento entre el cristianismo oriental y el occidental a raíz del cisma, alimentado con lamentables episodios como la Cuarta Cruzada y que ha hecho alejar a cada facción la mirada de la historia y tradiciones de su supuesto “contrincante”.

El resultado es que todo el mundo conoce a los vikingos, cuya historia de esporádicas y violentas incursiones duró “sólo” un par de siglos. En cambio, sólo los aficionados a la historia y los eruditos recuerdan a Justiniano, san Juan Crisóstomo, Belisario o Heráclito, grandes figuras de la historia bizantina.

Harry Turtledove recupera esa etapa histórica en esta novela y lo hace, además, estableciendo un
interesante punto Jumbar: ¿Y si el Islam no hubiera nacido? En este mundo alternativo, Mahoma se convirtió en un ardiente cristiano, terminando sus días como arzobispo de la hispana Cartago Nova y canonizado tras su muerte. El mundo cambió por completo. Porque fueron los árabes los que en el siglo VII comenzaron castigando y debilitando al mundo bizantino empujados por el fervor de su nueva fe. Bizancio perdió territorios y soldados y, aunque aún viviría momentos gloriosos, a partir de ese momento se encontró mayormente a la defensiva, luchando por su supervivencia.

En “Agente de Bizancio”, el imperio romano ha continuado siendo la gran civilización occidental sin menoscabo de su poder hasta el siglo XIV. La Edad Media y su época de oscurantismo no han existido, Germania sigue siendo un territorio salvaje, los francosajones no pueden rivalizar con las tropas imperiales y el cristianismo es la única religión dominante. Como los árabes nunca iniciaron su guerra santa, los persas sasánidas mantienen aún el poder, siendo la única otra gran potencia del escenario político que detiene la expansión bizantina hacia oriente. Bizantinos y persas, cuyos territorios han estado expandiéndose continuamente, libran una especie de silenciosa guerra fría.

Con este tapiz, Turtledove escribió una serie de siete historias cortas independientes entre sí pero protagonizadas por el mismo personaje, Basilios Argyros, que fueron publicadas en diferentes revistas (principalmente Isaac Asimov Science Fiction ). Posteriormente, en 1987, fueron compiladas en este libro sin apenas realizar cambios, por lo que la lectura da la acertada impresión de carecer de una línea argumental.

Basilios Argyros, un capitán de exploradores del imperio bizantino, nacido en los Balcanes, consigue gracias a su valerosa actuación en el frente ser destinado a Constantinopla como miembro del cuerpo de los Magistrianoi, la policía secreta imperial, una mezcla de espías, diplomáticos y enviados especiales para cometidos delicados en interés del emperador Nicéforo III.


La estructura de las historias sigue una pauta muy definida: Argyros se encuentra ante una situación
dramática que consigue resolver descubriendo en el proceso un nuevo avance científico o tecnológico, desde el catalejo hasta la vacuna de la viruela, de los tipos móviles al brandy o la pólvora convirtiéndose así no sólo en Agente de Bizancio, sino en auténtico Agente del Cambio. Hay un subargumento de menor interés que introduce en varias de las historias a la hermosa e inteligente espía persa Mirrane, una especie de némesis de Basilios por la que acabará sintiendo respeto y admiración primero y atracción después. Aunque repetitivas en su esquema, las historias son verosímiles y coherentes y gozan de un desarrollo dinámico gracias al extenso catálogo de personajes (parca pero suficientemente caracterizados para cumplir su cometido de comparsas de Basilios) y, sobre todo, a su magnífica ambientación.

Y es que Turtledove sabe de lo que escribe. En 1977, dos años antes de publicar su primera novela, obtuvo un doctorado en Historia con una tesis sobre la monarquía bizantina. Y si algo ha cultivado este autor es la Historia Alternativa, subgénero que ha visitado quizá más que ningún otro escritor, con novelas ambientadas en variaciones de la Guerra Mundial o la Guerra Civil Americana.

Es cierto que con una revisión más cuidada, Turtledove podría haber evitado determinadas reiteraciones, lógicas cuando se publican historias independientes en revistas diferentes, pero aburridas cuando aparecen en una novela. Con todo, considero esto un fallo menor en comparación con el viaje al pasado imaginario que nos propone: desde las estepas del Danubio y la lucha contra los pueblos nómadas hasta la corte constantinopolitana y sus constantes rivalidades religioso-políticas, de la mítica Alejandría y la reconstrucción de su no menos legendario Pharos a una Hispania invadida por los francogodos, de una ciudad fronteriza con el imperio persa tapizada de misteriosos carteles sediciosos a la bárbara fortaleza de un reyezuelo del Cáucaso…El autor nos ayuda a entender lo que significaban las epidemias en las ciudades del pasado, el asombro que causaba la gran Santa Sofía, el sistema gremial y las huelgas, los apasionados conflictos religiosos o el poder de la tecnología aplicado a la política…

Por último, me gustaría destacar dos puntos más: por una parte, que a pesar de su poder, el Imperio
Bizantino de Turtledove parece haber perdido la iniciativa científica. Prolífico en teólogos y hombres versados en los complicados asuntos doctrinales, el Imperio depende de hombres como Argyros para espiar y conseguir las innovaciones tecnológicas que otros pueblos están llevando a cabo fruto de la necesidad, una necesidad que Bizancio no siente pero de la que está dispuesto a aprovecharse. Por otro lado, es de agradecer la importancia que el escritor quiere dar a los personajes femeninos; algunos de ellos, como la esposa del carpintero alejandrino o la joven curandera britana, son sin duda atractivos pero, dada la brevedad de las historias, resulta imposible un adecuado desarrollo de los mismos.

Si quieres empezar a introducirte en el subgénero de la Historia Alternativa –no del gusto de todos los aficionados a la ciencia-ficción- “Agente de Bizancio” es una buena elección. Historias de marcado carácter aventurero muy entretenidas aun cuando se ajustan a una fórmula a veces algo previsible, son un ejemplo de ese inusual y poco cultivado arte de enseñar Historia… a través de una Historia que nunca existió.


sábado, 13 de octubre de 2012

1930-H.W.WESSO







Volvemos de nuevo con un breve pero merecido homenaje a otro de los ilustradores sin los que la CF jamás habría podido construir su cuerpo visual: H.W.Wesso.

Hans Waldemar Wessolowski nació en 1894 en Alemania, en una familia de tres hijos. La pérdida de su ojo izquierdo en un accidente cuando aún era un niño, le obligó a llevar toda su vida una prótesis de cristal, pero también le eximió del servicio militar.

Aquella circunstancia no le impidió dedicarse a lo que de verdad le gustaba. En 1910 se matriculó en la Academia Real de Arte de Berlín, ayudándose a pagar los gastos con la venta de caricaturas a una revista humorística. Unos meses después se unió a la marina mercante y se pasó dos años viajando por el mundo.

Pero en 1912 el hechizo de Estados Unidos hizo presa en él: saltó del barco en el que navegaba por el litoral de Nueva Orleans y nadó hasta la costa. Carecía de documentación alguna pero en 1913 logró la ciudadanía norteamericana. Se instaló en Nueva York, contrajo matrimonio y consiguió ganarse la vida como ilustrador comercial. Si alguna vez llegó a planteárselo, no hubiera podido dar marcha atrás: en virtud del Tratado de Versalles tras la Primera Guerra Mundial, su ciudad natal alemana pasó a formar parte de Polonia.

A finales de los años veinte comenzó a trabajar como ilustrador –tanto interior como de portadas- para la mayor editorial de revistas pulp del país, Street&Smith. Sus primeros trabajos en el campo de la ciencia ficción llegaron en 1929 en la forma de varias ilustraciones para “Amazing Stories”. Poco después, en 1930, se convirtió en la principal baza artística de su más directa competidora, “Astounding Stories”, para la que realizó las portadas de sus primeros treinta y cuatro números. En 1940 se unió al departamento artístico del The New York Daily News. Ocho años después fallecía olvidado por buena parte de quienes no hacía tanto tiempo habían disfrutado con sus evocadoras portadas.

Aunque nunca gozó de la popularidad de su colega de profesión Frank R.Paul, no son pocos los que prefieren su obra, más sofisticada desde el punto de vista artístico. En particular, sus composiciones –a menudo realizadas en acuarela- eran más abiertas, menos abarrotadas y más consecuentes con el efecto general buscado que las de Paul. Su estilo pareció adecuarse especialmente bien a los requerimientos visuales de la space opera, con un toque aventurero y romántico al tiempo que llamativo. Sin embargo, su arte de casi abstracta belleza no creció al mismo ritmo que la CF: resultó estar demasiado vinculado a los gustos de una época que iba quedando velozmente atrás.

 

viernes, 12 de octubre de 2012

1932-LA ÚLTIMA EVOLUCIÓN - Joseph W.Campbell

 John W.Campbell fue una de las figuras más importantes de la CF, no tanto por las novelas y relatos que firmó como por su labor al frente de la revista "Astounding Stories". Nacido en 1910 en Newark, New Jersey, consiguió matricularse en el Massachussetts Institute of Technology (MIT) al tiempo que comenzó a escribir relatos de ciencia-ficción para el boyante mercado de las publicaciones pulp. En 1930, a los diecinueve años, vendió su primera historia y no tardó en conseguir cierta reputación en el medio mientras proseguía sus estudios. En esto último tuvo menos suerte: hubo de abandonar el MIT tras suspender alemán. Asistió entonces a la Universidad de Duke, en la que se graduó en Física en 1932, el mismo año en que apareció publicado este relato corto.

En sus primeros años como escritor, Campbell cultivó con éxito la space-opera, subgénero bien acogido por los lectores de "Amazing Stories" -que ya había salido del control inicial de Hugo Gernsback-. Como muchas de las historias de este tipo que se publicaron entonces, hay poco que hoy pueda interesar en ellas al lector moderno, así que he decidido seleccionar una que se apartaba del resto, "The Last Evolution", un relato sobre la superioridad de las máquinas con un enfoque algo diferente.

Campbell nos presenta un mundo similar al nuestro en el que los humanos han desarrollado la inteligencia artificial, aplicándola en máquinas que, a su vez, son capaces de elaborar versiones mejoradas de ellas mismas. Eso sí, se mantienen leales al hombre, colaborando con él en una fructífera relación que combina las soluciones intuitivas propias de nuestra especie con el proceso lógico artificial.

Entonces, la Tierra sufre el ataque de una enorme flota alienígena cuyo fin es conquistar nuestro planeta destruyendo todas las formas de vida. Sin embargo, las máquinas no son vida orgánica y permanecen inmunes a las armas extraterrestres. Aquéllas, con el fin de poder hacer frente a la invasión, experimentan una evolución acelerada que les convierte en armas imbatibles. La inteligencia artificial averigua la fuente energética de los invasores y muta hasta superar la sofisticación tecnológica de éstos creando una nueva forma de vida, pura energía y lógica. Los alienígenas, incapaces de comprender a quién se enfrentan, optan por abandonar el sistema solar. Pero para entonces hace ya tiempo que los hombres se han extinguido, incapaces de sobrevivir al devastador conflicto. Así, las máquinas acaban convirtiéndose en las herederas del planeta, siendo precisamente una de ellas la que ejerce el papel de narrador de la historia

Aunque el cuento en sí no es particularmente brillante (está desarrollado con un estilo seco y desapasionado -por otro lado, propio de la supuesta máquina que ejerce de narradora- y la ciencia que presenta hoy nos resulta risible), sí contiene un par de elementos dignos de destacarse. En primer lugar, la propia idea de las computadoras (o máquinas) reemplazando a la humanidad, no porque se rebelen enfurecidas contra ella, sino porque, sencillamente, son seres superiores y más eficientes que el hombre. Y, en segundo lugar y relacionado con lo anterior, es una de las primeras narraciones en exponer el concepto de "singularidad tecnológica" décadas antes de que ese término fuera acuñado por el matemático y escritor de CF Vernor Vinge: los humanos crean máquinas cada vez más perfectas hasta que éstas son capaces de replicarse a sí mismas de forma mejorada en un proceso tecnológico acelerado que culmina en una "singularidad" histórica en la que el hombre será trascendido por una superinteligencia cuyo potencial somos incapaces de entender o incluso prever en nuestro actual estadio intelectual y tecnológico.

Un relato interesante por los conceptos que propone y por tratarse de un adelanto del tipo de CF que Campbell defendería e impondría al convertirse en editor: situar el foco de la historia en las consecuencias que para el hombre tiene el avance tecnológico en lugar de en el avance en sí. No era una idea nueva en la CF -H.G.Wells, sin ir más lejos, lo había entendido décadas antes-, pero sí alejada del tono entre épico y didáctico que el género adoptó en las revistas pulp norteamericanas.

lunes, 8 de octubre de 2012

1930-WONDER STORIES



En este blog he escrito abundantemente acerca del fenómeno pulp que tuvo lugar principalmente -aunque no de forma exclusiva- en los Estados Unidos a comienzos del siglo XX. Hablé en anteriores posts de las revistas pioneras como "The Argosy", del importante papel que jugaron Hugo Gernsback y su "Amazing Stories" en la introducción de la ciencia-ficción en ese formato editorial y de algunas de las figuras más relevantes e influyentes que trabajaron para aquéllas publicaciones, ya fueran escritores como Edgar Rice Burroughs o E.E.Smith o ilustradores como Frank R.Paul o Virgil Finlay . Os remito a ellas para no caer en innecesarias repeticiones.

En esta ocasión, propongo echar un vistazo a la otra cara del aspecto estrictamente creativo, a las bambalinas de la industria que ha permitido el florecimiento de nuestro género favorito. Y para ello nos serviremos de uno de los títulos emblemáticos del pulp de CF: "Wonder Stories".

(Recomiendo la lectura previa del post "Amazing Stories" como introducción al presente).

La competencia en el sector de las publicaciones populares o "pulp" era brutal y en febrero de 1929, la compañía de Hugo Gernsback, Experimenter Publishing, fue a la bancarrota, muy posiblemente como resultado de las maniobras empresariales del editor Bernard MacFadden, quien se hizo con su cabecera emblemática, "Amazing Stories". Pero si la palabra "emprendedor" puede atribuírsele a alguien ése fue Gernsback. Inasequible al desaliento, al cabo de un par de meses fundó una nueva editorial, Gernsback Publications, que lanzó no una sino cuatro nuevas revistas, dos de las cuales se concentraban en la ciencia-ficción: "Air Wonder Stories", "Science Wonder Stories", "Science Wonder Quarterly" y "Scientific Detective Monthly" (estas dos últimas no superaron el año de vida). En todas ellas, Gernsback continuó fiel a sus principios: la ciencia-ficción debía cumplir un papel educativo y los relatos debían ser lo más rigurosos posible en lo que a la ciencia se refería sin excluir la aventura y la exploración.

"Air Wonder Stories" y "Science Wonder Stories" fueron fusionadas en una sola revista de periodicidad mensual en junio de 1930: "Wonder Stories". Las razones para tal movimiento pudieron ser bien las insuficientes ventas y el propósito de aunar los lectores de ambos títulos en una sola publicación, bien que Gernsback necesitaba reservar tiempo adicional en la imprenta para una revista técnica sobre aviación. Por otra parte, el tema de las historias de "Air Wonder Stories" era sin duda demasiado restringido como para atraer a un número suficiente de lectores -y de escritores-. Y aún hubo otra razón para la "fusión", ésta admitida con decepción por el propio Gernsback: la palabra "ciencia" en el título ahuyentaba compradores potenciales al hacerles creer que se trataba de una revista científica (resulta irónico, por tanto, que fuera precisamente el término "ciencia" de "Science Wonder Stories" lo que llamó la atención de un joven Isaac Asimov, que logró convencer a su padre para que se la comprara aduciendo su supuesto carácter educativo.

Desde su primer número (la numeración continuaba la de "Science Wonder Stories"), el editor de la
revista fue David Lasser, contratado por Gernsback no porque tuviera experiencia alguna en labores editoriales, sino por su licenciatura por el MIT. Gernsback era un empresario duro, un hombre de negocios despiadado al que no le temblaba la mano si era necesario tomar medidas para aumentar el beneficio o reducir los costes. Lo había demostrado al utilizar ilegalmente la lista de suscriptores de "Amazing Stories" -que técnicamente ya pertenecía a su nuevo propietario- para enviar a sus antiguos lectores publicidad sobre las nuevas publicaciones que iba a lanzar. En esta ocasión, despidió a Lasser argumentando que su participación en las reivindicaciones por los derechos de los trabajadores había tenido como consecuencia un descuido de su trabajo ("Ya que te gusta tanto trabajar con los parados, te aconsejo que te unas a ellos"). Es igualmente posible que algo tuviera que ver el salario de 65 dólares a la semana que cobraba Lasser. Gernsback pensaba que podía conseguir alguien más barato. Y vaya si lo hizo.

Charles Hornig era un muchacho de 17 años que había enviado a Gernsback una copia del fanzine que editaba. Éste le llamó, le hizo una somera prueba y lo contrató por 20 dólares semanales. Por entonces, "Wonder Stories" tenía una tirada de 34.000 ejemplares, comparable a la de "Amazing Stories" (cuya aceptación había declinado considerablemente desde sus 100.000 ejemplares iniciales).

Tanto Lasser como Hornig lucharon duro por mejorar el nivel literario y la precisión científica de la revista a su cargo. En aquel entonces, las narraciones que encontraban acomodo en los títulos pulp de CF eran muy básicas, más centradas en describir los inventos maravillosos que en ellas aparecían que en el desarrollo de la narración o la construcción de sus personajes. Los escritores trabajaban a destajo con plazos de entrega muy ajustados; por ello, tendían a recurrir a esquemas que en poco tiempo se volvían repetitivos y previsibles, motivo por el cual hay pocas obras que hayan pasado con éxito la prueba del tiempo aun cuando su idea básica fuera interesante. Lasser y Hornig disfrutaron de una libertad editorial poco común entonces -quizá porque Gernsback deseaba evitar el contacto directo con los autores, a muchos de los cuales les debía dinero-

Ambos editores trataron de que los escritores se centraran más en las consecuencias que sobre los personajes tenían este o aquel descubrimiento o invento futurista que en la aburrida descripción de los mismos. Lasser intentó evitar la space-opera, decantándose por historias más realistas, algunas de las cuales llegaron a plantear temas muy interesantes sobre la relación entre sexos o la corrupción inherente al ser civilizado.

Hornig, por su parte, promovió la originalidad y el rigor científico pero al mismo tiempo aconsejaba que éste no se tradujera en aburridas exposiciones que lastraran la historia. El propio Lasser -así como varios de sus escritores- fue uno de los miembros fundadores de la Sociedad Interplanetaria (más tarde conocida como la Sociedad Americana del Cohete), cuyo nacimiento fue anunciado en el número de junio de "Wonder Stories". Lasser y Hornig trabajaron duro por reforzar la libre discusión de ideas en la sección de correo de los lectores y elevar el nivel de los artículos científicos que acompañaban la ficción pura.

Stanley Weibaum, Jack Williamson, Fletcher Pratt, Thomas S.Gardner, Edmond Hamilton, P.Schuyler Miller, Frank K.Kelly fueron algunos de los autores que publicaron sus trabajos en el "Wonder Stories" de Hugo Gernsback. También en esta época se tradujeron e incluyeron en sus páginas obras de autores franceses y alemanes, como Otto Willi Gail y ello a pesar de las quejas de algunos lectores que, con el ascenso de Adolf Hitler al gobierno alemán en 1933, trataron de boicotear a los autores de esa nacionalidad. En un alarde de tolerancia y apertura de mente, Gernsback contestó diciendo que los acontecimientos que tenían lugar en Europa nada tenían que ver con la calidad de las obras producidas allí. En el apartado gráfico, todas las portadas -fundamentales a la hora de atraer al lector ocasional- disfrutaron del arte de Frank R.Paul, quien había colaborado con Gernsback desde sus inicios en "Amazing Stories".

 

Fue precisamente a partir de la sección de correo de "Wonder Stories" que nació la iniciativa más relevante a largo plazo de los responsables de la revista. Gracias a esas páginas a las que los lectores enviaban sus cartas, éstos tuvieron la oportunidad de contactar entre sí y formar grupos locales que promovían foros de discusión sobre las narraciones leídas y la multitud de especulaciones que sugerían. Gernsback vio la oportunidad comercial y en 1934 anunció la creación de la SF League o Liga de Ciencia Ficción, que no tardó en disponer de ramas no sólo por todo Estados Unidos, sino en Inglaterra y Australia. Y aunque Gernsback la utilizó para vender insignias y merchandising y publicitar sus revistas, acabó siendo mucho más que un simple club de efímera vida. El más famoso de estos grupos de aficionados fue el que formaron en 1938 en Nueva York un puñado de jóvenes que alcanzarían gran éxito como autores. Se autodenominaron “Futurians” para transmitir la idea de que un buen fan debía mirar siempre hacia el futuro. Entre ellos figuraban nombres como Isaac Asimov, Frederik Pohl, Cyril Kornbluth, James Blish y el después editor Donald Wolheim. También perteneció al grupo Damon Knight, quien rememoró su historia en "The Futurians" (1977). La SF League fue, por tanto, un instrumento fundamental en el nacimiento y desarrollo del fandom y, a través de él, a la propia ciencia ficción.

Durante algunos años, "Wonder Stories", especialmente bajo la égida de David Lasser, fue la mejor
revista de CF y la más exitosa de las publicadas por Gernsback durante su carrera como editor. Sirvió de escuela para muchos escritores noveles y supo apartarse de las más intrascendentales aventuras espaciales preferidas por sus competidoras.

Sin embargo, a pesar de los esfuerzos de Lasser primero y de Hornig después, la revista fue declinando con rapidez, pasando su periodicidad a bimensual en 1935. Su más directa competidora, "Astounding Stories" estaba recortando distancia, atrayendo a los mejores escritores gracias a sus competitivas tarifas de un céntimo por palabra. Por su parte, Gernsback se había ganado fama de mal pagador no sólo entre sus empleados -que en ocasiones tardaban semanas en cobrar- sino entre los propios escritores que suministraban los relatos que daban sentido a la revista. Culpando a los minoristas de sus problemas financieros, trató de vender sus publicaciones directamente a los suscriptores pero no consiguió los suficientes y, finalmente, en 1936, vendió "Wonder Stories" a Ned Pine y su empresa, Beacon Magazines.

El nuevo propietario tenía en su catálogo varias publicaciones en cuyos títulos figuraba la palabra
"Thrilling" (emocionante): "Thrilling Detective", "Thrilling Love Stories"... por lo que parecía lógico rebautizar a la recién llegada como "Thrilling Wonder Stories", nombre que mantuvo durante los siguientes veinte años. Al frente de ella se sucedieron varios editores, de los que cabe destacar Mort Weisinger (hasta 1941), un gran aficionado a la ciencia ficción que años más tarde aplicaría lo aprendido en DC Comics contribuyendo a la resurrección del género superhéroico sobre nuevas bases. Fue Weisinger quien lanzó un nuevo título complementario de "Thrilling Wonder Stories", "Startling Stories", que fue alternándose en su cadencia bimensual con la primera.

Sin embargo, por muchos cambios que se produjeran en el despacho del editor, las revistas de la Beacon Magazines nunca pudieron competir con la que con toda justicia se había erigido como título de referencia del género: "Astounding Stories" (de la cual hablaremos ampliamente en un futuro post). Su editor desde 1937, John W.Campbell, marcó para siempre el género con sus firmes directrices, atrayendo a escritores de la talla de Isaac Asimov o Robert A.Heinlein. Fue el comienzo de la Edad de Oro de la ciencia-ficción, pero en ella jugo poco papel "Thrilling Wonder Stories" que, incapaz de competir con la brillante dirección de Campbell, quedó relegado a un público juvenil que valoraba más las portadas con bellas señoritas ataviadas con reveladores trajes espaciales que a la calidad literaria y conceptual de las narraciones. La acción pasó a tener más importancia que las ideas en relatos de gente como Ray Cummings.

A finales de los años cuarenta, "Thrilling Wonder Stories" consiguió remontar -y brevemente
rivalizar con Astounding- gracias a un cambio en las directrices editoriales hacia un público más adulto. Se contrataron escritores de renombre que previamente habían publicado en "Astounding" (Theodore Sturgeon, A.E.van Vogt o Robert A.Heinlein) y se apostó por nuevas promesas: Jack Vance publicó aquí su primera historia en el verano de 1945 y Ray Bradbury algunos de los relatos que acabarían siendo recopilados en "Crónicas Marcianas". A comienzos de los cincuenta se fue aún más lejos, eliminando cualquier restricción a temas anteriormente considerados polémicos o escabrosos: Philip Jose Farmer publicó "Los Amantes" (1952), hoy un clásico sobre las relaciones sexuales entre especies (apareció originalmente en "Startling Stories"); el mismo autor presentó "Madre", en el que un astronauta convierte en hogar un útero alienígena; "No la Tierra de Nod", de Sherwood Springer, introducía el tema del incesto en un mundo el que sólo hay dos supervivientes…

Pero era ya demasiado tarde. Street & Smith, el mayor editor de revistas pulp del país, cerró todos sus títulos en 1949. El formato había pasado de moda, el público se decantaba por revistas más lujosas y elegantes, la televisión se erigió en el medio de entretenimiento popular por excelencia y los escritores hallaron a editoriales dispuestas a publicar sus obras directamente en volumen sin necesidad de una serialización previa. En 1955, cuando la era de las revistas pulp daba sus últimas bocanadas, "Thrilling Wonder Stories" -que para entonces se había fusionado con "Startling Stories- editó su último número.

jueves, 4 de octubre de 2012

1930-LA ÚLTIMA Y LA PRIMERA HUMANIDAD - Olaf Stapledon






Mientras los escritores norteamericanos deslumbraban a los lectores de las publicaciones pulp con sus seriales de sencillas aventuras espaciales, héroes cósmicos, mundos perdidos y malvados alienígenas, un desconocido filósofo inglés tejía una ambiciosa historia del futuro de proporciones nunca vistas hasta entonces y raramente igualadas en las décadas por venir. Olaf Stapledon (1886-1950) fue, a pesar de su nombre escandinavo, un escritor británico que se inspiró en los grandes filósofos del siglo XIX, especialmente Schopenhauer y Oswal Spengler, para escribir una original e imaginativa crónica del futuro que se convertiría en el modelo para intentos similares de otros autores, como Robert A.Heinlein, Isaac Asimov o Larry Niven.

Stapledon nació cerca de Liverpool, una ciudad eminentemente industrial de escasa tradición intelectual. Su familia, dedicada a los negocios navieros, gozaba de una buena posición económica que le garantizó una educación de calidad en Abbotsholme School y el Balliol College de Oxford, donde se licenció en Historia Contemporánea. Su primera infancia transcurrió en Port Said, Egipto, en la oficina comercial que la familia mantenía en esa localidad. Sus ideas pacifistas le disuadieron de servir en el frente durante la Primera Guerra Mundial, pero sí cumplió allí una misión como conductor de ambulancias de la Sociedad de Amigos. Tras la guerra, ejerció labores docentes como profesor, entre otras asignaturas, de filosofía -campo en el que se doctoró en 1925 en la Universidad de Liverpool-- para la Asociación Educativa de los Obreros y como profesor externo de la Universidad. Sus escritos académicos, sin embargo, no encontraron demasiado eco en una intelectualidad británica dominada por el londinense grupo de Bloomsbury, que siempre rechazó a Stapledon por su origen de provincias.

Fue entonces, en 1926, durante unas vacaciones en la costa de Gales, cuando recibió la inspiración para la que sería su primera obra de ficción. La visión de unos leones marinos acurrucados en un peñasco barrido por las inclementes olas del océano, le recordó la propia existencia de la especie humana, un ser frágil y batido por los vaivenes de una historia cósmica cuya vastedad nos resulta inabarcable. Nuestra existencia racial no es más que un parpadeo en la Historia del Universo, un episodio insignificante y efímero. Así nació en su mente la idea de crear una historia mítica del futuro de la Humanidad que nos proporcionara una perspectiva nueva de los tiempos que nos toca vivir y abriera nuestras mentes a la consideración de nuevos valores o un nuevo análisis de los que ahora aplicamos (propósito éste compartido por la ciencia ficción en general).

 


La primera parte del libro es un recuento de los primeros siglos del futuro claramente inspirado por el estilo de H.G.Wells -un autor con quien mantenía correspondencia y con el que reconocía tener una gran deuda literaria e ideológica- en el que combina la capacidad proyectiva desarrollada como historiador y su preocupación de filósofo por el análisis de los fundamentos últimos que impulsan a la sociedad y al individuo. En esos tiempos "salvajes" de la Primera Humanidad, los elevados ideales cosmopolitas de la especie no consiguen vencer los violentos impulsos tribales. Europa se ve arrastrada a devastadoras luchas intestinas -augurando quizá la próxima Guerra Mundial- entre Francia e Italia, Francia e Inglaterra y Alemania y Rusia. Mientras tanto, la influencia financiera, comercial y cultural de Estados Unidos se globaliza aun cuando la mayor parte de su población permanece obsesionada por la prosperidad material y la acumulación de prestigio y poder. Enfrente sólo se alza una China dominada por un partido único (recordemos que aún debían transcurrir dos décadas hasta que el comunismo pasara a regir el destino de ese país) que sitúa a la colectividad por encima del individuo.

Es cierto que las "predicciones" políticas puntuales de Stapledon quedaron rápidamente sobrepasadas por los acontecimientos históricos (en este caso el ascenso del nacionalsocialismo hitleriano durante los años treinta). Pero, en primer lugar, el escritor no pretendía erigirse en profeta del futuro sino reflexionar sobre el fondo de algunos temas del momento. Por otra parte, aun cuando haya cosas que nos parezcan totalmente implausibles a corto o medio plazo, no es menos cierto que resulta imposible adivinar el destino de nuestra especie dentro de cien años y que cualquier escenario podría ser factible si dejamos que transcurra el tiempo suficiente. Después de todo, recordemos que hace mil años, la perspectiva de que los salvajes vikingos suecos pudieran convertirse en una de las naciones más desarrolladas del planeta era algo inconcebible para los "civilizados" francos de entonces; o que la idea de que Norteamérica ocuparía un día el papel de potencia mundial le hubiera resultado una enloquecida fantasía a Felipe II.

Aunque introduzca ideas interesantes que de una forma u otra han resultado materializarse en nuestra época, esos primeros capítulos son los que han soportado peor el paso del tiempo debido en buena medida a las presunciones raciales y nacionalistas que hacía el autor: aunque eran algo asumido con normalidad entonces, resultan extrañas e incluso repugnantes a nuestras mentes (al menos, espero, a la mayoría).

Pero pronto, a medida que el horizonte temporal se aleja y la narración avanza a pasos agigantados
hacia el futuro lejano, aquélla se vuelve más fantástica y asombrosa. Pasan los siglos, los milenios y los millones de años, las razas se suceden en ciclos, alcanzan grados variables de civilización, cada una distinta de la anterior, con sus respectivos valores y sistemas de comprensión del universo, para hundirse de nuevo en el salvajismo. Ocurren cataclismos naturales y provocados, masivas reestructuraciones de la corteza terrestre, cambios climáticos, guerras religiosas y nucleares, la invasión de una raza marciana de carácter gaseoso y mente colectiva, la terraformación y emigración de Venus ante la prevista caída de la Luna... y, sobre todo, la paulatina evolución biológica de la especie humana hacia configuraciones más perfectas, ya sea de forma natural o forzada mediante la ciencia.

Hasta dieciocho especies diferentes de "humanos" nos describe Stapledon en un periodo que abarca dos mil millones de años, la última de ellas una raza de telépatas que se ha asentado en Neptuno y que, próxima a ser barrida por la expansión del Sol, diseminan sus esporas por el Universo con la esperanza de que la semilla humana pueda encontrar un mundo habitable. Pero antes, uno de esos avanzados seres contacta telepáticamente y a través del tiempo con un miembro de nuestra especie, la Primera Humanidad, transmitiéndonos a través de él esta fascinante historia.

Resulta casi imposible resumir lo que en ocasiones se ha calificado como "Biblia de la Ciencia Ficción" tal es la cantidad de ideas que Stapledon vuelca en ella. De un solo capítulo de la obra cualquier autor mediano podría haber extraído ideas para una docena de novelas. Stapledon elaboró una serie de líneas temporales a escala con las que el lector podía angustiarse al comprobar la insignificancia de nuestra orgullosa civilización cuando se contempla en relación a la historia del planeta, pasada y futura. Por ejemplo, toda la trayectoria de la Quinta Humanidad y sus herederos en Venus es más larga que toda la historia anterior de la Humanidad sobre la Tierra.

La novela tiene influencias directas de "La guerra de los mundos" (1898) de Wells y el ensayo "El Juicio Final" (1927) del biólogo J.B.S.Haldane, en el que planteaba la colonización de Venus. Stapledon escribió a Wells tras la publicación de esta obra afirmando que él mismo no era un asiduo lector de romances científicos. Sin embargo, en 1937 contaría a un entrevistador que había leído a Wells, Julio Verne y Edgar Rice Burroughs. El propio Wells se vio, a su vez, influido por Stapledon y escribió su propia historia del futuro en "The Shape of Things to Come" (1933).

En el prefacio de la obra, Stapledon, evocando la teoría evolutiva de Darwin, sugiere que cualquier intento de extrapolar el futuro del hombre debe "tener en cuenta todo lo que la ciencia contemporánea tiene que decir acerca de la propia naturaleza humana y su entorno físico". Efectivamente, el autor incorporó aquí las más recientes teorías astronómicas y biológicas, sintetizando una especie de epopeya mítica ligada a la cultura científica del siglo XX. En palabras del propio Stapledon, la meta no debía ser sólo "crear ficción estéticamente admirable, sino un mito".

Había sido Francis Bacon quien puso las bases para una ciencia militante y agresiva, una ciencia que desentrañara las leyes del mundo natural para ponerlo al servicio del hombre. En 1927 se descubrió que podía provocarse la mutación de las células reproductoras mediante la exposición a los rayos-X. Ello abrió la puerta a un escenario incluso más radical: la mejora del hombre podía alcanzarse a través de la mejora biológica de la propia especie.

El primer y más denostado defensor de la manipulación genética en humanos fue el primo del propio
Charles Darwin: Francis Galton. Fue él quien popularizó la palabra eugenesia. En "La Última y la Primera Humanidad" Stapledon -al fin y al cabo hijo del emergente mundo de la genética- expone un largo catálogo de prácticas eugenésicas tendentes a la mejora de la especie: hombres voladores, acuáticos, telépatas, grandes cerebros sin movilidad, émpatas naturales... Por ejemplo, una de las causas de la caída de la Primera Humanidad fue su fracaso a la hora de diseñar un programa eugenésico: "En los tiempos primitivos la inteligencia y salud mental de la raza se habían preservado gracias a la incapacidad para sobrevivir de sus miembros. Cuando el humanitarismo se puso de moda y los débiles fueron atendidos a expensas del erario público, esta selección natural desapareció. Y como esos desafortunados eran incapaces de ejercer la prudencia y la responsabilidad social, se reprodujeron sin trabas y amenazaron con infectar a toda la especie con su podredumbre”. Así, la inteligencia humana fue declinando constantemente. "Y nadie lo lamentó".

Después llegó el irresistible ascenso de la Tercera Humanidad. Con su redescubrimiento de la eugenesia, concentraron sus esfuerzos en aquello que distingue al hombre del resto de los seres: su mente. El clímax de su proyecto fueron los Grandes Cerebros. Carentes de cuerpo, alimentados artificialmente y dedicados exclusivamente a la mejora intelectual, primero ayudarán a sus creadores pero no tardarán en esclavizarlos y eliminarlos. Finalmente, aplican sus fríos intelectos sobre ellos mismos, creando una nueva especie, la Quinta Humanidad, excelsos en las artes, la ciencia, la filosofía y perfectamente proporcionados en cuerpo y mente. Capaces de viajar mentalmente hacia atrás en la corriente temporal para experimentar la totalidad de la experiencia humana, fueron sin duda la más perfecta especie que jamás pisó la Tierra.

En el amplio periodo que cubre "La Última y la Primera Humanidad" se suceden muchas utopías,
pero en todas ellas acecha el germen de su propia destrucción, incluso en aquellas en las que durante largos periodos de tiempo se erradica todo tipo de inclinación negativa, como el individualismo, el fascismo, el ansia de acumulación material o la intolerancia religiosa. Al final, nada perdura para siempre y esa civilización es sustituida por la siguiente. El interés de Stapledon reside no tanto en el estudio de las utopías, su evolución política o el desarrollo de la tecnología como en la exploración en clave mítica de las bases espirituales y pragmáticas del pensamiento humano y el conflicto permanente entre el materialismo científico y la religión trascendente (dos extremos ejemplificados en Jesus y Sócrates).

Una vez tras otra, los hombres, sean cuales sean sus formas, luchan por sobrevivir al entorno y a ellos mismos y mejorar como especie. Hay éxitos, pero casi siempre efímeros. Resulta asimismo interesante la aproximación que hace a la inteligencia alienígena en la forma de los marcianos, sugiriendo que, aunque lejos de parecerse a los humanos, tienen tanto derecho a luchar por su supervivencia como nosotros. Esta cuestión se vuelve a repetir -aunque de forma inversa- cuando la Quinta Humanidad, amenazada por la caída de la Luna a la Tierra, escapa a Venus y comienza su terraformación, modificándose a sí misma biológicamente al tiempo que extermina despiadadamente a las especies nativas.

Y al final, cuando se cierra el libro, lo que queda es una sensación de vértigo, de insignificancia en el gran escenario cósmico. Nos separan tres mil millones de años de la aparición de la vida en la Tierra. En ese tiempo, nacieron y se extinguieron infinidad de especies y sólo muy recientemente, el ser humano salió caminando de las llanuras africanas para aprender a hablar, fabricar herramientas, construir ciudades, transmitir el conocimiento de generaciones pasadas y comenzar a escudriñar los misterios del Universo. Pero no vivimos aislados del ecosistema planetario y éste cambia, no siempre a nuestro favor. El hombre y todos sus logros, pasará; llegará un momento en el que, ya sea por nuestra mano o por un cataclismo, la civilización desaparecerá; el Homo sapiens se extinguirá, como tantas especies antes que él, o deberá evolucionar. Sea como sea, la vida que ahora conocemos y que tan inmutable nos parece, no perdurará millones de años. Y a eso es a lo que nos enfrenta Stapledon de la forma más cruda: a la transitoriedad de nuestra vida como especie.

El libro es único en su género y aunque me he referido a él como novela, en realidad no se ajusta a la estructura tradicional de lo que entendemos comúnmente como tal, con un argumento definido desarrollado a través de personajes adecuadamente caracterizados. El estilo es desapasionado, distante, no hay apenas diálogo y aún menos personajes individuales; los auténticos protagonistas son la Humanidad y el Universo. La ausencia de protagonistas o siquiera de un argumento, su apabullante óptica temporal y sus reflexiones filosóficas son quizá las razones que alejan a Stapledon de una mayor aceptación por parte del lector medio.

Puede que Olaf Stapledon sea un escritor más denso y menos conocido y adaptable a otros medios que, por ejemplo, su contemporáneo Edgar Rice Burroughs. Pero su influencia no fue menor. En un tiempo en el que no existía la etiqueta "ciencia ficción" con la que relegar a una obra al sótano de la "subcultura", su novela-ensayo fue leída y apreciada por autores e intelectuales de todo tipo y condición. Arthur C.Clarke declaró que fue gracias a ella que decidió convertirse en escritor de CF; un joven Brian Aldiss confesó haber robado el libro para poder terminar de leerlo; Cordwainer Smith se inspiraría en él para crear su saga de Los Señores de la Instrumentalidad; C.S.Lewis, H.P.Lovecraft, Virginia Woolf, Gregory Benford o científicos como el biólogo Julian Huxley o el astrónomo Arthur Eddington se sintieron conmovidos y fascinados por la visión de Stapledon.

El relativo éxito de esta obra permitió a Stapledon vivir de su pluma. En 1932 se publicó una secuela,
"Last Men in London", en la que uno de esos Últimos Hombres regresa mentalmente al pasado y se une simbióticamente con un londinense del siglo XX. Sirviéndose de su nexo telepático, el ser del futuro tratará de elevar el nivel de conciencia de la especie y acelerar su evolución en un intento de evitar los desastres venideros.

El foco de esta "segunda parte" es más modesto, concentrándose en la exposición de las reformas 
políticas y sexuales que Stapledon compartía con Wells. Aquél, nacido una generación después que Wells, vivió muy condicionado por el cataclismo humano que supuso la Gran Guerra, y todo su trabajo de los años treinta, como el de muchos intelectuales ingleses, estuvo teñida de miedo, desesperación y el deseo de que se produjera algún tipo de transformación apocalíptica. El narrador de “Last Men inLondon” puede que nos hable desde la lejana perspectiva de dieciocho generaciones de evolución humana en un remoto futuro, pero todavía considera 1914 como la crisis espiritual central de nuestra era y, de hecho, la condenación de nuestra especie, un episodio cuya consecuencia sería “una especie de neurosis racial”. En esta ocasión, la fusión de perspectivas individuales y cósmicas convirtieron a este libro en uno de sus trabajos más difíciles de asimilar.

Stapledon, no obstante, aún tenía mucho que decir respecto al futuro. Si en "La última y la primera Humanidad" había recorrido dos mil millones de años, en "Hacedor de Estrellas" (1937) ese periodo ocuparía tan sólo un párrafo y en lugar de razas y especies, ampliaría su ambicioso recorrido conceptual para narrar el nacimiento y muerte de estrellas, galaxias y del propio Universo a lo largo de cientos de miles de millones de años. En próximos artículos analizaremos esa y otras obras de este nunca suficientemente valorado autor, obras que se cuentan entre lo más importante del género y que tuvieron un impacto directo y perdurable en el desarrollo de muchos de sus temas clásicos, desde la terraformación a la ingeniería genética.

martes, 2 de octubre de 2012

1974- OMAC - Jack Kirby, John Byrne


El periodo que Jack Kirby pasó en DC Comics tras abandonar Marvel en 1970 no fue lo que él esperaba. Se le había otorgado libertad creativa absoluta y control editorial sobre sus colecciones. Sin embargo, su principal proyecto, los Nuevos Dioses, había resultado ser un gran experimento fallido al que el público dio mayormente la espalda. Su innegable capacidad para idear conceptos y personajes de talla épica era pareja a su falta de desarrollo dramático en el ámbito íntimo de sus personajes y la crónica carencia de norte argumental.

En el seno de Marvel y en compañía de Stan Lee, Kirby había revolucionado el género superheróico durante los sesenta, pero su propia obra había acabado sobrepasándole en manos de autores a los que había servido de modelo y referencia. Los lectores de los setenta, ya habían podido disfrutar del "Deadman" de Neal Adams; o el "Green Lantern/Green Arrow", también de Adams con guión de Denny O´Neil; "La Cosa del Pantano" de Len Wein y Bernie Wrightson o el "Conan" de Roy Thomas y Barry Smith, obras todas ellas muy sofisticadas tanto temática como gráficamente (por no hablar del dinámico movimiento underground, con figuras como Robert Crumb o Richard Corben). De repente, Kirby y sus epopeyas cósmicas de argumentos ramplones parecían anticuadas y repetitivas. Desilusionado, su última obra para DC antes de regresar a Marvel en 1975 fue OMAC.

En un futuro lejano, sólo la Agencia Global de Paz separa a los ciudadanos del azote del crimen. Como sus pacifistas miembros tienen prohibido involucrarse en combates de ningún tipo, deciden crear el guerrero definitivo que les sirva de agente de campo y reparta los puñetazos por ellos -una actitud ciertamente hipócrita con la que Kirby no parecía sentirse incómodo-. Así que eligen a un don nadie que trabaja para una siniestra corporación que fabrica "pseudogente", Buddy Blank (Blank significa "vacío") y lo transforman utilizando "cirugía electrónica" en un superhombre de impresionante aspecto. Ha nacido OMAC (acrónimo de One-Man Army Corps, Ejército de Un Solo Hombre), una auténtica máquina de combate sin pasado ni vida privada y cuya única razón de ser es cumplir las misiones que se le asignan. OMAC es virtualmente invulnerable e indestructible gracias a su particular ángel de la guarda: Hermano Ojo, un satélite con inteligencia artificial, que lo protege de cualquier peligro, lo reconstruye molecularmente si es necesario y le proporciona toda la fuerza que requiera la situación.

En realidad, OMAC no era precisamente un personaje nuevo. Veamos: El mundo está al borde de la destrucción y un joven alfeñique es elegido para someterse a una transformación radical, un experimento que le convertirá en un supersoldado con la habilidad de enfrentarse a los perversos ejércitos de la tiranía y la opresión. Pues sí, se trata del Capitán América, que el propio Kirby y el guionista Joe Simon habían creado allá por los años 40. Los detalles varían (en lugar del suero del supersoldado se utiliza la cirugía molecular; en vez de un escudo como identificación con los caballeros medievales se introduce una cresta que recuerda a los centuriones romanos), pero la sustancia es la misma. La única diferencia viene determinada por la influencia de los tiempos que vieron nacer a cada uno de los personajes. El Capitán América fue creado para enfrentarse a la amenaza de los nazis; OMAC, treinta años más tarde, tiene otros problemas con los que lidiar: la escasez de recursos, la ciencia aplicada con fines exclusivamente económicos y la pesadilla nuclear. De hecho, OMAC nace como alternativa a la utilización de un ejército que, inevitablemente, acabaría recurriendo a las armas atómicas.

El problema es que el interés del planteamiento se detiene ahí, en unas ideas de partida con buen
potencial. Kirby no las desarrolla y se limita a trazar argumentos previsibles que oscilan entre lo absurdo y lo infantil en los que, una y otra vez, se repiten los mismos estribillos: que si el Hermano Ojo cuida de OMAC, que si la cirugía electrónica puede hacer esto o lo otro, la explicación del nombre del protagonista o por qué los operativos de la Agencia de la Paz ocultan sus rostros. OMAC parece tan indestructible como Superman: no importa que lo revienten, ametrallen, quemen o descuarticen; su satélite de la guarda lo reconstruye siempre. Llegado a este punto, Kirby se encontraba claramente desmotivado. “OMAC” se resiente de la obligación contractual que lo forzaba a entregar 15 páginas semanales, páginas que solventaba rápidamente y en las que se daban cita casi todos sus defectos y muy pocas de sus virtudes.

En lo que se refiere a las historias, Kirby nunca se había caracterizado por su sutileza. Sus personajes eran monolíticos, sus villanos íntegramente perversos y sus historias diáfanos enfrentamientos entre el bien y el mal. Y en OMAC tenemos exactamente eso, pero en grado superlativo, sin matices ni demasiada lógica. La simplicidad de los villanos destila un tufillo infantil: un multimillonario corrupto que alquila toda una ciudad por diversión, dictadores con ínfulas de conquistador mundial, megalomaniacos que roban océanos... todos ellos, intercambiables, carecen de motivos más allá de su maldad intrínseca y una ambición desmedida.

Los más entusiastas del trabajo de Kirby pueden seguir agarrándose a peregrinas interpretaciones para salvar la reputación del maestro -algo que a estas alturas no creo que sea necesario-. Por ejemplo, en un episodio, los "malos" son un grupo de ancianos ricos obsesionados con la inmortalidad que, con ayuda de secuaces, secuestran a hombres y mujeres jóvenes con el fin de utilizar esos cuerpos como receptáculos para sus perversos cerebros. ¿Se trata de un ácido comentario de Kirby acerca del doloroso proceso del envejecimiento? ¿O trata sobre el miedo a la muerte? ¿O del futuro de una sociedad dominada por envejecidos hijos del Baby Boom? Respuesta: nada de todo lo anterior. Es una mera excusa para que OMAC reparta algunos puñetazos y haga que ganen los buenos.

 


Porque, efectivamente, las situaciones se resuelven siempre a golpes y mamporros sin mediar explicaciones de ningún tipo. Se introducen elementos (como los padres falsos que la Agencia asigna a OMAC, supuestamente para hacerlo más humano) que se dejan aparcados sin llegar a aprovecharlos lo más mínimo. El propio protagonista, embarcado en aventuras de acción sin pausa, es un guerrero monolítico, sin matices, una especie de ser robótico sin personalidad ni encanto con el que resulta difícil identificarse. No dispone de una identidad secreta o un mundo privado al que pueda retirarse y que facilite al lector sintonizar con sus sentimientos, inquietudes o pensamientos. Igualmente, el mundo del futuro en el que combate OMAC carece de desarrollo alguno, es una mera idea que se nos presenta al comienzo de la colección sugiriendo una especie de distopia hipertecnológica y que luego apenas se maquilla con unas insustanciales pinceladas. A medida que el tosco concepto original se desgastó, los episodios pasaron a ser autoconclusivos, meras aventuras de decreciente interés.

Los guiones siempre habían sido el talón de Aquiles de Kirby. De haber contado con un editor que supervisara su trabajo, le marcara unas directrices y aportara coherencia al conjunto, OMAC podría haber mejorado notablemente su calidad. En Marvel, Stan Lee se encargó de encauzar, interpretar e integrar el inagotable caudal imaginativo de Kirby para conformar un sólido universo de personajes con una gran vida interior. Pero cuando éste firmó un contrato con DC, lo hizo con la condición específica de ser su propio editor. Así que nadie podía decirle nada ni modificar su trabajo. El editor en jefe debía limitarse a torcer el gesto al recibir las páginas, encoger los hombros, mandarlas a imprenta y luego indicarle suavemente que el último número se había vendido aún peor que el anterior y que quizá sería buena idea probar algo nuevo en el siguiente, consejos de los que Kirby hacía caso omiso.

En resumen, si se quiere disfrutar del comic hay que olvidar cualquier pretensión de lógica interna y
dejarse arrastrar por su acción imparable y su dibujo. Aunque, todo sea dicho, tampoco es este uno de los trabajos más destacables de Kirby en el aspecto gráfico. Sigue irradiando fuerza y personalidad y regalando de vez en cuando alguna viñeta impactante, pero la ausencia de fondos y acabado denotan claramente la desgana y rapidez en su arte, deterioro que se acelera hacia el final y que no puede compensar el discreto entintado de D.Bruce Berry y Mike Royer que a duras penas conseguían seguir el acelerado ritmo de entrega del dibujante.

Con todo lo dicho, no puede extrañar que tras ocho episodios, la colección fuera cancelada dejando al protagonista transformado de nuevo en su débil alter-ego de Buddy Blank, preso en la base secreta del villano Dr.Skuba y con Hermano Ojo inutilizado. Nunca supimos el final, aunque dada la trayectoria de la serie resulta dudoso que Kirby hubiera conseguido sorprendernos a esas alturas.

OMAC había sido una serie mediocre tanto en sus resultados artísticos como en el rendimiento económico, pero en las editoriales de comic-books raro es el caso en el que se da carpetazo definitivo a un personaje para no volver a retomarlo jamás. En 1977, el editor Jack C.Harris pensó que OMAC tendría más posibilidades como comparsa de otra creación de Kirby, esta de mayor éxito,"Kamandi", y encargó al guionista Denny O´Neil que lo integrara en el entorno de ficción de aquél en sus números 49 y 50, estableciendo que Buddy Blank había sido el abuelo de Kamandi. Tras haber nacido ambos personajes como cabeceras de colecciones mayormente independientes del resto de las colecciones de la editorial -aunque ya Kirby había introducido algún detalle ligando a Kamandi con Superman-, pasaron a compartir la llamada Tierra-K (de Kirby), una más del complejo sistema de mundos paralelos en el que se apoyaba el Universo DC, en esta ocasión, un posible futuro alternativo de Tierra-1 (en la que se desarrollaban las aventuras de los principales superhéroes de la casa).

Algo después, en "Kamandi" nº 59 (1978) comienza una historieta de complemento protagonizada
por OMAC a cargo de Jim Starlin. Sin embargo, aquella colección fue una de las víctimas de las cancelaciones masivas de la editorial tras la euforia de la década y su último número fue precisamente aquél en el que "debutaba" el OMAC de Starlin. Éste no se olvidó de lo que había dejado empezado y dos años más tarde, en 1980, aprovechando el aumento de páginas por cómic que entonces llevó a cabo DC, continuó su serial en las páginas de un título de espada y brujería: "Warlord" (nº 37-39). Un equipo menos capacitado que Starlin compuesto por Dan Mishkin, Gary Cohn y Greg Laroque continuó las aventuras del guerrero entre los números 42 y 47. La trama argumental, sin embargo, quedó inconclusa y a excepción de una aparición como invitado en “DC Comics Presents” 61 (1983, con Len Wein y George Perez), OMAC fue relegado al limbo de los personajes perdidos en espera de tiempos mejores.

Y esos tiempos llegaron de mano de John Byrne. Este artista no se ha cansado nunca de repetir en todas las entrevistas que ha concedido la inmensa influencia que para él supuso Jack Kirby. Hasta tal punto es así que incluso su trayectoria se asemejó a la de su maestro: tras formarse y alcanzar la fama en Marvel (donde alcanzó su mejor momento en la colección originalmente cocreada por Kirby, los Cuatro Fantásticos), se marchó a DC, donde disfrutó de amplia libertad creativa hasta que decidió regresar a Marvel para retomar allí una carrera tan prolífica como era su costumbre, ya en declive pero aún marcada por momentos de notable brillantez. Durante su estancia en DC, en 1991, decidió revitalizar el personaje futurista de su admirado Kirby en una miniserie de cuatro números en formato prestigio en la que trataba de rellenar no sólo los huecos argumentales dejados por su creador original, sino desarrollar adecuadamente el alter-ego del poderoso OMAC, Buddy Blank.

Byrne se tomó en serio su revitalización, demostrando una vez más su habilidad como guionista al respetar escrupulosamente el trabajo de Kirby al tiempo que edificaba algo totalmente nuevo. Para ello, recurrió al truco del viaje temporal, lo que le permitió conservar la etapa de Kirby relegándola a un futuro alternativo al que él iba a situar la acción principal. Las paradojas temporales han sido uno de los temas favoritos de Byrne en su carrera dentro de los superhéroes, habiendo hecho viajar en el tiempo a los X-Men, Alpha Flight, los Cuatro Fantásticos o los Next Men.

La historia comienza con un OMAC combatiendo en un mundo devastado en el que la civilización ha
quedado reducida a miserables e indefensos enclaves. Superando las últimas defensas de la fortaleza de Mr.Grande -un villano originalmente creado por Kirby- el imparable guerrero, apoyado por Hermano Ojo, se enfrenta y ejecuta al enemigo que tanto tiempo le ha costado alcanzar. Es, sin embargo, una victoria pírrica. Dos agentes de la Agencia le informan de que la corriente temporal en la que se encuentra es en realidad una deformación creada por Mr.Grande, quien se trasladó al futuro para huir de OMAC y construir un mundo según sus deseos. Así, el protagonista retrocede en el tiempo hasta los años 30 del siglo XX para perseguir a su némesis y evitar la manipulación temporal. Pero viajar hacia atrás en el tiempo tiene su precio: la memoria. Aún peor, además de la amnesia, OMAC revierte a su forma de Buddy Blank al perder el enlace con Hermano Ojo que, debido a un desplazamiento temporal, aún tardará varios años en encontrarle.

Es entonces cuando Byrne comienza su auténtica reconstrucción del personaje. Ya en el primer volumen vemos a un OMAC más humanizado que, gracias al recurso de ofrecer sus pensamientos como una voz en off en primera persona en lugar de diálogos con otros personajes, nos permite introducirnos en su mente: siente satisfacción y aprecio por las personas a las que salva, disfruta de los placeres mundanos y encuentra en el recuerdo de los antiguos logros de la civilización la motivación necesaria para continuar su lucha. En el siguiente episodio, Buddy Blank sustituye a OMAC como motor de la historia y aquí Byrne demuestra que es muy capaz de contar algo interesante sin necesidad de recurrir a las explosivas peleas de superhéroes.

Situando la narración en una cuidadosa recreación de la Nueva York (o Metrópolis) sumida en la
Gran Depresión, aquélla nos cuenta las tribulaciones de Buddy nada más llegar, sin recuerdos, a una ciudad de la que desconoce todo. Mediante la utilización de eficaces elipsis, un buen montaje, diálogos dinámicos y la inteligente y espaciada introducción de datos, seguimos con fluidez la evolución de su vida en los siguientes años: su convivencia matrimonial, sus dificultades laborales a causa de la Depresión, sus amistades y la amenaza invisible pero omnipresente de Mr.Grande. El desenlace alterna entre lo brillante y lo innecesariamente complicado: las páginas en las que se nos cuentan las últimas horas de la vida Buddy Blank son una brillante muestra de por qué Byrne fue en su momento considerado uno de los mejores narradores del comic norteamericano; por otra parte, la liosa y algo aburrida resolución de la trama "temporal" enturbia algo el resultado final de una obra por lo demás muy recomendable.

En el aspecto gráfico, Byrne opta por el blanco y negro, una apuesta siempre arriesgada para un dibujante puesto que es una elección que "desnuda" a las viñetas de color y puede dejar al descubierto cuantos fallos contengan. En mi opinión, la mejor época gráfica de Byrne quedaba ya unos años en el pasado, pero aún así este trabajo cuenta todavía con un respetable nivel gráfico.

Como de costumbre, el dibujante brilla en la construcción física de personajes, la expresividad de sus rostros y las escenas de acción. Su habilidad convierte en superfluos los textos de apoyo y las onomatopeyas: la pasión del dibujo es suficiente para transmitir emociones o sonidos. También es cierto que en el tercer y cuarto volúmenes su pulso comienza a fallar, ya sea por las prisas, el cansancio o la pérdida de interés: las tramas mecánicas pierden su función complementaria y se aplican abundantemente y no siempre con acierto, los detalles de las figuras en segundo plano o en planos generales se descuidan y hay perspectivas incorrectamente planteadas, detalles que no deben tolerarse en un dibujante de la experiencia y capacidad de Byrne.

Pero, en general, es una obra muy interesante no sólo para el lector de superhéroes, sino para el aficionado a la ciencia ficción, una lección de cómo renovar un personaje maltratado y narrar una historia que requiere de continuación. Quizá demasiado. Porque lo cierto es que después de este trabajo nadie pareció saber muy bien qué hacer con OMAC. No solamente era un personaje cuyas aventuras transcurrían muchos años en el futuro de la línea temporal principal de los grandes héroes de la compañía, sino que Byrne había planteado un elegante final del que no parecían colgar cabos sueltos de los que agarrarse para continuar sus aventuras.

El resto de la trayectoria del personaje es de poco interés para los aficionados a la ciencia ficción
pura, ya que la editorial procedió a incorporarlo al plantel de sus héroes cósmicos. A partir de entonces y tras un profundo replanteamiento, lo que quedaba del OMAC original -poco más que su aspecto general y su nombre- pasó a encuadrarse dentro del género superheroico -que, a pesar de tener claros elementos de ciencia-ficción, no considero apropiado para su tratamiento en este blog-. Así, tras la reinterpretación de Paul Pope en 2005 dentro de la colección "Solo", DC preparó al personaje en "Proyecto: OMAC" (Greg Rucka y Jesús Saiz) para, a continuación, enlazarlo con una de sus largas y confusas macrosagas, "Crisis Infinita". Poco puedo recomendar de toda esta etapa. Ni la serie de Bruce Jones y Renato Guedes ni la nefasta y justamente cancelada "Omactivate" (2011) a cargo de Dan Didio y Keith Giffen, en la que OMAC se transformaba en una especie de brutal tecnoHulk de horrible diseño.

En definitiva y como conclusión, lo único claramente recomendable es la miniserie de John Byrne. La serie original queda sólo para incondicionales de Kirby y el resto de miniseries más recientes sólo para fanáticos de los superhéroes con amplias tragaderas.

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