La ficción histórica es un género espinoso para un escritor porque resulta muy fácil terminar convirtiendo a personajes reales de nuestro pasado en títeres ficcionalizados al servicio de la narración, y los acontecimientos clave de la Historia en meros puntos focales de un thriller o un drama romántico. Podría pensarse que la Historia Alternativa ofrece mayor grado de libertad, esto es, imaginar un pasado que ha discurrido por sendas diferentes al que conocemos a consecuencia de algún evento que no tuvo lugar o transcurrió de forma diferente, o quizá la invención de una nueva arma, el retraso en el descubrimiento de tal o cual ley científica o la muerte prematura de un personaje antes de dejar su huella en la Historia.
Pero esto no es así ni mucho menos. Y ello porque buena parte del
disfrute que ofrecen las Ucronías o Historias Alternativas proviene del choque cognitivo
que el lector experimenta al ser enfrentado con una línea temporal divergente
de la que conoce y que le obliga a meditar sobre la fragilidad de la propia
Historia, condicionada por una miriada de factores que, de no existir o hacerlo
en grados distintos, daría lugar a pasados y presentes diferentes de los nuestros
pero igualmente válidos y posibles.
Pero claro, para que esta herramienta surta efecto, por una parte, el
autor debe tener un considerable conocimiento de la Historia real: la
concatenación y relación entre los diferentes hechos, la ambientación, las
costumbres, el pensamiento vigente en aquel pasado… y luego imaginar una
extrapolación coherente y verosímil; y, por otra, el lector debe igualmente contar
con suficientes conocimientos de esa época como para apreciar la divergencia
entre la real y la ficticia. Poca diversión extraerá un lector occidental
corriente de una ucronía ambientada en Camboya que se base, por ejemplo, en la
muerte prematura del gran rey Jayavarman VII, cabeza del Imperio Jemer en el
siglo XIII…
De ahí que los autores anglosajones, prevalentes en la CF, hayan solido optar por escenarios que sus lectores puedan comprender bien, aunque estos resulten ya muy vistos. Por ejemplo, ¿qué hubiera sucedido si el Sur hubiera ganado la Guerra Civil Norteamericana? O esa premisa ya convertida en cliché que plantea cómo sería el mundo si los nazis hubieran resultado victoriosos en la Segunda Guerra Mundial.
Es a esta última categoría a la que pertenece “Patria”, la novela de
debut y más famosa del escritor británico Robert Harris. Aunque este particular
rincón del subgénero ya contaba a comienzos de los 90 con varios e ilustres
precedentes (entre los que podemos citar “El Hombre en el Castillo”, 1962, de
Philip K.Dick; “El Sueño de Hierro”, 1972, de Norman Spinrad; o “Berkut”, 1987,
de Joseph Heywood), la novela de Harris sigue siendo uno de sus más
interesantes ejemplos gracias a su construcción de una cronología coherente
tras la victoria del Eje, su absorbente trama, unos personajes verosímiles y la
descripción de una de las distopías más aterradoras desde la imaginada por
George Orwell en “1984” (1949).
Abocetemos primero a grandes rasgos la Historia Alternativa que sirve
de marco a la trama de “Patria”. Al término de la Segunda Guerra Mundial, la
Alemania Nazi ha visto coronada por el éxito su agresiva política de
“Lebensraum” o búsqueda de espacio vital, acorralando al resto de los países de
Europa occidental, que se han mantenido independientes aunque integrados en una
red de estados títeres del alemán. El éxito de la Wehrmacht a la hora de aislar
a la Unión Soviética de sus reservas de petróleo del Cáucaso empujó al régimen
de Stalin más allá de los Urales en 1943, viéndose reducido desde entonces a
una guerra de guerrillas, de bajo nivel aunque persistente.
Por otra parte, el descubrimiento de que los aliados habían descifrado el código de la máquina Enigma modificó la estrategia nazi, que lanzó a sus submarinos a una despiadada guerra contra la marina mercante aliada, rindiendo a Gran Bretaña por hambre en 1944. Winston Churchill y la familia real británica se exilian a Canadá dejando paso a un gobierno títere de Hitler en Gran Bretaña. Estados Unidos, sin la cabeza de puente de las islas británicas para organizar un Día-D, abandona a Europa y se concentra en la guerra del Pacífico contra Japón, al que derrota en 1945.
En la década de 1960, el clima internacional es de Guerra Fría entre el
Tercer Reich y Estados Unidos, éste último aliado con algunas de las pocas
naciones libres que quedan en el mundo, incluida la Unión Soviética. El Partido
Nazi interviene en todos los aspectos de la vida pública y privada de este
Berlín alternativo, con políticas raciales y normas sociales y familiares
aceptadas por toda la población excepto por un emergente movimiento estudiantil
rebelde, la Rosa Blanca, inspirado por la presencia de Los Beatles en Hamburgo.
Parte del trasfondo de actualidad de la novela, que transcurre en 1964, es una creciente distensión entre ambos bloques, encabezada por el presidente norteamericano Joseph P. Kennedy, en el período previo al cumpleaños de Hitler. Dicho cumpleaños es una fiesta nacional conocida como el Führertag y durante la cual millones de personas acuden al Berlín remodelado desde la guerra de acuerdo a los diseños de Albert Speer y que se ha convertido en la ciudad más grande del mundo, hogar de unos diez millones de personas.
La trama arranca en esa capital cuando Xavier “Zavi” March, un
detective de la Kriminalpolizei, es avisado para investigar el aparente
ahogamiento de un anciano en las orillas del río Havel. La víctima es pronto
identificada como Josef Bühler, un nazi de alto rango ya jubilado que durante
la guerra se ocupó de la administración de Polonia. No tarda March en sentir la
presión para cerrar el caso declarándolo un accidente. Éste, incluso, es
traspasado a la Gestapo, que supera en rango a la Kriminalpolizei.
Ahora bien, nadie contaba con que fuera él quien se ocupara del caso,
ya que inicialmente el detective de turno para encargarse de él iba a ser su
compañero Jaeger, menos hábil pero más dócil y temeroso frente a la autoridad.
March, por el contrario, es un tipo obsesivo en lo que se refiere a su trabajo
y mucho más rebelde. Pese a saber que se halla bajo vigilancia y que se interna
en terreno peligroso, continúa sus pesquisas y descubre que a lo que se
enfrenta es a un asesinato en el que están involucrados personalidades de alto
nivel en la jerarquía nazi.
Conforme profundiza más y más en el misterio, comienza a darse cuenta de que el móvil de ese y otros asesinatos que se producen en el curso de los siguientes cinco días previos al Führertag, tiene que ver con el mayor secreto de su nación, la respuesta a la pregunta que nadie en el país se atreve a formular: ¿Qué fue de los judíos de Alemania y Europa durante la Segunda Guerra Mundial?
Los aficionados a la Historia y con un especial interés en este
periodo concreto, podrán adivinar sin muchos problemas la naturaleza del enigma
a partir del nombre del primer difunto. ATENCIÓN: SPOILER: Aunque sólo se
descubre avanzada la trama, en el centro del misterio se encuentra uno de los
capítulos más sombríos de nuestra propia Historia y cuyo quincuagésimo
aniversario estaba a punto de celebrarse en el momento en que se publicó
originalmente “Patria”: la Conferencia de Wannsee, en el curso de la cual se
diseñó la “Solución Final” para el “Problema Judío” y que eventualmente desembocó
en el Holocausto. En la novela, esa reunión continuó siendo secreta tras la
guerra, pero, ante la posibilidad de que su existencia salga a la luz en un
momento políticamente delicado en el que Estados Unidos está dando pasos hacia
la distensión, su promotor original, Reinhardt Heydrich, decide eliminar a
todos los que estuvieron presentes para que ninguno sucumba a la tentación de
desertar y destapar la gran mentira oficial: que millones de judíos de toda
Europa fueron “evacuados hacia el Este”. FIN SPOILER.
El autor va dando forma a su ucronía dosificando tanto la información
“histórica” como los pequeños detalles destinados a sorprender al lector. Por
ejemplo, en ese pasado alternativo, Barbara Cartland no escribe sus novelas
románticas sobre la realeza británica (uno de los personajes está leyendo un
libro firmado por ella y titulado “El baile del Kaiser”). Charles Lindbergh, que
fue un abierto pronazi y antisemita, ocupa tras la Segunda Guerra Mundial un
alto cargo en el gobierno estadounidense. Por otra parte, el Berlin posbélico
que describe Harris es el que el arquitecto nazi Albert Speer dejó trazado en
sus planos urbanísticos realizados a la mayor gloria de Hitler y su Reich.
Aunque la historia alternativa presentada en “Patria” puede estar sujeta a ciertas críticas sobre su plausibilidad y contenga algunos errores de bulto (como la presencia de Reinhard Heydrich en 1964, cuando históricamente murió asesinado en 1942, el año anterior a los puntos de divergencia la ucronía), no hay duda de que se convirtió en el modelo para muchas novelas que han ido apareciendo desde entonces sirviéndose de la misma premisa.
Si los más quisquillosos pueden encontrar puntos criticables en la
Historia alternativa que presenta “Patria”, éstos quedan compensados por una
trama absorbente que incluye algunos giros inesperados. El desarrollo de ésta,
el ritmo y los personajes bien caracterizados, son los elementos a los que
Harris presta más atención. Algunos de esos personajes están extraídos de
nuestra propia Historia, pero el autor acierta al marginar del argumento a aquellos
muy conocidos como Hitler, Goebbels, Churchill o Kennedy y dejarlos en el
decorado de fondo, esquivando de este modo el problema de sucumbir a la
tentación de ajustarse a las imágenes mentales que los lectores tienen de los
mismos. Sí hay figuras históricas, como Josef Bühler o Wilhelm Stuckart, que participan
en la trama como actores de importancia, pero estos burócratas nazis son tan
poco conocidos por el público general que Harris puede utilizarlos con cierta
libertad para construir su historia.
El protagonista, Xavier March, exhibe un talante tan incómodo para el
Reich y los conspiradores a los que investiga como ideal en su función de hilo
narrativo y anclaje para el lector. Como ya he dicho, es un detective de
mediana edad de la Kriminalpolizei con el rango honorífico de Sturmbanführer de
las SS. Sin embargo, su actitud es atípica para alguien de tan alto rango en
las fuerzas policiales de Alemania. Es un individualista y un escéptico que
desconfía de la autoridad tanto como ésta lo hace de él. Se ha negado a
participar en los diversos eventos promovidos por el Partido e incluso a
afiliarse al mismo y cuenta chistes subidos de tono sobre figuras nazis de alto
rango. Sólo su ejemplar desempeño durante la guerra como comandante de
submarinos le ha permitido llegar tan lejos. Al comienzo de la novela ya está
bajo vigilancia de la Gestapo por su actitud desafecta.
Y, como tantos polícias de la ficción, su vida privada es un desastre.
Su esposa, Klara, se ha divorciado de él para iniciar una relación con un
funcionario nazi de línea dura y adoctrinar a su hijo de diez años Pili, en su
contra. A su corta edad, éste ya es nazi perfecto y un desalmado delator, odiando
a su progenitor por considerarlo “insuficientemente patriótico”.
Sin familia y sin ideología, March lleva una triste existencia en un destartalado y viejo apartamento. No tiene problemas con la bebida, pero sí es un fumador compulsivo y se toma su trabajo muy en serio. De hecho, vive para él y esa es la razón por la que sigue investigando cuando todas las señales le indican clara y repetidamente que no escarbe más allá de la superficie y acepte sin rechistar la explicación oficial. En su vida ya no tiene más que su trabajo y si lo traiciona, ¿qué le queda? Pero hay algo más que le impulsa a levantarse cada mañana y enfrentar –aunque con creciente desagrado- la jornada: su obsesivo sentido del deber y una necesidad de saber que le impele a continuar con el caso hasta sacar a la luz la verdad más profunda, por muy horrible que ésta sea y aunque ello le cueste la vida.
Completan el reparto una serie de personajes secundarios tanto
ficticios como históricos. Charlotte Maguire, una arrojada reportera
estadounidense de ascendencia germana, además de impulsar la investigación y
servir de interés romántico, le proporciona a March y al lector información
sobre el resto del mundo sin el filtro de la propaganda nazi. El socio de
March, Max Jaeger, es un policía poco hábil, afecto al Partido y al Reich más por
necesidad y supervivencia que por ideología, pero acaba revelándose como parte
de la conspiración. Odilo Globočnik, que en nuestra Historia fue un criminal de
guerra austríaco, un general SS y uno de los más prominentes perpetradores ejecutivos
del Holocausto Judío, es lo más parecido que tiene la novela a un villano, operando
como mano ejecutora de los conspiradores y transmitiendo desde su primera
aparición sensación de brutalidad mucho antes de que demuestre su habilidad en
el “arte” de la tortura.
La trama puede servir como lección de Historia para alguien no
particularmente familiarizado con ese lugar y época, dando el tono de la
ideología y sociedad nazis y proyectando ambas hacia un entorno “futurista” que
se torna más distópico con cada capítulo. Y es que el Reich de “Patria” queda
inequívocamente retratado como una distopía con no pocos paralelismos con
“1984”. Algunos de los personajes, instituciones y escenas inspirados en el
clásico de George Orwell son el ya mencionado Jaeger, cuyo conformismo le
acerca a Parsons, el vecino de Winston Smith (eso sí, no es a Jaeger a quien
denuncia su propio hijo, como le sucedía a Parsons en “1984”, sino que esa
desgracia la sufre el propio March); una visita al Archivo Central del Reich hacia
el final de la novela, con esas carretillas llenas de documentos con destino a
la incineración, remite indefectiblemente al Ministerio de la Verdad. La
División de Delitos Sexuales de la Kriminalpolizei, que se sirve de cámaras
ocultas tras los espejos, evoca las telepantallas de Oceanía.
Los elementos distópicos de “Patria” son más evidentes que los
representados por otros autores anteriores en ucronías sobre la victoria del
Eje en la Segunda Guerra Mundial y, al mismo tiempo, más sutiles que en obras
posteriores al describir muy bien lo que sucede cuando regímenes totalitarios
consiguen perpetuarse en el poder: la mayor parte del pueblo no son disidentes,
ni siquiera son conscientes de vivir en una distopía. Gruñen un poco cuando
algo que les atañe de cerca no les gusta, pero aceptan la vida tal y como se
les presenta y no prestan atención a nada que quede fuera de su reducida esfera
cotidiana. A través de la propaganda, el Reich impide que sus ciudadanos
cuestionen al Estado o la realidad que éste les presenta como cierta. Cualquiera
que sea considerado una amenaza potencial a su supremacía es monitorizado y,
llegado el momento, castigado.
Pero son los años 60 y las actitudes de ciertos sectores están
experimentando un cambio incluso en esa Alemania alternativa. Los viejos
líderes nazis envejecen y empiezan a abundar los jóvenes de las nuevas generaciones
que quieren saber más acerca de lo que ocurre fuera de sus fronteras, viajar,
leer otros libros que los de sus mayores… y escuchar a los Beatles. Las nuevas
tecnologías dificultan el control de la información y ésta empieza a fluir más
libremente. Aunque “Patria” no trata sobre los factores y el proceso de cambio
o la fuerza del espíritu democrático, el lector puede olerlo en el ambiente de
la historia.También muestra cómo otras naciones, antaño adversarias, acaban
sucumbiendo al a realpolitik y empiezan a tratar a la Alemania nazi como otro
Estado más.
No importa las veces que uno se vea obligado a dejar la lectura para
atender otros asuntos, Harris garantiza que en cuanto el lector regrese a la
novela basten un par de párrafos para sumergirse de nuevo en su mundo imaginario.
Y este es un mérito nada baladí. Harris había comenzado su carrera en el mundo
del periodismo, trabajando en los informativos y programas documentales de la
BBC y ejercido de editor de la sección política de “The Observer”. Escribió
columnas para “The Sunday Times” y el “Daily Telegraph” y durante toda la
década de los 80, escribió libros de ensayo sobre diferentes temas de actualidad
hasta dar el salto a la ficción con “Patria” en 1992. Con ese bagaje, no es de
extrañar que su estilo sea netamente periodístico: sencillo, conciso, correcto,
natural, preciso y adverso a las florituras prosísticas y las redundancias.
La novela tiene una estructura y desarrollo muy clásicos que
difícilmente sorprenderá a un lector mínimamente experimentado. Los personajes
se dividen básicamente en buenos y malos, hay una “mujer fatal”, la trama
arranca con el descubrimiento de un cadáver que desemboca en un misterio que
resulta ser más grande de lo que parecía cuando se descubre plenamente en el
último tercio; el suspense va in crescendo hasta que los protagonistas dan con
el quid de la cuestión, momento a partir del cual aumenta el ritmo y la tensión
hasta la última página. Aunque hay unos cuantos giros y alguna sorpresa (como
el ambiguo final respecto al destino del Reich), en general “Patria” se
mantiene fiel a las bases de la novela policiaca clásica. Ojo, esto no
significa que no sea muy disfrutable. Al contrario, que una obra no sea revolucionaria
no implica que no sea muy disfrutable como lectura entretenida al término de la
cual uno no siente haber perdido el tiempo.
“Patria” es un híbrido de Ucronía y Novela Policiaca que ha trascendido su condición original de best-seller de moda y se ha ganado con todo fundamento un lugar como obra fundamental del subgénero de Historia Alternativa. No sólo ha vendido más de tres millones de copias en todo el mundo, ha sido traducida a 25 idiomas y llevada a la televisión como premiada película. Tres décadas después y a pesar de las numerosas novelas con premisas similares que aparecieron a su estela, no ha envejecido un ápice ni en su tema ni en su estilo. Sigue ofreciendo tanto un entretenimiento absorbente como una lección de Historia, aunque sea de una que nunca fue pero que pudo ser.
Gracias por el análisis.
ResponderEliminarNo leí el libro, sí recuerdo haber empezado a ver la película que lo adapta y haberme aburrido tanto como para dormirme sin llegar a ver el final.
Saludos,
J.