viernes, 10 de marzo de 2017

2005- CRÓNICA DE TIERRA 2 – Jordi Sierra y Fabra


Los robots han sido siempre uno de los temas más queridos por la ciencia ficción, y ello aun cuando transcurridos más de cien años desde la conformación definitiva de ese concepto tecnológico, no parece que vayamos pronto a compartir nuestro mundo con androides inteligentes y autoconscientes. En realidad, son más las máquinas y el mundo virtual los que se perfilan como nuevos amos de la civilización. Pero a la postre, esa incapacidad de la mayoría de los autores para “predecir” el futuro es irrelevante. Porque los robots no son sino una excusa para reflexionar sobre otros temas, especialmente sobre nosotros mismos como especie.



Los robots evolucionaron en la literatura desde los autómatas del siglo XIX a mecanismos ya más autónomos en la era de los pulp, en el primer tercio del pasado siglo. En esa corriente encontramos desde seres mecánicos peligrosos y hasta lujuriosos a desgraciadas víctimas de los prejuicios humanos en la forma de modernas criaturas de Frankenstein. Fue Isaac Asimov quien les dotó de algo parecido a un código ético con sus Tres Leyes de la Robótica, evolucionando luego al albur de los tiempos, desde fieles ayudantes y herederos de la Humanidad (“Ciudad”) hasta máquinas letales que amenazan nuestra misma existencia, individual o colectivamente (“Terminator” o “Matrix”). Pero en último término, como decía más arriba, se trata de examinarnos a nosotros mismos, bien convirtiendo al robot en una trasposición de las virtudes y debilidades humanas, bien dotándole de una entidad auténticamente artificial y analizar al hombre por comparación con aquélla. Ambos caminos son los que toma Jordi Sierra i Fabra en “Crónica de Tierra 2”.

Tierra 2 es un planeta de robots. Cientos de años atrás, éstos convivieron con el Hombre tras haber colaborado ambas “especies” para escapar de una gran catástrofe en la Tierra. En ese
nuevo mundo, formaron una sociedad mixta que se desarrolló en paz en el seno de ciudades protegidas por cúpulas de su exuberante vida natural. Pero el paraíso se vino abajo cuando una facción humana anti-robot acabó corrompiendo la coexistencia hasta el punto de degenerar en una horrible guerra “civil” en la que los robots, cuya programación les impedía adoptar comportamientos agresivos, a punto estuvieron de desaparecer. Finalmente, uno de ellos puso en práctica un plan desesperado: ofrecer a los humanos el conocimiento del paradero de la Tierra original para que aceptaran marcharse a su “hogar” primigenio y dejar así a las máquinas vivir solas y en armonía en Tierra 2. Los humanos aceptaron y durante casi trescientos años los robots no han vuelto a saber de ellos.

Puede que se hayan librado de la violencia, pero ahora los robots (o las máquinas, como prefiere denominarlas el escritor) deben enfrentarse en solitario a su propia lucha por la supervivencia. No pueden sobrevivir fuera del ambiente controlado de las ciudades, puesto que la vegetación, los
animales y el clima acabarían con ellos. Y sin la capacidad para explorar el planeta y aprovechar sus recursos minerales, sus piezas y mecanismos van deteriorándose por el uso sin esperanza de encontrar recambios. Los robots, por tanto, también “mueren” y, a diferencia de los humanos, no pueden reproducirse de forma natural. Necesitan materias primas con las que renovarse ellos mismos y construir nuevos ejemplares. Para ello, llevan mucho tiempo surcando el espacio exterior a la búsqueda de mundos que contengan el hierro con la pureza necesaria que permita crear nuevas máquinas y asegurar la supervivencia de las viejas. Esa tarea, no obstante, parece una misión desesperada habida cuenta de la inmensidad del universo y el relativamente poco plazo del que disponen.

Nathanian es un robot científico, un apasionado del estudio del ser humano que plantea una
solución radical, el Proyecto Génesis, que consiste en utilizar el almacén genómico que dejaron atrás los humanos para recrear una pareja de ellos que reinstaure esa especie en Tierra 2. Está convencido de que los hombres, a pesar de su salvajismo y demostrada inestabilidad, cuentan con la energía, creatividad y adaptabilidad necesarias como para sacar a los robots del estancamiento en el que languidecen. Podrán salir de las ciudades y enfrentarse con éxito al ecosistema, utilizar su ingenio e intrepidez para encontrar soluciones a los problemas y evitar la involución y eventual extinción de las máquinas.

Sin embargo, esta propuesta se enfrenta con el sentir de muchos de sus congéneres, que no han olvidado la guerra contra los humanos y que consideran a nuestra especie como una amenaza
letal. Prefieren cerrar los ojos a la realidad de su decadencia y confiar en que alguno de ellos, en algún momento, encontrará una solución milagrosa. La propuesta de Nathanian coincide con las tensiones políticas que rodean el relevo en la cúpula de poder de los robots, cúpula en la que se enfrentan los sectores más liberales y los más reaccionarios. Cuando el robot destinado a ser el líder de esa sociedad aparece “muerto”, surge la duda. ¿Ha sido un simple y casual accidente? ¿O se trata de un asesinato político? ¿Han caído los robots en los mismos vicios de los que tanto acusaban a sus creadores humanos? ¿Merece la pena recrear al hombre?

“Crónica de Tierra 2” es un libro que indefectiblemente remite a los relatos de robots de Isaac Asimov. Sus seres mecánicos, como los del gran escritor americano, cuentan con cerebro
positrónico y comportamientos muy humanos aun cuando estén regidos por una lógica programación. Ésta, además, sigue los parámetros de las Tres Leyes asimovianas de la robótica. También de Asimov toma la excusa narrativa (un enigma policiaco que recuerda a los casos del detective robot R.Daneel Olivaw) y su estilo prosístico, poco sofisticado, funcional y apoyado en los diálogos más que en las descripciones de ambientes y tecnología. No hay aquí ambiciones estilísticas de ningún tipo, pero ello redunda en la facilidad de lectura y en la bienvenida recuperación de una forma de hacer ciencia ficción propia de los años cuarenta y cincuenta, la Edad de Oro de la CF norteamericana, cuando importaban más las ideas y las historias que el lenguaje en el que se articulaban. “Crónica de Tierra 2” es un thriller de sabor clásico que aúna la intriga policíaca y política, el drama judicial y la space opera. Tiene un ritmo ágil, una prosa sencilla y unos protagonistas funcionales y hasta estereotipados pero muy efectivos: el científico Nathanian, idealista, alienado, comprometido y honesto; el ambivalente y manipulador político Uthan; y la persistente e incorruptible máquina policía, Anassaky. Por todo ello, es una novela recomendable tanto para un público juvenil que no encontrará grandes dificultades a la hora de abordar la obra como para quien, siendo ya lector experimentado, quiera darse un respiro entre obras de mayor enjundia (real o pretendida).

Lo que desde luego no es esta novela –y por ello ha recibido algunos comentarios negativos- es
ciencia ficción dura. A Fabra no parece importarle demasiado la consistencia científica del relato, tal y como demuestran sus abundantes incongruencias y absurdos astronómicos y tecnológicos. Por ejemplo, en un futuro en el que la tecnología ha avanzado tanto, ¿todavía es necesario el hierro para fabricar máquinas? ¿Dónde están los nuevos materiales y las aleaciones? Es más, ¿acaso resulta más sencillo tecnológicamente emprender una desesperada e incierta búsqueda por un entorno tan hostil como el espacio interestelar –por no hablar de los planetas que se puedan encontrar- que enfrentarse al ecosistema de Tierra 2?

Por otra parte, la novela alcanza un punto en el que los robots son, sencillamente, demasiado humanos como para resultar creíbles en su papel de seres artificiales. A estas alturas del siglo
XXI, ¿qué sentido tiene que se comuniquen entre ellos por lucecitas y altavoces? Se nos dice que su comportamiento está regido por la fría lógica, pero llegado el momento, desconfían, manipulan, ocultan secretos, albergan prejuicios y temores e incluso son capaces de llegar al asesinato. Como nosotros, duermen y disfrutan del juego competitivo. Carecen de sentimientos, claro, pero no de cierto aliento espiritual: en un giro muy arriesgado y probablemente excesivo, el escritor nos dice que pueden caer en la “drogodependencia” llevados por la desesperanza y la falta de metas en sus limitadas existencias. Siendo “hijos” de los humanos, también disfrutan de dimorfismo sexual: hay máquinas “femeninas” y otras “masculinas” en función de qué rasgos de sus respectivas inteligencias artificiales se encuentren más o menos potenciados. Son, en definitiva y a todos los efectos, trasuntos de seres humanos. Y ello por no hablar de la confusión en que se cae al mezclar la inteligencia artificial con un organismo ciborg (una máquina con base biológica humana o a la inversa).

En realidad, el lector debe abordar “Crónica de Tierra 2” como una especie de fábula moralizante.
Fabra utiliza a los robots para elaborar un discurso acerca del ser humano, y lo hace a dos niveles. En primer lugar, el núcleo de la novela es un juicio al Hombre como figura ausente. En el curso del proceso, el fiscal, Uthan, sacará a relucir nuestra vertiente más irracional y violenta, nuestra capacidad para la violencia, el prejuicio, la deslealtad y la destrucción; mientras que Nathanian abogará por nuestro potencial creativo, la energía vital que alimenta el progreso y que podrá sacar a la civilización robótica de su estancamiento e incluso por los sentimientos que, empujándonos a lo peor, pueden suscitar también lo mejor. Y, en segundo lugar, al comportarse los robots individual y colectivamente tal y como lo hacemos nosotros, permite tomar cierta distancia para contemplarnos a nosotros mismos “desde fuera” y discernir más fácilmente lo que realmente es importante. En este sentido, se plantean cuestiones de alcance filosófico que, aunque no son ni mucho menos nuevas, siempre están de actualidad: la condición humana, la importancia de la innovación en las civilizaciones, la necesidad de los avances científicos y los peligros que entrañan, la relación entre la ciencia y la política o el determinismo ya sea cultural o biológico. Es cierto que nada de esto se trata con una gran profundidad o sofisticación, pero reitero que dado el tono ligero de la novela y su mejor público objetivo –el juvenil-, esto no es necesariamente un defecto.

En estos tiempos y en un género en el que proliferan las inacabables sagas multivolumen y las obras tan pretenciosas como voluminosas, Jordi Sierra i Fabra nos ofrece una novela autoconclusiva y breve, de fácil lectura y sin ínfulas de gran clásico moderno. “Crónicas de Tierra 2”, aunque sea una novela de segunda división, bien puede compararse en originalidad y capacidad de entretenimiento con otras firmadas por autores extranjeros de mayor renombre.



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