martes, 21 de julio de 2015

1968- TODOS SOBRE ZANZÍBAR - John Brunner (y 2)





(Viene de la entrada anterior)

Construir mundos imaginarios no es en absoluto tarea fácil, pero tratar de visualizar un futuro verosímil y coherente con nuestra propia línea temporal es todavía más complicado; tanto, de hecho, que normalmente los autores nunca aciertan. De vez en cuando sí encontramos algunos ejemplos que, sólo tras el paso de las décadas, demuestran una especial presciencia. Ilustres entre ellos son “De la Tierra a la Luna” (1865), de Julio Verne, en la que se anticipaban algunos detalles del programa espacial Apolo; o “Neuromante”, de William Gibson, con sus hackers y ciberespacios. La novela de Brunner sobresale por encima de todas ellas a la hora de ver hacia dónde podrían llevar las tendencias contemporáneas.


Pero todos esos aciertos no son la razón principal para leer “Todos sobre Zanzíbar”. Al fin y al cabo, también contiene muchos detalles, grandes y pequeños, que nunca llegaron a convertirse en realidad. No, además de su especial estructura narrativa, el motivo es que el tema que sobrevuela toda la novela, el coste de nuestra obsesión por la perfección, es tan relevante hoy como lo fue en tiempos de Brunner.

Cada uno de los personajes principales está embarcado, lo sepa o no, en una misión para mejorar la raza humana, en ocasiones de formas que hoy nos parecen muy familiares. Algunas veces esa preocupación se manifiesta en forma de leyes o regulaciones; la política –tanto nacional como global- se interpreta como una competición entre diferentes planes para la mejora de la especie. La verdad es que esta actitud no parece fuera de lugar en el mundo en el que hoy vivimos.

Incluso personajes secundarios de la novela se caracterizan por su celo a la hora de buscar una forma de perfeccionar al ser humano, ya sea escribiendo libros repletos de consejos y críticas, realizando inversiones en regiones empobrecidas, diseñando ambiciosos programas informáticos que aumenten la eficiencia y la calidad de vida o, simplemente, recurriendo a la manipulación psicológica. Todo ello, repito, presente en nuestros días. Pero la forma más popular y polémica de incrementar el potencial humano que presenta Brunner es la biotecnología, la manipulación del ADN: así, el profesor Sugaiguntung trabaja en una revolucionaria línea de investigación con la que pretende crear superhombres.

En ese mundo distópico, por otro lado, se da una cruel ironía. Los hijos, la vida futura después
de todo, son algo precioso; pero la vida cotidiana del presente es tediosa y escasamente valorada. Las experiencias y sensaciones se venden empaquetadas (como kits que permiten al comprador esculpir una famosa estatua o interpretar la música de un cantante popular); jóvenes reclutas son enviados a la muerte sin contemplaciones en una guerra sin sentido entre China y los Estados Unidos; de la misma forma, las posesiones materiales son utilizadas sólo una o dos veces antes de acabar en la basura. En lugar de mantener relaciones estables, muchas mujeres jóvenes saltan de hombre a hombre en una cadena sin fin de encuentros sexuales; la prostitución, por tanto, no está tanto regulada como ya institucionalizada. Y cuando en el país de Yakatang se anuncia el descubrimiento del doctor Sugaiguntung para concebir niños sanos e incluso superiores genéticamente a sus padres, la reacción del resto del mundo es la envidia destructiva.

Las dos historias más lineales del libro, la del negro Norman House y su blanco compañero de piso, Donald Hogan, ejemplifican mediante la oposición buena parte del mensaje de Brunner. Norman comienza su periplo como alguien desconectado de sus sentimientos. Entonces, mata a alguien de forma más o menos involuntaria y, a partir de ese momento, empieza a sentirse como si, por primera vez, estuviera viviendo. Animado por esa nueva energía, se embarca en un proyecto que dará sentido a su vida. Por el contrario, Donald
comienza queriendo interactuar más con el mundo real y acaba asesinando a mucha gente tras ser convertido por los militares en una máquina de matar. La misión que asume no da sentido a su vida, sino que la destruye.

Mediante esos dos personajes –y junto a los muchos otros que aparecen en la novela- Brunner nos dice que la gran tragedia de ver las relaciones humanas a gran escala es que acabamos tratándonos unos a otros como productos, olvidando que a pequeña escala, todas las vidas son importantes para alguien. Ese mensaje, no obstante, no se ofrece mediante una fórmula edulcorada por el romanticismo y la creencia de que la humanidad triunfará sobre la distopia mecanizada. Chad Mulligan descubre al final del libro por qué la nación africana de Beninia ha conseguido mantener un espíritu pacífico y humanista a pesar de su extrema pobreza. La respuesta puede que decepcione al lector –de hecho, se supone que debe hacerlo- pero desde luego no será lo que uno podría haber pensado. Esa sorpresa final es un reconocimiento a la posibilidad de que misterios intangibles puedan estar más allá de las soluciones mundanas.

El conflicto racial también está presente en la novela, concretamente en la relación entre el dúo principal, Norman y Donald. Ambos son dos hombres de alta cualificación, educados y custodios de sus propios secretos. La dinámica entre ellos es incómoda, no por esos secretos,
sino por sus respectivos colores de piel y por la persistente atracción que cada uno siente por las mujeres de la raza opuesta. “Me pregunto si nos conocemos hace suficiente tiempo para que piense en mí como “Donald-persona” en vez de como “Donald-el-blanco-anglosajón-protestante”. Me pregunto si su imagen de mí es correcta”, se pregunta Donald.

Expresión de las tensiones sociales de los tiempos de integración posteriores a la lucha por los Derechos Civiles desarrollada en los sesenta, los problemas entre ambos personajes no se resuelven con unas palmaditas en la espalda y un apretón de manos. Y ello no porque Brunner sea contrario o escéptico respecto a la integración, sino porque cree que las cicatrices del pasado son demasiado profundas como para sanar siquiera a medio plazo. ¡Qué razón tenía! Hoy, casi medio siglo tras la publicación de la novela, en unos Estados Unidos más multiculturales que nunca se siguen produciendo explosiones de odio racial.

Otro de los temas que llama la atención en la novela es su visión del sexo y el papel de la mujer. El inefable Chad Mulligan escribe en uno de sus libros: “(…) lamentablemente, esta llaga leprosa del extremismo no está limitada a ámbitos de tan poca importancia como la religión.
Fíjate en el sexo, por ejemplo. Cada vez más y más gente le dedica más tiempo y recurre a modos cada vez más extremos de mantener el interés, tales como afrodisíacos disponibles
comercialmente y fiestas que se consideran fracasadas a menos que acaben como orgías. Cien mujeres diferentes cada año, que es algo que un hombre joven puede conseguir sin más que quitarse la ropa, no satisfacen ninguna de las necesidades biológicas del deseo sexual: no conducen a un entorno estable para los retoños de la próxima generación, ni establecen esa especie de próxima generación, ni esa especie de entendimiento entre las parejas (o entre los grupos mayores… el matrimonio no es invariablemente monógamo, funciona con toda clase de estructuras) que sirve para impedir crisis de posesión de otros miembros de nuestra especie. Por el contrario, lleva más bien a una especie de frenesí; porque, la pareja, en vez de disfrutar de una confirmación continua y recíproca de su masculinidad y feminidad respectivas, se ven obligados a buscar de nuevo esa seguridad cada pocos días”.

Y en ese contexto se inscriben las “shiggies”, chicas sin hogar, vestidas de forma provocativa, que actúan como “chicas de paso” ofreciendo sus favores sexuales a algún varón a cambio de alojamiento hasta que encuentra otro lugar donde quedarse. Es uno de los aspectos más
inquietantes de la ficción de Brunner, por lo que tiene de degradación del papel de la mujer. El “oficio más antiguo” ya no es parte de un mundo marginal o más o menos oculto, sino un mero acuerdo comercial socialmente aceptado.

Sólo una mujer de todas las que aparecen en la novela ha logrado conquistar una verdadera independencia gracias a su imperio comercial basado en los cosméticos y la moda erótica para shiggies. Pero su ejemplo es de una respetabilidad discutible, pues su éxito se sustenta en resaltar la versión más vacía de la sexualidad. Una verdadera caníbal económica.

Puede que en 1968 el movimiento feminista estuviera en pleno auge, pero Brunner miraba con escepticismo sus logros. En “Todos sobre Zanzíbar” las mujeres han sido relegadas a un estatus todavía más inferior que el de mediados del siglo XX.

Al echar la vista atrás y revisar la enérgica experimentación que tuvo lugar en la ciencia ficción literaria durante los años sesenta, epitomizada en los autores adscritos a la conocida como Nueva Ola en los sesenta, es decepcionante comprobar qué pocas novelas han conseguido mantenerse frescas con el paso del
tiempo. Muy a menudo, las atrevidas técnicas narrativas que prometían abrir nuevos caminos terminaron siendo callejones sin salida. Pero Brunner era más mayor que muchos de sus compañeros de la Nueva Ola y por ello no se esperaba de él ya una obra revelación. Desde principios de los cincuenta había estado firmando novelas y relatos mayormente convencionales –aunque algunas, como “Las casillas de la ciudad” o “El hombre completo”, eran muy interesantes-, algunas veces hasta media docena en un solo año. Y entonces aparece “Todos sobre Zanzíbar” sorprendiendo a todo el mundo con una apuesta muy arriesgada, estirando al límite forma y fondo.

Brunner, que calificó “Todos Sobre Zanzíbar” como una no-novela, se deshace de las formas narrativas tradicionales y toma prestadas algunas ideas desarrolladas anteriormente por John Dos Passos en su trilogía U.S.A. (1930-136) para crear una suerte de híbrido de la Nueva Ola y el posmodernismo. Así, el argumento ha sido deliberadamente fragmentado, barajado y presentado en pequeñas dosis que alternan la acción y la construcción de entornos. Para ello, Brunner intercala los capítulos que desarrollan las diferentes tramas con otros que reproducen titulares de periódicos, revistas y noticiarios televisivos, letras de canciones, textos publicitarios, interludios que aclaran el pasado de
algunos personajes o la propia sociedad, descripciones de artefactos tecnológicos, conversaciones aleatorias de viandantes, extractos de ensayos filosóficos y, en general, todo un caleidoscopio de referencias culturales en las que se insertan palabras que no existen o peculiares formas de hablar producto de la evolución del lenguaje de acuerdo con las nuevas pautas sociales, culturales y tecnológicas.

No es ni una escritura fácil ni una lectura accesible pero, con todo, Brunner consigue encontrar la forma de reunir todas las líneas narrativas en un conjunto extraordinario, especialmente en las páginas finales, cuando una novela que parecía demasiado dispersa como para resultar coherente, sorprende al lector por la elegancia con la que todas las piezas pasan a ocupar su lugar en el panorama general.

El autor, por tanto, consigue mantener el control con un claro sentido del propósito y la dirección aun cuando la narrativa parezca anárquica y caótica. Dicho de otro modo, lo que al principio podría interpretarse como una de esas novelas de los sesenta con más formas que contenido y más ambición que claridad, resulta ser una pieza de orfebrería en la que todos los subargumentos confluyen para conformar un mosaico de inesperada brillantez.

Pero la estructura elegida por John Brunner no es producto del simple deseo de hacer algo
original o ganarse el aplauso de los críticos. No, su elección tiene un fundamento muy sólido. Marshall McLuhan, a quien ya he mencionado más arriba, afirmaba que los acontecimientos históricos y culturales no pueden ser desmenuzados, troceados y explicados suficientemente por una simple relación causa-efecto. Son el resultado de un entorno complejo compuesto de múltiples partes en constante movimiento. Sólo si se observan esas partes y la forma en que se relacionan entre súi, podrá entenderse por qué sucede lo que sucede en el mundo.

Es precisamente por eso que Brunner trata de construir una visión de conjunto compuesta de múltiples tramas argumentales, personajes y traslaciones a prosa de lenguajes propios de otros medios. Así, más que una advertencia sobre el apocalipsis maltusiano, lo que hace el escritor es demostrar nuestra incapacidad de ver todas las partes del conjunto moviéndose constantemente a nuestro alrededor y cómo el medio en el que vivimos no sólo lo hemos creado nosotros, sino que también él nos crea.

Con “Todos sobre Zanzíbar”, Brunner inició una tetralogía de novelas distópicas en las que
advertía sobre las consecuencias que podrían tener las tendencias actuales en el mundo de su época: “Orbita inestable” (1969), “El Rebaño Ciego” (1972) y “El Jinete en la Onda de Shock” (1975 esta última especialmente profética al describir lo que un día se convertiría en Internet).

Una de las grandes injusticias de la ciencia ficción es cómo se marginó a un autor de semejante
talla. Sus novelas siempre fueron difíciles de digerir para la mayoría de los aficionados. Su gran visión para imaginar el futuro no le sirvió para prever la tibia acogida de su obra más ambiciosa. No puede extrañar que se sintiera profundamente decepcionado cuando, tras realizar el colosal esfuerzo de crear unas novelas cultas y adultas, éstas no se vendieran. Decepcionado, cuando trató de regresar a un tipo de literatura más convencional, tampoco tuvo éxito. Hombre de difícil talante, su salud fue deteriorándose paulatinamente, especialmente después del fallecimiento de su mujer, auténtico apoyo emocional y profesional. Para cuando él murió de ataque al corazón mientras asistía a la Convención Mundial de Ciencia Ficción de 1995, sus mejores novelas estaban descatalogadas.

“Todos sobre Zanzíbar” es un libro excelente, innovador y en absoluto convencional que ganó justificadamente el Premio Hugo a la Mejor Novela. Hoy, cuarenta años después de su publicación, podemos decir que ha resistido perfectamente el paso del tiempo. A veces humorístico, a veces dramático, a menudo controvertido y siempre satírico con esa estupidez
tan nuestra que nos impide tratar al prójimo como iguales empujándonos a la infelicidad, el conflicto y la guerra.

Aquellos lectores acostumbrados a las narraciones lineales tendrán que esforzarse para llegar al final. La abundante información con que Brunner bombardea al lector y la trama fragmentada hace que lleve tiempo entrar en la historia, pero es que eso es precisamente de lo que se trata: sacudir al lector, obligarle a reflexionar para que no acabe como alguno de los cretinos que aparecen en el libro.

Algunas de las ediciones de “Todos Sobre Zanzíbar” llevaban en su portada la leyenda: “una novela del futuro”. Lo más inquietante, habida cuenta de todo lo dicho, es que hoy, cuarenta y siete años después de que fuera escrita, ya no lo parece tanto.


2 comentarios:

  1. Excelente análisis, como de costumbre.
    Otra de esas novelas que me impactaron. También contribuyó la contundente edición de Acervo, que uno estaba más acostumbrado a las tapas blandas de Martínez Roca o Edhasa-Nebulae (más económicas, je, je). Pero la novela me pareció brillante.
    Otra para el montón de las relecturas. ¡Así no hay manera!

    Saludos

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  2. Hola Ramiro. Yo tengo la edición de la Factoría de las Ideas, bastante buena porque tiene apéndices como biografia y bibliografía del autor, incluida la española. Sea como sea, un buen libro... Un saludo y gracias por tu comentario.

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