martes, 2 de septiembre de 2014

1965- PERDIDOS EN EL ESPACIO (y 2)








(Viene de la entrada anterior)

“Perdidos en el Espacio” se estrenó el 15 de septiembre de 1965, apoyada por unos anunciantes inquietos a los que se les prometió que atraería a una audiencia de tipo familiar. Y vaya si lo cumplieron.

En 1965, un rating de 20 era considerado un éxito. Para el sexto episodio, la serie ya tenía un 23, saltando a la lista de los Top Ten televisivos. El sistema de rating era bastante sencillo: un 20 significaba, literalmente, que el 20% de todos los televisores de América sintonizaban el programa en cuestión. Esto es, un quinto del país veía el show. No solamente el público se volcó con la serie, sino también la crítica, alabando especialmente los originales efectos especiales y el trabajo de Jonathan Harris como Dr.Smith.



El personaje de este último se había asentado ya a la altura del sexto episodio. Los planes para construir un villano de opereta se dejaron de lado con buen criterio. Tanto los guionistas como el actor se dieron cuenta de que el personaje no tendría futuro si se limitaba a tratar de matar a los Robinson semana tras semana. Así que empezaron a suavizar su naturaleza inicialmente perversa, deslizándolo cada vez más hacia la comedia bufonesca. El Dr.Smith estrenó pronto su famoso bombardeo de quejas y lamentaciones por un mundo que le maltrata (“¡El dolor, el dolor!”) y los improperios al por otra parte impasible Robot (“¡Estúpido simplón neandertaloide!”, “¡Bobo cabeza de burbuja!”). Pronto acuñaría su frase más famosa, “¡No tengáis miedo, Smith está aquí!”. Había nacido una leyenda de la pequeña pantalla.

No importaba que Smith saboteara las mochilas-cohete, entregara a Will a ladrones extraterrestres de cerebros para salvar su propio pellejo o usara hasta la última gota de agua potable de la nave para darse una ducha. Bastaba que se desmayara a la más mínima dificultad para compensar su malicia con un toque de humor bien recibido tanto por los productores de la cadena como por los
espectadores. Este sesgo hacia la comedia sería reproducido cada vez en mayor medida por el “Doctor Who” de la BBC –especialmente en su encarnación de Tom Baker. Se diría que si no fuera por el humor la audiencia familiar nunca se habría enamorado de la CF.

Así, aunque inicialmente, la serie se había estructurado de tal forma que todos los personajes pudiesen ir asumiendo protagonismo en diferentes episodios, las encuestas propiciaron que Smith acabara apoderándose del programa, ocupando el vértice de un extraño triángulo en el que él se comportaba como un niño malo, Will Robinson como un adulto cerebral y el Robot como un mayordomo resignado a obedecer a los estúpidos humanos.

El tono general de la serie, por supuesto, tendía a ser moralizante y conservador. La señora Robinson puede que fuera una competente bioquímica, pero sólo la vemos ocupada en tareas “hogareñas” como cocinar y hacer la colada. Especialmente los primeros episodios tendían a subrayar las virtudes de la unidad familiar y lanzar mensajes morales sobre los prejuicios, el comportamiento social, la lealtad, la responsabilidad…y la educación: ¡en uno de los capítulos incluso se regaña a Will por poner los
codos encima de la mesa!

El presidente de la CBS, William S.Paley, se sentía avergonzado por la serie. Era un programa estúpido que no merecía compartir la parrilla con otros espacios de la misma cadena. Dio instrucciones para cancelarlo en cuanto las cifras de audiencia dieran signos de debilitarse. Vamos, el típico grito de guerra de los ejecutivos de las cadenas.

Y, sin embargo, para su asombro, esas cifras se mantuvieron en lo más alto.

Paley, incapaz de entender las razones del éxito de “Perdidos en el Espacio”, llegó a pagar a un psicólogo para que analizara qué era lo que estaba “mal” en el público norteamericano. Los protagonistas fueron portada de TV Guide en repetidas ocasiones; el Robot recibía incontables cartas de los fans; el Dr.Smith recibía aún más. Cuando las
imágenes en directo del amerizaje de la cápsula Géminis VIII de la NASA interrumpieron un episodio de la serie, la CBS se vio inundada de llamadas telefónicas exigiendo que completaran la emisión de su serie favorita.

Una de las cosas que más cautivaba a los espectadores más jóvenes era ver a niños como ellos inmersos en aventuras emocionantes, el mismo planteamiento que hizo de Harry Potter un bombazo editorial. Will, un niño al fin y al cabo, recibía la confianza de sus padres para conducir transportes y utilizar pistolas láser; Penny salvaba a sus padres haciéndose pasar por miembro de la realeza en misión diplomática… La fórmula era sencilla: dar a los niños unos héroes de su misma edad con los que pudieran identificarse fácilmente.

Y eso, como era de esperar, lo interpretaron los ejecutivos de forma errónea: la realidad debía dejar aún más espacio a la fantasía desbordada y al tono primordialmente infantil. Como el Doctor Who y sus atractivas ayudantes, el profesor Robinson y su esposa jamás se besaban, limitándose a cruzar miradas afectuosas y tocarse en
los brazos, temerosos de avergonzar a sus espectadores más jóvenes. El episodio “Seguid al Líder”, en el que Will está a punto de ser arrojado al vacío por su poseído padre, provocó que los guionistas recibieran un aviso de la cadena respecto al uso de la violencia en episodios venideros.

Nada de todo eso importaba, porque los espectadores se fijaban en otras cosas. Cuanto más sobreactuaba el Dr.Smith, más les gustaba. Incluso el Robot acuñó su propia frase: “¡Peligro, Peligro!”. Al final de la primera temporada, la trinidad Smith-Will-Robot pasó a ocupar el indiscutible centro de la serie. Todos aquellos aspectos relacionados con la ciencia del viaje espacial habían ido dejando paso progresiva pero implacablemente a la aventura infantil, los monstruos y la fantasía ligera.
Incluso Penny se hizo con una mascota, un “bloop” bautizado Debbie –en realidad un mono con un casco peludo-.

Mientras que los defensores de la ciencia ficción dura clamaban al cielo, las cifras de audiencia seguían subiendo.Y es que al público medio lo que le gustan son las historias de aventuras y entretenimiento sin complicaciones. No quieren recibir lecciones de ciencia, sino desconectar sus cerebros y que les diviertan. Es la fórmula más simple, el camino directo a la apreciación de las masas.

Y así, en la segunda temporada, se cambió del blanco y negro al color y se acentuó aún más el tono fantástico y humorístico. ¿Hasta dónde se podía llegar por ese camino?

“Perdidos en el Espacio” no fue la única serie que adoptó este formato. De hecho, la televisión
americana se encontraba por entonces entrando en su etapa más “camp”. La absurda “Batman” se estrenó como serie rival de “Perdidos en el Espacio” en 1966, alcanzando un asombroso rating del 39%. Otros programas en la misma o semejante línea emitidos por aquellas mismas fechas fueron “Los Vengadores”, “El Superagente 86”, “El Agente de CIPOL”, “Jim West”, “Mr.Terrific”… Incluso las películas de James Bond de mediados de los sesenta bebieron algo de aquella moda, una moda que sin duda emanaba de los gustos de los espectadores de “Perdidos en el Espacio”.

El éxito cosechado por la primera temporada de “Perdidos en el Espacio” propició el estreno de “Star Trek” en septiembre de 1966. Para competir con ésta, “Batman” y el resto de programas televisivos que fusionaban la aventura con la fantasía y la ciencia ficción, los Robinson se encontraron sumidos en situaciones cada vez más cómicas, por no decir absurdas. Irwin Allen había decidido que eso era lo que el público quería y estaba dispuesto a llegar hasta el final. Por el momento, funcionó: “Perdidos en el Espacio” recuperó los índices de audiencia y acabaría sobreviviendo al hombre murciélago televisivo. Y, aunque nos duela, el histriónico Smith siempre tuvo más aceptación en su momento que el estoico Spock.

Los Robinson se habían pasado la primera temporada explorando un solo planeta mientras efectuaban reparaciones en su nave. La segunda se abrió con el Júpiter 2 despegando de un
mundo que se desintegraba, aunque no tardaron en llegar a otro planeta diferente. El tercer año vio a los protagonistas moviéndose de un lado a otro sin permanecer en un sitio concreto. Lo cierto es que la siempre cordial familia Robinson nunca pareció demasiado preocupada por su difícil situación de náufragos espaciales. Todo lo contrario, parecían disfrutar de unas largas vacaciones intergalácticas que incluían visitas a extraños planetas poblados por aún más extrañas criaturas: piratas, elfos, pistoleros, caballeros medievales, magos, vikingos espaciales e incluso zanahorias gigantes. Y, claro, para no desentonar en semejante desfile, el Dr.Smith forzó todavía más los rasgos más histriónicos e ineptos de su personalidad.

Con todo, de vez en cuando, había episodios que conseguían sobresalir por encima de la mediocridad para desarrollar alguna buena idea. Por ejemplo, el titulado “Visita a un Planeta Hostil”, en el que los Robinson logran regresar a la Tierra, pero la del año 1947, cuya población los recibe con miedo y violencia.

Entretanto, la primera temporada fue nominada a los Premios Emmy en la categoría de efectos especiales y maquillaje, mientras que la excelente banda sonora, a cargo de un joven John Williams, fue ignorada. Con todo, al final de la segunda temporada, “Perdidos en el Espacio” ya no se encontraba ni siquiera en el Top 20 de la parrilla televisiva. La demografía de los espectadores se revelaba ahora como “demasiado joven”: había quedado reducida a niños, y los niños no compran suficientes productos. Entretanto, los críticos y los espectadores adultos se habían ido cansando de las exageradas pataletas del Dr.Smith y el interminable desfile de monstruos estrafalarios.

En este sentido, otro rasgo que confirma la poca consideración que Allen sentía hacia los
espectadores más adultos eran los alienígenas que mostraba no sólo en “Perdidos en el Espacio”, sino en sus otras series televisivas. Otros programas de la época se habían tomado la molestia de diseñar criaturas más complejas. Cuando un alienígena de aspecto grotesco aparecía en algún episodio de “Dimensión Desconocida” (1959-1964) o “Rumbo a lo Desconocido” (1963-1965), los guionistas le dotaban frecuentemente de cierta profundidad, presentándolo con cierta empatía y otorgándole el papel de amigo o salvador benevolente en relación al protagonista humano, ignorante y violento. Otro clásico de la ciencia ficción televisiva, “Star Trek” (1966-1969) cuenta también con buenos ejemplos de alienígenas con aspecto desagradable pero cuyo comportamiento, violento o no, obedecía a unas razones perfectamente lógicas y comprensibles. Irwin Allen, en cambio, no se molestaba en suscitar empatía alguna con esos seres. Los extraterrestres estaban allí para atormentar a los héroes y no había que entenderlos, solo aniquilarlos. Eran simplemente algo que servía para aumentar las cifras de audiencia.

Sin embargo, como he comentado, la popularidad de la serie iba en descenso. Era necesario dar algún giro. Allen y sus guionistas decidieron regresar a las raíces del viaje espacial. Plagiando el formato de “Star Trek”, hicieron que los Robinson visitaran un planeta nuevo cada semana en su camino de vuelta a casa. Se rodó metraje adicional del Júpiter II, se encargó más música a John Williams y se añadió una nueva cápsula espacial a los vehículos regulares de la serie. Además, en lugar de incidir una y otra vez en el trío Smith/Robot/Will se fue poniendo cada semana el foco sobre un personaje diferente. Fue entonces cuando se pudo ver quizá el mejor episodio de toda la serie, “El Hombre de Anti-Materia”, en el que el profesor Robinson tenía que enfrentarse a su doble.

Pero el elemento fantástico (o fantásticamente estúpido) no había desaparecido del todo. El
episodio “La Rebelión de las Verduras Gigantes” marcó el punto más bajo de la serie. En él, los Robinson se peleaban con zanahorias, guisantes y lechugas humanoides convertidos en ecologistas militantes. Durante todo su rodaje, Guy Williams (John Robinson) y June Lockhart (Maureen Robinson) no pudieron parar de reír, enfureciendo tanto a Allen que los retiró de los siguientes dos capítulos como castigo.

Como ya había hecho con “Viaje al Fondo del Mar”, Allen introdujo en “Perdidos en el Espacio” modas y temas del momento, tratando de dar a la audiencia lo que, según él, pedía. Ya hablamos anteriormente de cómo se fijó en las historias de náufragos y la carrera espacial. Aunque la serie siempre estuvo centrada en la aventura y la acción, introdujo el elemento del espionaje mediante el personaje de Smith. Uniéndose a la larga serie de alienígenas hubo
algunos cuya morfología resultaba familiar para la audiencia gracias a otros programas. La serie “Los nuevos ricos” (1962-1971) disfrutaba de un gran éxito, así que Allen introdujo una variación “espacial” en el episodio “Los cosechadores espaciales” (1966). Cuando el movimiento hippie saltó a la palestra, el productor lo reflejó en “El Planeta Prometido” (1968), un capítulo embarazoso en el que Jonathan Harris baila y trata de ser “molón”.

CBS canceló la serie en 1968, al final de la tercera temporada y sin que los Robinson hubieran conseguido regresar a la Tierra. El coste por episodio había subido a 170.000 dólares, la audiencia registraba una clara tendencia a la baja y el Congreso había empezado a poner sus miras sobre la televisión con contenido supuestamente violento. A Allen se le dio una última oportunidad de convencer a la cadena de que la serie merecía una temporada más. ¿Cuál fue su gran idea? Una llama púrpura llamada Willoughby, que hablaría con acento inglés y se uniría a los Robinson como instructor. La CBS ya había tenido suficiente.

La otra serie estrella de Allen, “Viaje al Fondo del Mar”, también se canceló aquel año 1968,
después de haber seguido la misma trayectoria desde lo más o menos riguroso hasta lo declaradamente absurdo (de hecho, los disfraces de las criaturas de una serie solían reciclarse para la otra). Allen también produciría “El Túnel del Tiempo” (1966-67), sobre dos jóvenes científicos atrapados en una brecha temporal abierta por un experimento gubernamental; y “Tierra de Gigantes” (1968-70), sobre una nave que se estrella en un misterioso mundo donde todo tiene un tamaño colosal. En la década de los setenta, Allen se reinventaría como “Maestro del Desastre”, con filmes de esa temática como “La Aventura del Poseidón” (1972) o “El Coloso en Llamas” (1974).

“Perdidos en el Espacio” desapareció del mapa durante los siguientes quince años. Allen se negó a trasladar a los Robinson al formato cinematográfico y se limitó a tratar de utilizar al Robot como mayordomo para una posible sitcom, pero la idea no interesó a nadie. Hubo un intento de lanzar una serie de dibujos animados por parte de Hannah-Barbera pero sólo llegó a emitirse el piloto en 1973. “Star Trek” ganó la guerra de las cadenas sindicadas, aunque tras el estreno de “Star Wars” en 1977, con todas las televisiones ansiosas por echar el guante a cualquier cosa que fuera o pareciera ciencia ficción, “Perdidos en el Espacio” volvió a obtener cierto éxito en las reposiciones. WTCG (la cadena de Ted Turner) mantuvo al programa en el centro de su programación familiar durante cinco años. Aparecieron clubs de fans. Las cadenas por cable USA Network y Sci-Fi Channel también la repusieron con éxito en los ochenta y noventa. Comenzó a aparecer merchandising, especialmente réplicas del Robot…

Y, por fin, en 1998, se estrenó una película de imagen real con un reparto encabezado por
estrellas del momento como William Hurt, Gary Oldman o Mimi Rogers y con cameos de casi todo el reparto original. Comentaré en otra ocasión esta película; por el momento baste decir que se trató de un digno intento de superar las absurdas premisas de la serie televisiva recurriendo a un tono más oscuro y realista, introduciendo un mensaje de corte ecologista y envolviendo la producción con impactantes efectos especiales. Prueba del afecto que aún se le profesaba en Norteamérica a este particular universo de ficción es que “Perdidos en el Espacio”, a pesar de las críticas que le llovieron por parte de los fans más ortodoxos, fue la película que desbancó al “Titanic” de James Cameron del número uno de recaudación tras su reinado de cuatro meses.

Pero siempre, en cualquiera de sus encarnaciones y como sucedía en la más moderna “A través del Tiempo” (1989-1993), la fusión de ciencia y fantasía se mantenía unida gracias a un arquetipo narrativo mucho más antiguo: la de los individuos perdidos que tratan de llegar a casa. Homero la había utilizado en “La Odisea”, Johann Wyss en “Los Robinsones Suizos”, Julio Verne en “Dos Años de Vacaciones” y, más recientemente, J.J.Abrams en “Perdidos”.

La Ciencia Ficción siempre camina por un estrecho desfiladero que discurre entre lo absurdo y lo sublime. Desde cierto punto de vista, trabajos tan provocativos como “Dune”, “Un Mundo Feliz” o “La Máquina del Tiempo” pueden interpretarse como estúpidos o infantiles. Y, sin embargo, otros que merecerían más esa calificación, como “Star Wars”, “Flash Gordon” o “Battlestar Galáctica” han demostrado ser auténticos creadores de mitos modernos.

Esa es la eterna disyuntiva de la ciencia ficción. “Perdidos en el Espacio” forcejeó con ella durante tres años, aunque, considerando el perdurable atractivo de su comedia del absurdo, quizá no lo hizo tan mal después de todo. Al fin y al cabo, sin las producciones de Irwin Allen, el género se podría haber sumergido en una relativa oscuridad dominada por series más cerebrales al estilo de “Star Trek”, atractivas para una audiencia tan fiel como marginal.

Es necesario también tener en cuenta que “Perdidos en el Espacio” no podía escapar fácilmente del clima televisivo predominante en la época, clima con el que el público parecía disfrutar, ya fuera en la forma de las producciones de Irwin Allen, en los programas de variedades como “El Show de Dean Martin” (1965-1974) o fantasías sobrenaturales como “Embrujada” (1964-1972). Incluso series policiacas o westerns supuestamente realistas, como “Mannix” (1967-1975), “La Ley del Revolver” (1955-1975) o “Bonanza” (1959-1973) no escaparon a la moda fantástico-cómica en boga.

Muchos aficionados aún prefieren la primera temporada de “Perdidos en el Espacio”, y
ciertamente es mucho mejor que las siguientes, pero en ningún momento se puede decir que productor y guionistas sintieran mucho respeto por las leyes de la ciencia, el tiempo y el espacio tal y como las conocemos. Ni siquiera en el primer episodio, en el que vemos a John Robinson sobrevivir a un vuelo de entrada la atmósfera de un planeta vistiendo únicamente un finísimo traje espacial sin presurizar. A Irwin Allen se le puede acusar de haberse plegado a los gustos de los espectadores menos exigentes, de violar flagrantemente las leyes físicas o de favorecer la acción sobre el desarrollo de personajes. Pero desde luego, no de que sus series fueran aburridas.

2 comentarios:

  1. Excelente entrega y fantástica narrativa de los detalles de esta serie. Realmente en mi país la continúan pasando , los días sábado por la mañana. Y cuando puedo la veo. Me trae gratos recuerdos.

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  2. Me alegro que te haya gustado el artículo. Ahí la tienes, con cincuenta años a sus espaldas y, como dices, aún la siguen emitiendo en las televisiones. Es más de lo que pueden decir muchos programas. Un saludo.

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