sábado, 9 de septiembre de 2017

1988- AQUABLUE – Cailleteau, Vatine y otros


A estas alturas no creo que haya nadie que pueda defender que “Avatar” (2009) de James Cameron, independientemente de su magnífica factura visual, ofrezca una historia mínimamente original. Se han mencionado siempre películas como “Bailando con Lobos” (1990) o “Pocahontas” (1995) como referentes inmediatos, pero lo cierto es que el tema del hombre occidental seducido por la pureza del mundo natural y quienes viven en contacto con él y erigido en campeón de su pueblo adoptivo contra sus antiguos y corruptos congéneres, se remonta por lo menos hasta Tarzán y sus enfrentamientos contra los codiciosos ladrones de marfil.



La ciencia ficción empezó a interesarse verdaderamente por los efectos de la acción humana sobre el medio ambiente después de la Segunda Guerra Mundial y especialmente a partir de la década de los sesenta, cuando proliferaron los estudios y ensayos acerca de los peligros de la superpoblación y la polución. Fue por entonces que, cuando estas historias se trasladaban a mundos alienígenas, se introdujo en ellas un elemento de misticismo a raíz del enunciado de la Hipótesis Gaia por James Lovelock. Según él, la ecosfera ha ido construyendo poco a poco mecanismos homeostáticos que conectan toda la vida con los fenómenos atmósféricos, biológicos y químicos que en ella tienen lugar. Para mucha gente, la ecología simboliza un sentimiento de pérdida de la armonía con el mundo. Si a ello sumamos un elemento bélico que enfrenta a los habitantes del planeta en cuestión con los ambiciosos y desconsiderados colonos que llegan para explotar los recursos del planeta poniendo en peligro el equilibrio medioambiental, tenemos historias como “Dune” (1965), de Frank Herbert, películas como “Avatar” y comics como “Aquablue”.

El primer arco de la serie comienza con el álbum “Nao” (1988) mostrándonos la catástrofe de una nave de pasajeros, la Silver Star, a causa de una lluvia de meteoritos. Una pareja intenta llegar a las cápsulas de salvamento pero no consiguen salvarse y su hijo pequeño queda al cuidado de uno de los robots nodriza de la nave, Cybot. Ambos consiguen llegar a una de las naves salvavidas, donde pasarán ocho años antes de que encuentren un planeta habitado. Se trata de Aquablue, un mundo básicamente oceánico que sólo tiene un 3% de superficie sólida y en la que vive una raza humanoide de piel azul, pacífica, en sintonía con la naturaleza y cuya cultura y creencias giran –como no podía ser de otra manera- alrededor del agua.

Nada más amerizar y tomar contacto con los nativos, el muchacho tiene un encuentro con una enorme criatura, el Uruk-Uru, mezcla de ballena colosal y manta-raya, al que aquéllos consideran sagrada. Esa inmediata conexión hace que el chico sea fácilmente adoptado por el pueblo de Aquablue después de que Cybot caiga al agua y quede inutilizado.

Diez años después, el muchacho, al que han bautizado en su pueblo adoptivo como Tumu-Nao,
se ha convertido en un valioso miembro de la tribu a punto de pasar el rito de madurez, elegir compañera y ser considerado un pescador de pleno derecho. De hecho, su amada, Mi-Nuee, es la hija del jefe tribal, Melkeiok, mientras que los nativos lo consideran bendecido por su dios Uruk-Uru. Por desgracia, la vida idílica que disfruta Nao se hace trizas cuando una nave de exploración terrestre llega a Aquablue y el etnólogo Maurice Dupre, al mando de la expedición, reactiva a Cybot y descubre que Nao es nada menos que Wilfred Morgenstern, el heredero de un gran imperio financiero al que se daba por muerto.

Irónicamente, ese imperio financiero actúa ahora en su contra. La Texec (Texas Energy Consortium) ha firmado un acuerdo con los poderes políticos terrestres que la autorizan para apoderarse de Aquablue e instalar una red de centrales energéticas que acabará convirtiendo el planeta en una gran bola de hielo inhabitable. Para proteger a los ingenieros y técnicos de la compañía la Texec ha contratado a las Brigadas Morgenstern, un grupo de mercenarios creado
y dirigido por la propia tía de Nao, Ulla. La aparición de Nao-Wilfred en ese momento no hace ninguna gracia ni a los mandamases de Texec ni a Ulla, que deciden eliminarlo. Con lo que no cuentan es con la íntima conexión que Nao ha establecido con las fuerzas más poderosas del planeta…

Sin embargo, el poder militar de los terrestres es demasiado para los habitantes de Aquablue y Dupre convence a Nao para que le acompañe a la Tierra y defienda ante los tribunales sus derechos a presidir el Consorcio –lo que detendría el expolio del que ahora es su hogar- y denuncie ante los medios de comunicación la situación en el mismo. Éste es el punto de arranque de “Planeta Azul” (1989), el segundo álbum.

En ausencia de Nao, tecnócratas y mercenarios han recurrido a las mismas tácticas que los imperialistas europeos utilizaron con otras culturas indígenas de la Tierra: destruirlos a base de minar su convivencia y armonía mediante el alcohol gratis y las baratijas. Melkeiok organiza un movimiento de resistencia, optando por huir con su tribu a las regiones polares, donde todavía no han llegado los humanos. Mientras tanto, en la Tierra, Nao está descontento con el laberinto judicial en el que se ha visto inmerso
pero dado que aún no ha podido acceder al dinero de su herencia no puede pagarse una nave que le devuelva a Aquablue para poder continuar la lucha sobre el terreno. Entonces, se producen dos felices acontecimientos: por una parte, se reencuentra con Mi-Nuee, que ha viajado hasta la Tierra como polizonte en una nave de la Texec; por otra, Beatrice, la exmujer de Maurice y periodista en horas bajas, encuentra la forma de que todos puedan viajar a Aquablue: utilizando los servicios de un antiguo amante suyo, Carlo, un pícaro italiano que transporta mercancías legales y contrabando a bordo de su nave –en claro homenaje a Han Solo y su Halcón Milenario, la cual también sirvió de inspiración gráfica a la Strómboli de Carlo-.

No quiero seguir detallando en exceso el argumento para no estropear las sorpresas y giros que reserva el guión. En “El Megofias” (1990) interviene en el conflicto el capitán Lochsore y su espectacular nave que da título al álbum. Se trata de un trasunto de capitán Ahab y empresario sin escrúpulos que inicialmente ayuda a la gente de Nao en su guerra contra la Texec y las brigadas
Morgenstern, pero que no duda en cambiar su afiliación en cuanto se le presenta ocasión de obtener beneficio. Gracias a su indestructible nave, Lochsore se convierte en un elemento decisivo del conflicto. En “Coral Negro” (1993), se suma a la refriega la Legión, un ejército profesional que la Texec ha conseguido que el gobierno terrestre ponga a su servicio. Estos duros comandos demuestran ser unos adversarios demasiado fuerte para los defensores de Aquablue y han de buscar su salvación donde menos se lo esperaban: en las profundidades del océano, donde se esconde el secreto tras los mitos y leyendas de Aquablue. La batalla por el planeta se resolverá en “Proyecto Atalanta” (1998), donde Nao encuentra nuevos aliados para enfrentarse a las unidades fuertemente acorazadas de la Legión mientras un virólogo sin escrúpulos a sueldo de Ulla Morgenstern experimenta guerra biológica con los nativos prisioneros.

Este primer arco de la colección es una clara crítica a las perversidades del capitalismo más desatado, aquel que compra voluntades, que corrompe políticos y amenaza a los medios de comunicación para salirse con la suya. Buscando exclusivamente el beneficio por encima de cualquier consideración ética, sus militantes están dispuestos a arruinar el medio ambiente y aniquilar culturas enteras. El uso de milicias
privadas, siempre menos controladas y reguladas que los ejércitos nacionales, desgraciadamente es un recurso que hoy están utilizando incluso algunos gobiernos. Cuando las cosas se complican, el gobierno terrestre recurre a las unidades regulares del su ejército para “pacificar” el territorio y garantizar la seguridad de sus compatriotas, una política que tampoco nos es ajena. También resulta familiar la servidumbre de los medios de comunicación a los grandes conglomerados financieros a los que pertenecen y que no admiten que desde aquéllos se cuestionen sus políticas o sus actos.

Thierry Cailleteau y Olivier Vatine se conocieron a los dieciséis años y trabajaron juntos en los dos primeros álbumes de la serie humorística “Las Aventuras de Fred y Bob” (1986-87), pero donde su colaboración alcanzó realmente el cénit fue en “Aquablue”, el ecothriller basado en las tropelías coloniales de Occidente y, especialmente, las consecuencias del choque cultural –o, más bien, atropello- sobre los pueblos polinesios.

El estilo de Vatine combina el talento de Mezieres (“Valerian”) a la hora de diseñar naves, artefactos y criaturas, la meticulosidad europea por el detalle y la construcción de ambientes y fondos y el dinamismo del comic-book americano. Desgraciadamente, Vatine abandonó la serie en el cuarto álbum a raíz de una diferencia de opinión respecto al futuro de la serie que degeneró al plano personal–empezó a colaborar entonces con la americana Dark Horse en la franquicia “Star Wars”, una experiencia que no le debió convencer del todo porque no tardó en regresar al comic francés-.

Cinco años hubieron de esperar los fans para leer una nueva entrega de la serie, “Proyecto Atalanta” (1998)… sólo para sentirse defraudados al ver que el sustituto de Vatine no estaba ni mucho menos a su altura. A favor de Ciro Tota hay que decir que el diseño y detalle de los ingenios técnicos y vehículos sigue siendo bueno, pero su línea carece de fuerza, de presencia. Tampoco puede destacarse favorablemente su tratamiento de figuras. Vatine había sabido dotar a cada personaje de su propio lenguaje corporal según su edad y procedencia, desde la perpetua tensión en la que vive Maurice a la
desfachatez chulesca de Carlo. Ciro, en cambio, tiene un registro limitado de expresiones y sus figuras se antojan rígidas e intercambiables. Nao pasa de ser un joven ágil y flexible con un cuerpo moldeado por la vida al aire libre (con cierto parecido al Kamandi de Jack Kirby, por cierto), a transformarse en un gigantón musculado al estilo superhéroico. No es que Tota sea un dibujante nefasto, porque no es así en absoluto, sino que su carga es la de que todo aquel que lea la serie lo comparará inevitablemente con su antecesor en la misma. Con todo, aunque el tránsito de Vatine a Tota sea bastante brusco, el lector interesado en la ciencia ficción de aventuras acabará muy probablemente acostumbrándose al nuevo estilo gráfico.

A destacar especialmente el color aplicado por Christophe Araldi e Isabelle Rabarot en los cuatro primeros álbumes; color que, en una época anterior al uso de medios digitales, ya mostraba una amplia gama de matices y profundidad a la hora de componer los cielos, los mares o los diferentes paisajes alienígenas, contribuyendo de esta forma no sólo a embellecer considerablemente el resultado final, sino a potenciar el trasfondo emocional de cada escena.

La entrada de Ciro Tota marca asimismo un cambio en la dirección de la serie. Ciertamente, la guerra por Aquablue ya se había alargado cuatro álbumes y no quedaba más que contar. El argumento y los personajes habían finalizado su ciclo y había que decidir entre dar carpetazo a la colección o encontrar un nuevo rumbo para la misma. Dado el éxito económico que reportaba a la editorial Delcourt, matar la gallina de los huevos de oro no parecía la mejor opción así que Cailleteau planteó un nuevo escenario ajeno al planeta Aquablue pero sin abandonar su tono ecologista.

No obstante, los dos siguientes álbumes, titulados ambos “La Estrella Blanca” (partes 1 y 2) y que conforman el segundo ciclo de la serie, sirven de transición entre una etapa y otra. Es, además, una historia que no se cuenta de forma lineal, sino que introduce dos tramas, una de ellas en flashback, que acaban fusionándose en el segundo álbum. Mientras Nao, Cybot, Carlo y Rabah (un antiguo compinche del italiano que desertó de la tripulación del Megofias antes que traicionar a su amigo) vuelven a la Tierra para arreglar los
cabos sueltos de la herencia del primero, sufren una avería y son recogidos y aprisionados por unos saqueadores espaciales cuyo destino es nada menos que los restos de la Estrella Blanca, la nave en la que murieron los padres de Nao y de la que éste y Cybot escaparon en el último momento. Estos delincuentes han sido contratados por el cardenal Cantor, recién electo gobernante del planeta colonia Stallion, un fanático religioso que desea recuperar del derelicto unas pruebas que podrían airear sus trapos sucios y el papel que jugó en la muerte de los Morgenstern –y de los otros tres mil pasajeros de la nave-.

Se trata de una aventura de ritmo trepidante que cambia el ecologismo por la crítica a los regímenes populistas de corte ultraconservador. La colonia del planeta Stallion tiene dificultades económicas debido a su todavía escasa trayectoria y su aislamiento respecto a la Tierra, lo que fomenta el descontento, la inseguridad y cierta tendencia al mesianismo. Condiciones todas ellas ideales para que el antiguo líder de una secta milenarista se recicle en político, forme un partido y conquiste el poder. El Cardenal Cantor es un individuo
carismático y ambicioso que dicta una ley para destruir todos los robots del planeta, una medida que sumirá a la sociedad en el atraso haciéndola, por tanto, más manejable. Inmediatamente, como no podía ser de otra manera, instaura un régimen policial en el que todo aquel que desacate sus normas es acusado de blasfemo y castigado en consecuencia. Cantor y su ideología están modelados a imagen y semejanza tanto de los cerriles y fanáticos predicadores cristianos que se pueden encontrar en el corazón de Estados Unidos como de los imanes musulmanes de diversos países de Oriente Medio –o, últimamente, también Europa- consumidos por el odio y la fiebre proselitista.

Aunque Tota sigue mostrando limitaciones en el ámbito de la expresividad facial y corporal de los personajes, su sentido del diseño resulta muy acertado. Naves, armamento, edificios, vehículos, ambientes… están muy bien pensados e insertos con acierto en la narración, haciendo olvidar hasta cierto punto a Vatine.

En el octavo álbum, “Fundación Aquablue” (2001), Cailleteau establece el marco general que
servirá para futuras aventuras: Nao, haciendo uso de su fortuna y no teniendo especial interés en dirigir su imperio económico, decide dedicarse a la exploración e investigación de la galaxia y la protección de las formas de vida autóctonas de cada planeta mediante los recursos de la fundación que da título a la aventura. Se trata de una premisa tan clásica como abierta bajo cuyo amparo puede desarrollarse prácticamente cualquier tema. En esta ocasión, encontramos a nuestros héroes en el planeta Doyle-1800, condenado a la destrucción por la proximidad de un voivoda, especie de agujero negro que engulle todo lo que encuentra en su camino. Se trata de un mundo que se asemeja a la Tierra del Jurásico y donde medran los dinosaurios. Como una suerte de Noe futurista, los protagonistas están reuniendo parejas de todos los especímenes de ese mundo para transportarlos a bordo de su nueva nave, la Uruk-Uru y salvarlos de cara a una posible repoblación en otro lugar.

Pero mientras la Fundación se esfuerza en arrebatar a la inminente destrucción cuanto pueden de la biosfera, una empresa de safaris para millonarios dirigida por Diane de Boer se dedica a masacrar por diversión a esos magníficos animales bajo el pretexto de que están condenados de todas maneras. El problema es que sus desconsideradas actividades acaban con la vida de un nativo perteneciente a una especie lobuna inteligente de la que se ignoraba su existencia, los Cynos. Comienza así una guerra a tres bandas en la que de Boer animará a sus clientes a cazar a los nativos, éstos se protegerán y vengarán y la Fundación Aquablue tratará de detener las tropelías de los cazadores. La aventura finalizará en el siguiente álbum, “El Tótem de los Cynos” (2004).

Cailleteau vuelve a poner el conservacionismo y el respeto por el medio natural y las culturas locales en el centro temático de la peripecia. Si en el primer ciclo se trataba del expolio y destrucción de un planeta por el plan de una megacorporación para instalar centrales de energía que afectaban al clima, aquí los villanos vuelven a ser los acaudalados y privilegiados de la sociedad y su absoluta desconsideración por todo lo que no sean ellos mismos y sus caprichos. Cuando tratan de explicar a Nao que la caza
significa para ellos “establecer un vínculo con nuestros instintos primitivos olvidados, contactar con nuestro espíritu animal olvidado” y apelando a la comprensión de Nao en su calidad de miembro de una tribu “primitiva”, éste les responde con uno de los mejores argumentos de toda la serie: “Francamente…Opino que ustedes no son más que un hatajo de pervertidos decadentes. Matar no es un lujo que se practica con la panza llena…La caza, tal y como ustedes la practican, no es más que un pretexto para desplumar a una panda de millonarios ociosos que gastan aquí mil veces el precio de la carne que van a abatir y que matan mil veces más de lo que serían capaces de comer, a pesar de mostrar todos una obesidad más que notable. Por eso, permítame que me ría cuando habla de los “instintos primitivos” o de la “animalidad perdida”. Sin sus helicópteros, sus armas de gran calibre y miras láser, sólo podrían roer raíces, porque su rebaño de asesinos gordinflones sería incapaz de acercarse a un dinosaurio ciego y sordo sin que los percibiese a un kilómetro de distancia”.

El cuarto ciclo está compuesto por dos álbumes, “El Beso de Arakh” (2006) y “La Fortaleza de las Arenas” (2006), en la que entra como nuevo dibujante Siro, cuyo estilo recuerda mucho al de Vatine si bien con un toque más sucio y violento. En esta ocasión, Nao, al frente de la Fundación, llega al desértico planeta Tetlaan para aprovisionar a una expedición arqueológica terrestre que a duras penas conserva el permiso para operar allí debido a las tensiones religiosas y políticas entre el líder local, el Salmir, y los rebeldes. La codicia del director del yacimiento, el profesor Marelian, le lleva a sobornar con armas al Salmir y abrir imprudentemente la tumba de la antigua Reina Marachna, sobre la que los nativos creen que pesa una maldición.

Cailleteau traslada a su guión la situación histórica del Egipto del siglo XIX, cuando los arqueólogos y aventureros occidentales saqueaban el patrimonio del país con el consentimiento de los sobornados líderes locales, los sultanes turcos. En esta ocasión, el objeto de la crítica del guión es la codicia y el ansia de gloria de –algunos- arqueólogos que les llevan a corromper voluntades y socavar las culturas nativas. Aunque en último término es la reina Marachna la que se erige como principal villana, la resurrección de ésta no hubiera sido
posible sin los imprudentes actos del profesor Marelian y la cobardía del diplomático terrestre apostado allí, más preocupado por complacer al corrupto Salmir que por las injusticias a que éste somete a su pueblo.

Por otra parte, la inclusión de pirámides, nómadas belicosos pero revestidos de nobleza, políticos corruptos, tumbas malditas protegidas por alimañas… hacen de este un escenario más propio del género de aventuras que de la CF. Encontramos también algunos elementos que chirrían un tanto respecto al enfoque de space opera que había mantenido la serie hasta la fecha: brujerías y encantamientos, reinas que regresan a la vida, magia, zombis… Además, el desenlace se antoja apresurado e inconsistente. Desde el punto de vista del guión, quizá este sea la entrega más floja de la serie hasta el momento, pero con todo no deja de ser una lectura amena que se desarrolla a buen ritmo.

En Francia existe un quinto ciclo, compuesto hasta la fecha por cinco álbumes (el último aparecido en 2017), realizado ya por un equipo creativo diferente y del cual hablaré cuando se publique en España. Que esta serie haya sobrevivido treinta años gozando de buena salud es ya un indicio de que muchos lectores encuentran en ella virtudes más que suficientes para apoyarla. Las historias, en general, son interesantes, imaginativas, entretenidas y con un contenido crítico que anima a la reflexión. Es cierto, no obstante, que tratándose de un comic básicamente pensado para un público juvenil, no hay muchos matices. La separación entre buenos y malos siempre resulta transparente, incluso desde el punto de vista gráfico. Los villanos lo son sin reservas y los buenos no dudan, tropiezan ni se equivocan en sus objetivos. Tampoco se puede hablar de verdadera evolución de los protagonistas. Es cierto que lejos de permanecer atrapado en una eterna adolescencia, Nao madura y se convierte en padre (en el décimo álbum), abandonando su ingenuidad e inexperiencia originales para transformarse en un avezado aventurero y activista, pero tampoco se puede decir que se explore verdaderamente su personalidad ni se le someta a dilemas morales o personales (con la excepción del adulterio que comete en el decimoprimer álbum). “Aquablue” es una serie de aventuras centrada sobre todo en las tramas por encima de las caracterizaciones.

Encontramos aquí space opera, romance planetario, robots ingeniosos, mercenarios, piratas y legionarios espaciales, civilizaciones alienígenas escondidas en el fondo de los océanos,
científicos malvados, criaturas maravillosas, naves generacionales, virus letales, corporaciones despiadadas, fanáticos religiosos, robots rebeldes, dinosaurios, batallas en el espacio y los planetas… y todo ello integrado en una serie de historias pobladas por buenos personajes, suspense, acción, humor, romance, drama, mensajes ecológicos, un sólido sustrato humanista y un espíritu positivo…… una receta perfecta para el entretenimiento. Es cierto que no hay mucho original en “Aquablue” y que parece construida a base de retazos de otras obras: hay elementos de Tarzán, “Tropas del Espacio” de Heinlein, “Star Wars”, “Abyss” de James Cameron, “La Nave Estelar” de Brian Aldiss, “La Momia”, la saga de los robots de Asimov, Indiana Jones… pero, en primer lugar, esos préstamos serán sólo identificables para lectores y cinéfilos con cierta trayectoria; y, en segundo lugar, los pastiches no son necesariamente malos. La definición de “pastiche” es la de “imitación que consiste en tomar diversos elementos y combinarlos de manera que el resultado parezca una creación original”. Y eso es “Aquablue”, una obra que parece original sin serlo y que nunca deja de ser una lectura agradable que puede revisitarse cada cierto tiempo y especialmente disfrutable por un público juvenil.

Hay, eso sí y como he señalado, un cambio bastante considerable a la altura del quinto álbum, tanto en el planteamiento general como en el dibujo, que de seguro no convencerá a muchos lectores cautivados por el arte de Vatine. Yermo Ediciones está publicando la colección en una serie de lujosos volúmenes integrales, el primero de los cuales reúne los cinco primeros álbumes. Así, quien no esté seguro de si continuar o no más allá de esa primera etapa, dispondrá de una muestra del dibujo por venir en sucesivos números.

3 comentarios:

  1. Muy interesante! He leído el primer episodio y realmente vale la pena.

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  2. Siempre lo digo, a vos no hay poronga que te venga bien

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  3. No te entiendo. Como suele ser habitual, cualquier obra tiene aspectos positivos y negativos y cada cual les otorga el peso q considera segun los gustos de cada uno. A mi aquablue me entretiene y lo leo a gusto. No se por q dices q no me viene bien...

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