domingo, 27 de octubre de 2013

1937- ASTOUNDING SCIENCE FICTION / ANALOG (y 3)







(Viene de la entrada anterior)

El primer editorial de Campbell sobre Hiroshima no apareció hasta noviembre de 1945 debido a los retrasos propios del negocio (correcciones, imprenta, distribución…), pero en la misma afirmaba: “La Civilización… ha muerto. Ahora estamos en el interregno”.


En diciembre de 1945, Campbell publicó una parte sustancial del Informe Smyth, el documento gubernamental sobre la investigación nuclear norteamericana dado a conocer tras la rendición de Japón y la primera vez que el mundo, incluidos los propios investigadores del Proyecto Manhattan, tuvo una visión global de la cuestión. A medida que la paranoia de la Guerra Fría se intensificaba, el Informe Smyth fue a veces considerado como un acto de sabotaje de elementos liberales “infiltrados” en el Proyecto, simpatizantes del naciente sentimiento entre la comunidad científica a favor de la desclasificación de todos los secretos atómicos.

Durante todo el año 1945 e incluso antes del inicio de las pruebas atómicas, los científicos del Proyecto Manhattan promovieron una serie de campañas encaminadas a impedir el uso de la bomba. El Informe Franck, un documento secreto firmado por los principales investigadores del Proyecto, fue enviado al presidente Truman en junio de 1945. En él, informaban al Ejecutivo de que no había defensa posible contra las armas atómicas y advertían de la necesidad de alcanzar un acuerdo internacional efectivo que limitara una carrera armamentística potencialmente letal para toda la Humanidad. Trataron de hacer comprender al Ejército y al Gobierno la imposibilidad de mantener en secreto un descubrimiento científico y predijeron con acierto que en diez años Francia, Inglaterra y Rusia contarían con la bomba. El Informe Franck proponía un control internacional de todos los materiales nucleares por funcionarios de las Naciones Unidas.

Tras las explosiones de Hiroshima y Nagasaki, los científicos redoblaron su oposición, ahora de forma pública. El Boletín de los Científicos Atómicos, con su impresionante portada de las manecillas de un reloj aproximándose a la medianoche (más tarde recuperada por Alan Moore para “Watchmen”) pudo verse por primera vez en diciembre de 1945. El best-seller “Un Mundo o Ninguno” se editó en marzo de 1946: consistía en un conjunto de ensayos que subrayaban el abismo entre los científicos y los militares involucrados en el Proyecto Manhattan. Mientras Truman y Stalin se dedicaban a dividir el mundo en bloques geopolíticos y zonas de influencia, Oppenheimer apeló al internacionalismo de la Ciencia, “la fraternidad de hombres de ciencia por todo el mundo”, como un modelo para la sociedad global post-nuclear. “The Way Out”, de Albert Einstein, fue todavía más claro, proponiendo que una organización supranacional dotada de su propio ejército impidiera a los estados individuales entrar en guerra.

El manifiesto más impactante, sin embargo, fue el informe de Philip Morrison desde el punto
zero de Hiroshima. Morrison había trabajado en Los Alamos y recibió el encargo del Departamento de Defensa de estudiar los efectos de la bomba atómica sobre Japón. Para hacer su exposición más gráfica, extrapoló la situación imaginando una detonación en el centro de Manhattan. Morrison describió con gráfico detalle tanto la devastación inicial como la lenta muerte por envenenamiento radioactivo. “La historia no es real sólo por una cosa”, decía: “Las bombas no llegarán ya nunca, como en Japón, de una en una o de dos en dos. Llegarán a cientos, incluso a miles”.

Joseph Campbell demostró su proximidad ideológica a los científicos del Proyecto Manhattan en los meses inmediatamente posteriores a la guerra. En enero de 1946, afirmó que “el secreto de la bomba atómica no es americano, ni angloamericano, es un secreto de la Naturaleza, y la Naturaleza es una bocazas”. Predijo que “dentro de unos cinco años, veremos que todas las naciones industrializadas de la Tierra estarán ya adecuadamente equipadas (atómicamente)”. En junio de 1946, cuando Truman decidió otorgar el control del programa nuclear a los militares en lugar de a los científicos, Campbell criticó la engañosa ilusión del secreto. Aconsejó a los lectores de “Astounding” la lectura del Informe Smyth: “No hay excusa para que un aficionado a la ciencia ficción obvie el documento más importante en toda la historia de la Humanidad. Haceos con él”. Desde comienzos de 1947, la revista empezó a dedicar más espacio a artículos de no ficción sobre la energía nuclear e incluso contrató a ingenieros como Willy Ley, que trabajó para el programa alemán de cohetes antes de huir a Estados Unidos asqueado por la política nazi, como colaboradores.

A diferencia de otros editores y periodistas, Campbell no cayó en la histeria cuando se descubrió que la Unión Soviética estaba realizando pruebas atómicas en 1949: “La Naturaleza no es nacionalista”, afirmó, desviando la atención, otra vez con acierto, hacia la psicología inherente al nuevo escenario militar, en el que ya no era necesario coger un arma y marchar al frente, sino apretar un simple botón. Para Campbell, la era atómica requería una psicología fuerte y muy especial. “Llevamos la delantera en la producción de armas atómicas. Pero nuestra producción de mentes que aprieten botones es pequeña y desganada”. Fue esa creencia la que, probablemente, contribuyó a acercarle a la Dianética de L.Ron Hubbard tan sólo cinco meses después.

A pesar de que a menudo es calificado de figura autoritaria, durante ese crítico periodo Cambpell abrió las páginas de “Astounding” a una pluralidad de voces. Animó a sus escritores a empaparse de las bases de la física nuclear e investigar en sus ficciones, bajo un punto de vista objetivo, los posibles escenarios resultantes de la aplicación práctica de esa energía. Bajo su égida, Robert Heinlein y Lester Del Rey ofrecieron algunas clarividentes reflexiones sobre el impacto sociológico y psicológico de la ciencia atómica.

“Astounding” dominó prácticamente en solitario el campo de la CF desde 1937 hasta finales de
los cuarenta. Su éxito animó a otras editoriales a publicar revistas que trataban de imitarla. La prometedora y colorida “Marvel Science Stories” apareció en los quioscos en 1938, seguida poco después por “Startling Stories. Sólo en 1939, aparecieron “Science Fiction and Future Fiction”, “Dynamic Science Stories” y “Super Science Stories”. “Fantastic Adventures” apareció como revista complementaria de “Amazing Stories” y la lista se completaba con “Astonishing Stories”, “Comet Stories”, “Cosmic Stories” o “Stirring Science Stories”.

Pero ninguna de ellas pudo hacerle sombra, como demuestra un sencillo dato: cuando en 1946 se publicó la primera antología de historias de ciencia ficción, “Adventures in Time and Space”, compiladas por Raymond Healy y J.Francis McComas, 32 de sus 35 narraciones habían aparecido por primera vez en las páginas de “Astounding”. Las revistas que sobrevivieron a las restricciones de papel durante la Segunda Guerra Mundial se alimentaban de lo que Cambpell rechazaba, contratando a escritores cuyos gustos y estilos no coincidían con los de Campbell, reeditando material viejo o manteniendo la ya agotada tradición de la aventura interplanetaria apoyada en conocidos clichés.

Ese periodo de gloria duró hasta que en 1949 apareció “The Magazine of Fantasy and Science Fiction”, editada por Anthony Boucher y J.Francis McComas; y un año después, en 1950, “Galaxy Science Fiction”, supervisada por H.L.Gold. Ambas, partiendo del mismo ideario que había sustentado el éxito de Campbell, consiguieron atraer su propio grupo de fieles lectores y escritores arrebatando a aquél su supremacía absoluta.

Aquel ideario había incluido, por supuesto, la fascinación por la ciencia y la tecnología cultivada por el decano de los editores de ciencia ficción, Hugo Gernsback. Pero, como dijimos, había sabido expandirse para abarcar ciencias “blandas” como la sociología o la antropología, trasladando el paradigma científico propio del género hasta ese momento, desde un enfoque darwiniano a uno centrado en la Física. Campbell cogió la fe de Gernsback en la prevalencia de la razón sobre la emoción y la moldeó para subrayar el método científico y el poder de la mente.

El objeto de la ciencia ficción es predecir las posibles tendencias del futuro”, declaró Campbell.
No sonaba muy diferente a Gernsback, quien había anunciado orgulloso el lema para “Amazing Stories”, más de una década atrás: “Ficción Extravagante Hoy, Fríos Hechos Mañana”. Otra cosa que compartían ambos editores era su creencia en que la Ciencia Ficción debía estar estrechamente vinculada a la Ciencia. Cuando en 1960 Campbell consiguió por fin su sueño de eliminar la palabra “Astounding” del título de la revista y rebautizarla como “Analog Science Fiction and Fact” (como parte de una tendencia que llevó a otras revistas a abandonar sus altisonantes denominaciones a favor de otras como “Omni” o “Interzone”), su razonamiento revela claramente que, para él, la Ciencia Ficción era, de hecho, una especie de Ciencia.

Después de explicar en el editorial que “una analogía es un sistema que se comporta de una forma similar a algún otro pero de forma menos variable, por lo que resulta más fácil y conveniente para su estudio”, Campbell continuaba: “La Ciencia Ficción es, estricta y literalmente, análoga a los hechos científicos. Es un sistema análogo a la Ciencia, adecuado para reflexionar sobre nuevas ideas científicas, sociales y económicas y reexaminar las viejas”. Aunque subrayando la importancia de la Ciencia en la Ciencia-Ficción, Campbell también insistía en
que la “historia humana” debe ser lo más importante, tal y como expuso en un simposio organizado por Lloyd Arthur Eschbach en 1947:

En la antigua ciencia ficción predominaban la Máquina y la Gran Idea. Los lectores modernos –y, por tanto, los editores- no quieren eso; quieren historias de gente que vivan en un mundo donde una Gran Idea o una serie de ellas, y una Máquina o máquinas, conforman el fondo. Pero es el hombre, no la Idea ni la Máquina, lo que resulta esencial” (…) “En la antigua ciencia ficción –H.G.Wells y casi todas las historias anteriores a 1935-, el autor dedicaba tiempo a poner al lector en situación de lo que había sucedido antes de que comenzara la acción propiamente dicha. Los mejores autores modernos de ciencia ficción han ideado algunos métodos excelentes para presentar gran cantidad de información sobre el contexto de la historia sin interferir en su desarrollo”.

Así, bajo la guía de Campbell, las historias de “Astounding” dedicaron más atención a la
sociología y la psicología del futuro (o del pasado) que a las descripciones detalladas de gadgets tecnológicos y nuevos principios físicos. “Una idea es importante sólo en tanto en cuanto afecta a la gente y cómo ésta reacciona ante ella”, avisaba a sus escritores. “Ya sea una idea social, política o mecánica, queremos a gente vinculada a ella y por ella”. Subrayó la importancia de un “análisis paciente y detallado” y del “estilo”: “algo seis escalones más tenue y una décima parte más indefinido que un fantasma y que, sin embargo, marca la diferencia entre una historia del tipo: “una buena idea, qué lástima que no sepa escribir”, o un gran éxito”.

Asimov dividía la ciencia ficción en tres grandes categorías: CF de aventuras; CF basada en los gadgets y CF social. La subdivisión que él encontraba “socialmente significativa” (y el tipo que él mismo escribía) es, por supuesto, la última, “esa rama de la literatura que se interesa por el impacto de los avances científicos sobre los seres humanos”. Según Asimov, si Hugo Gernsback es el “padre de la ciencia ficción”, entonces Campbell merece el puesto de “padre de la ciencia ficción social”.

La evolución editorial de “Astounding” había pasado de un temprano formato similar al de los comic books hasta algo similar a las novelas de tapa blanda. Las páginas tamaño folio y lujosas portadas dejaron paso a un formato “Reader´s Digest” y una presentación menos llamativa. La primera en cambiar su tamaño, presionada por las restricciones de papel durante la Segunda Guerra Mundial, fue “Astounding”. En aquel momento, tal cambio se interpretó como una pérdida de visibilidad en los expositores, pero a cambio tuvo el inesperado beneficio de aparentar mayor madurez literaria. Todas las revistas que aparecieron en los años cincuenta lo hicieron ya en formato “Digest”, siendo la última en resistirse “Amazing Stories”. “Galaxy Science Fiction”, financiada parcialmente por una sólida firma italiana, Edizione Mondiale, obtuvo un formato particularmente lujoso y su éxito demostró la viabilidad de las antologías de relatos y de la ciencia ficción como categoría editorial independiente.

Sin embargo, en la década de los sesenta, la era de las revistas de ciencia ficción tocaba a su fin
y, con ellas, los mejores años de Campbell. Buena parte de las obras más relevantes se publicaban directamente en novela. Por otra parte, la expansión de los valores que cristalizarían en “La Edad de Acuario” cantada por los hippies (fomento de las más variadas supersticiones, la utilización de drogas para alcanzar la trascendencia, la búsqueda del sentido de la vida, una mayor espiritualidad…) casaba mal con la óptica racional y tecnológica de Campbell.

Éste se mantuvo como editor de “Astounding Science Fiction” hasta su muerte en 1971, pero en su última etapa las cosas se complicaron mucho. Como ya mencionamos, en 1960 cambió el nombre de la revista a “Analog” en un intento de ganar respetabilidad y anunciantes de mayor categoría, pero ello no compensó las tendencias reaccionarias en las que cayó en sus últimos años. Su fascinación por la Dianética-Cienciología nubló su prudencia; y aunque siempre había albergado prejuicios raciales y una actitud antiliberal, ello no había impedido dejar sitio en su
revista a autores de corte humanista, incluso sentimental, como Theodore Sturgeon o Clifford D.Simak.

Pero ahora esos defectos se exacerbaron hasta rozar el fanatismo. Se convirtió en un personaje de trato difícil, lo cual repercutió en la capacidad de la publicación para ajustarse a los nuevos tiempos. Lo que antaño había sido espíritu de innovación ahora se transformó en una rigidez que espantó a nuevos autores de gran interés, algunos de los cuales iniciaron un fértil movimiento cuyas bases se oponían frontalmente a la ciencia ficción propugnada por Cambpell: la New Wave. Así, aunque “Analog” siguió publicando material de buena calidad, ya no volvió a ser motor de cambio alguno, especialmente cuando a partir de los años ochenta el centro popular de la Ciencia Ficción abandonó el mundo literario para situarse en el ámbito visual propio del cine y la televisión.

Ben Bova sustituyó a Campbell como editor tras la muerte de éste. Bova había trabajado como escritor científico de unos laboratorios de investigación, por lo que era perfectamente consciente de la diferencia entre Ciencia y Ficción. Pero la revista de la que se había hecho cargo necesitaba un cambio urgente. Poco a poco al principio, con más soltura después, relajó
la política editorial para dar cabida a una amplia variedad de historias y escoger a autores de mayor empaque literario, como Joe Haldeman. Eso sí, nunca abandonó la establecida preferencia de Campbell por la rigurosidad científica, haciendo de “Analog” el refugio de aquellos lectores y escritores particularmente afines a la ciencia ficción dura.

“Analog” floreció bajo la dirección de Ben Bova y es justo decir que fue él quien salvó a la revista del declive y la cancelación. Su buen juicio y pericia editorial le hicieron merecedor de seis Premios Hugo al Mejor Editor (categoría establecida por primera vez en 1973). Dimitió de su cargo en 1978 para dirigir la más elegante “Omni”, siendo sucedido por Stanley Schmidt, quien introdujo de forma regular artículos científicos y de no ficción, como críticas de libros y recomendaciones, abandonó la serialización de novelas a favor de los cuentos y novelas cortas y trató de no limitarse al campo de la ciencia ficción dura. De hecho, en 1999 dejó clara su postura al respecto:

Últimamente he venido diciendo que me gustaría que el término “Ciencia Ficción Dura” desapareciese. Hay demasiada gente que lo utiliza para referirse a algo mucho más limitado de lo que yo entiendo por ello… la ciencia ficción es, sencillamente, ficción en la que algún elemento especulativo juega un papel tan esencial e integral que no puede eliminarse sin hacer que la historia se colapse, y sobre el que el autor ha realizado un esfuerzo razonable para alcanzar la mayor plausibilidad posible. Cualquier cosa que no cumpla esas condiciones, no es ciencia ficción en lo que a mi concierte, así que no hay necesidad de separar un término como “Ciencia Ficción Dura” de “otros” tipos de Ciencia Ficción”.

Con ello, Schmidt quería desprenderse de la carga que sobre los editores y escritores imponen las categorías establecidas por el marketing y la distribución. Schmidt fue nominado todos los años al Premio Hugo al Mejor Editor desde 1980 hasta 2006.

En 2012, ocupó el puesto de editor Trevor Quachri. Y es que “Analog” sigue publicándose hoy,
lo que la convierte en la revista de ciencia ficción más veterana del medio –y una de las más antiguas de cualquier mercado editorial-. Es cierto, sin embargo, que la circulación ha caído sustancialmente, pero solo en su formato físico. Como el buen heraldo de la ciencia ficción dura que sigue siendo, “Analog” se apoya principalmente en su página web, tanto como soporte de lectura como vía a través de la cual recibir aportaciones de los autores.

Con casi ochenta y cuatro años a sus espaldas, “Analog” es ya hoy una institución dentro del género. Y ello se lo debe, sin duda alguna, a Joseph W.Campbell. Sus méritos y defectos siguen siendo objeto de arduos y encendidos debates. Pero sobre lo que el consenso es universal es que la Edad de Oro y su consecuencia, la Ciencia Ficción Moderna, fueron el testamento a su pericia editorial, su amor por el género y su inquebrantable fe en su potencial.

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