sábado, 1 de agosto de 2026

2025- PREDATOR: BADLANDS – Dan Trachtenberg

 


“Badlands” es la novena película de la saga Depredador, la cual arrancó con la cinta original, “Depredador” (1987), a la que siguió una secuela aceptable, “Depredador 2” (1990). Posteriormente, se decidió combinar las sagas Depredador y Alien, ya que los derechos de autor de ambas pertenecían a 20th Century Fox. Esto dio como resultado las mediocres “AVP: Aliens vs Predator” (2004) y “AVPR: Aliens vs Predator Requiem” (2007). Se realizaron otras secuelas esporádicas de escaso interés, como “Predators” (2010) y “The Predator” (2018), que denotaban el agotamiento de la franquicia.

 

Pero la saga resurgió con fuerza de la mano de Dan Trachtenberg, quien anteriormente había dirigido “10 Cloverfield Lane” (2016). La secuela que dirigió, “Presa” (2022), en la que el Depredador se enfrenta a una nativa americana en el siglo XVII, tuvo una gran acogida, siendo considerada de inmediato una de las mejores de la saga. Posteriormente, Trachtenberg dirigió la película de animación “Predator: Killer of Killers” (2025) como adelanto de “Badlands” y en la que se narran tres historias diferentes del letal alienígena cazando humanos en diferentes épocas.

 

En Yautja Prime, Dek (Dimitrius Schuster-Koloamatangi) es considerado un alfeñique por sus congéneres, una especie que se vanagloria de ser los depredadores definitivos. Para demostrar su valía, se propone cazar al supuestamente invencible Karisk en el planeta Genna. Sin embargo, su padre (Reuben De Jong) ordena a su hermano mayor, Kwei (Mike Homik) que lo mate por ser el eslabón más débil del clan y una vergüenza para éste. Pero, desobedeciendo a su padre, Kwei, que siempre ha protegido a su hermano, mete a éste en su nave y la activa, enviándole a Genna antes de sucumbir asesinado por su cruel progenitor.

 

Dek se estrella en la superficie de Genna, un planeta en el que flora y fauna son de una letalidad fuera de toda escala. En un momento en el que se encuentra entre la espada y la pared, recibe la ayuda de Thai (Elle Fanning), la mitad superior cercenada de una sintética fabricada por la Corporación Weiland-Yutani y que llegó a ese mundo como parte de una expedición exclusivamente androide con la misión de capturar a un Karisk.

 

Dek no tiene interés en colaborar puesto que los arrogantes y orgullosos yautja cazan solos, pero ella lo convence de que la use no como compañera, sino como mera herramienta, quedando así su honor a salvo. Poco después reciben ayuda de una pequeña criatura que adopta a Dek y a Thai y a la que ésta bautiza como Bichito. Al mismo tiempo, Tessa (Elle Fanning), la “gemela” sintética de Thia, ha sido reparada en el campamento de la Corporación tras ser dañada por el Karisk y regresa todavía más decidida a cumplir su misión.

 

Dan Trachtenberg se ha convertido en el director más asociado a la franquicia de Depredador; de hecho, es el único que ha participado en más de una entrega. Sin duda, ha aportado algo diferente a cada una de sus películas. Si bien ninguna se aleja demasiado de la premisa básica de “humanos siendo cazados por Depredadores”, al menos se ha atrevido a variar la ambientación, situando las historias en distintas épocas: una india americana en “Presa”; y, en “Killers of Killers”, tres historias que abarcan desde los vikingos a la Segunda Guerra Mundial pasando por los samuráis.

 

La mayoría de las películas de Depredador comparten dos axiomas fundamentales: uno: el alienígena es el villano; y dos: siempre pierde. Estas reglas las adoptó incluso Trachtenberg en “Presa”. Ahora, sin embargo, para su secuela de acción real, el mismo director ha decidido darle la vuelta a ese canon. ¿Y si el Depredador no fuera el malo? ¿Y si no tuviera necesariamente que perder?

 

Así, “Badlands” es la película de Depredador más atípica hasta la fecha. Para empezar, prescinde por completo del combate entre humanos y Depredadores. De hecho, no hay personajes humanos en la historia. Además, mientras que en las demás entregas de la saga el Depredador se presenta como un cazador temible, una némesis para los demás personajes, aquí no sólo es el protagonista sino un ser con el que se puede empatizar. El asesino despiadado y casi invencible se ha transformado en un ser mucho más débil, obligado a sobrevivir en un entorno hostil repleto de criaturas más peligrosas que él. La película se asemeja más a una aventura planetaria que a una de cazadores y presas, y, para ello, Dan Trachtenberg ha tomado prestada gran parte de la flora y fauna de Genna de la novela “Mundo de la Muerte” (1960), de Harry Harrison.

 

Ya no se trata de matar al monstruo que está cazándole a uno, sino de la familia sustituta que encontramos en el viaje de la vida, un tema también muy manido aunque el guion lo desarrolle razonablemente bien. Dek y Thia funcionan como el yin y el yang, ambos lidiando con conflictos fraternales y de la propia identidad, atrapados en sociedades que recompensan la muerte por encima de valores más nobles como la bondad, la empatía y la compasión. No es que “Badlands” sea una película temáticamente profunda, pero al menos está mejor realizada que la mayoría de films que buscan deleitar al respetable con monstruos a gran escala en mundos alienígenas, y presta más atención a los personajes -la fricción y eventual conexión entre Dek y Thia también generan momentos cómicos- que a la mera búsqueda del espectáculo. Y eso que espectáculo tampoco falta. Trachtenberg maneja con maestría los efectos especiales generados por ordenador para construir secuencias de acción intensas en un entorno hostil.

 

Ahora bien, personalmente, tengo sentimientos encontrados respecto a la humanización de los Depredadores. Por un lado, le da un giro interesante a los elementos básicos de la saga, que hasta ahora había utilizado una y otra vez la misma fórmula. Por otro, la revelación de la cultura de los yautja no me parece particularmente imaginativa, pareciéndo más bien una versión klingon obsesionada con los deportes de riesgo. La serie de televisión “Star Trek: La Nueva Generación” (1987-1994) exploró mucho mejor la cultura guerrera klingon, y esta película aporta poca cosa nueva. En cualquier caso, algunos comentaristas han quedado satisfechos con la turbulentamente shakespiriana relación de Dek con su familia. Al darle razones traumáticas para que emprenda su viaje y mostrarlo mucho más vulnerable de lo que podría esperarse habida cuenta de lo que sabíamos de su especie hasta el momento, el guion consigue que el espectador simpatice con él en su calidad de paria rechazado por los suyos.

 

Otro aspecto negativo, al menos desde mi punto de vista, es que “Badlands” recupera la idea del universo Depredador que a nadie convenció hace ya años: el cruce con las películas de Alien. Cuando conocemos a Thia y dice que trabaja para la Corporación Weyland-Yutani, bien podría uno imaginarse que va a ver “Alien vs Predator 3”. Sin embargo, tampoco es así. Si bien “Badlands” se localiza claramente en el universo de Alien, y Weyland-Yutani sigue con sus habituales artimañas para adquirir nuevas formas de vida letales con el fin de desarrollar bioarmas, esta vez no hay Xenomorfos, solo androides y el trasfondo corporativo. La película también toma prestado el clásico enfrentamiento final entre el Powerloader y la reina madre de “Aliens” (1986), pero, curiosamente, lo reinterpreta presentando al alienígena como el héroe y a la equivalente de Ripley a los mandos de la enorme cargadora, como la villana.

 

Esto funciona relativamente bien, pero no puedo decir lo mismo de la sintética Thia. Es difícil imaginarla como un personaje al nivel de Ash, encarnado por Ian Holm en “Alien” (1979), o David, interpretado por Michael Fassbender en “Prometheus” (2012) y “Alien: Covenant” (2017). Trachtenberg presenta a sus coprotagonistas como una extraña pareja: el Depredador, taciturno y ferozmente independiente, y la ginoide alegre, curiosa y parlanchina que dispara información a cada oportunidad que se le presenta. Esto se asemeja más a la relación entre el héroe sombrío y el niño irritante que vemos en películas como “Valor de Ley” (2010) o “Bookworm: El Misterio de la Pantera” (2024), o incluso al anciano y el niño de “Up” (2009). Y, si encima añades al adorable Bichito, toda la situación empieza a deslizarse hacia el cliché manido.

 

También es cierto que “Badlands” no se apoya en esa dinámica tanto como cabría esperar. A partir de la reunión de los tres parias a los que el destino ha hecho compañeros de viaje, se producen algunos giros argumentales y la historia pasa a centrarse más en la malvada corporación y sus planes. Conocemos entonces a Tessa, la “gemela” sintética de Thia, quien desde el principio se presenta como la versión malvada de ésta, ya que aparece físicamente deteriorada (un daño en su rostro que, por alguna razón, no corrigen en la base cuando la recomponen) y con una mentalidad despiadada y absolutamente volcada en su misión. Este contraste con la parlanchina, extrovertida y compasiva Thia, es inexplicable. ¿Cómo es posible que Tessa sea tan fría y despiadada cuando se explica que ambas fueron diseñadas para la empatía? Da la sensación de que la película cae en los clichés de la gemela buena y la gemela mala. Como punto a favor, ambos papeles permiten a Elle Fanning demostrar una gran versatilidad en su interpretación.

 

Gran parte de la película recurre con demasiada facilidad a los más sobados clichés: la extraña pareja que debe sobrevivir en una naturaleza hostil, el gemelo luminoso y el oscuro enfrentados, la apropiación de la cultura guerrera klingon... Esto hizo que “Predator: Badlands” quedara lejos de ser el clásico que se le atribuyó de inmediato. Lo que sí es es una versión ligeramente más al estilo Disney (de hecho, la produjo ese estudio indirectamente a través de su filial 20th Century Studios) que las demás películas de la saga. Metafóricamente, explora un viaje del héroe muy tradicional en contraposición al esperado conflicto entre depredador y presa. Además, tiene clasificación PG-13, algo inédito en la franquicia. Y eso porque no aparecen humanos, ya que la película es tremendamente sangrienta. La diferencia es que la sangre es blanca (la de los sintéticos) y verde (la de los yautja), en lugar de roja. Abundando en el espíritu Disney, Dek y Thia recogen por el camino al adorable Bichito (el cual, a diferencia de otras incorporaciones tipo "Baby Yoda" en las películas de Disney, sí que desempeña un papel crucial en la trama). Que esta nueva perspectiva enriquezca la saga en lugar de traicionarla, es cuestión de gustos y sensibilidades de cada espectador.

 

Todo lo cual no implica que la aventura que corren los protagonistas carezca de emoción y dinamismo. En su búsqueda del Karisk, Dek y Thia recorren Genna encontrándose con todo tipo de criaturas salvajes y letales. Nunca se sabe qué nueva amenaza se les echará encima a continuación. Gracias a las películas precedentes, tenemos una idea de lo que pueden hacer un yautja y un sintético, pero ¿qué hay del resto de las peligrosísimas criaturas de ese planeta al que incluso los Depredadores evitan?

 

Si nunca se ha visto una película de Depredador, “Badlands” funciona simplemente como una entretenida aventura de ciencia ficción. Para los fans, en cambio, la opinión puede estar dividida. Habrá quien halle gratificante descubrir cómo son estas criaturas adoptando su perspectiva y sintiendo empatía hacia ellas. Trachtenberg ha encontrado una vez más la manera de darle un giro a la franquicia, manteniendo intacto mucho de lo que la caracteriza y, al mismo tiempo, añadiendo más información sobre la cultura de los depredadores y cambiando el foco del conflicto.

 

Pero no todo el mundo encuentra satisfactoria esta propuesta. Es el gran dilema que siempre enfrentan estas longevas y a menudo moribundas franquicias: seguir ofreciendo una y otra vez variaciones del mismo material cada vez más gastado por el uso, o tratar de encontrar nuevos caminos a costa de desvirtuar la propuesta original. Así, para no pocos fans de la saga, “Badlands” humaniza demasiado a los Depredadores, cuando su atractivo residía, precisamente, en que eran monstruos implacables, despiadados, aterradores y misteriosos. Entender sus motivaciones y simpatizar con ellas le resta tensión a la historia. Por no hablar de la rotura del tradicional enfrentamiento de supervivencia entre un humano (o humanos) en una situación límite y un alienígena física y tecnológicamente superior. También se quejan esos aficionados de que ahondar en la cultura, sociedad o motivaciones de los Depredadores los desmitifica y les quita parte del carisma y misterio que desprendían en las primeras películas.

 

En resumen, “Predator: Badlands” no se parece a ninguna película anterior de Depredador, para bien y para mal. Dicho esto, e independientemente de si se comparte o no el enfoque del director, es una propuesta entretenida y técnicamente bien resuelta, pero no memorable y sí predecible en cuanto a conceptos, ideas, personajes y desarrollo y resolución de la trama. Con todo, supera a muchas películas recientes de, por ejemplo, Marvel o DC, y no recurre tanto a la nostalgia como “Alien: Romulus” (2024).

 


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