Durante la década de 1990, la frontera entre el cine y la televisión de culto se difuminó drásticamente debido a la dispersión de las plataformas multimedia (vídeo, televisión por cable, DVD, Internet). El término "culto" dejó de estar confinado a las salas de cine de sesión golfa para empezar a aplicarse también a la ficción televisiva. "Expediente X" obtuvo plenamente esa categorización al crear un estilo estético y conceptual muy particular que enfatizaba deliberadamente la sensación de ausencia, de vacío, utilizando con maestría los escenarios oscuros y sombríos, el uso expresivo de la penumbra y el contraste de luces brillantes para oscurecer en lugar de revelar, sintonizando a la perfección con la propia metanarrativa de una serie que trataba sobre secretos, engaños y ocultamiento.
Tradicionalmente, las películas de culto obtenían ese estatus a través
de
grupos de aficionados que se definían a sí mismos en oposición a la cultura
comercial mayoritaria. En los años 90, parte de la televisión replicó esta
dinámica de rebeldía contracultural, pero incorporando y adaptando elementos de
la cultura popular mainstream. Esto no implicó una disolución total de la
televisión convencional –siguió existiendo la diferenciación entre géneros,
narrativas y formatos comerciales-, pero demostró que, para comprender el auge
de las series de ciencia ficción en los 90 y su posterior consolidación en el
nuevo milenio, el estatus de "culto" debía ya entenderse,
fundamentalmente, a través de sus dinámicas de consumo y la apropiación por
parte de la audiencia. Ciertas series, como “Expediente X” adoptaron las propiedades
estéticas y narrativas del cine de culto para erigirse rápidamente en fenómenos
de masas fomentados y apoyados por comunidades de fans completamente
entregados.
La naturaleza siniestra y conspirativa de la invasión alienígena
remite a películas clásicas com
o "La Invasión de los Ladrones deCuerpos", mientras que el “Cáncer Negro” recuerda a otras películas “víricas”
en la línea de "La Amenaza de Andrómeda" (1971). Muchos comentaristas
encontraron paralelismos entre Scully y otra agente del FBI, Clarice Starling
(Jodie Foster), en "El Silencio de los Corderos" (1991), mientras que
el concepto de alienígenas gestándose dentro de huéspedes humanos condenados a
morir cuando aquéllos emerjan, evoca las horribles imágenes de la saga de
películas de “Alien”, que cuenta con otra fuerte protagonista femenina en
Ripley, interpretada por Sigourney Weaver.
Algunos episodios hacían claras y extensas referencias a antiguas
películas. En "Lunes", el mismo día se revive una y otra vez, al
estilo de "Atrapado en el Tiempo" (1993), mientras que
"Triángulo" se inspira abiertamente en "El Mago de Oz"
(1939). De manera similar, "El Prometeo Posmoderno", rodado en blanco
y negro, imita a modo de pastiche posmoderno a "Frankenstein" (1931).
Otras alusiones cinematográficas fueron más sutiles o fugaces, como el
conflicto de te
stimonios en el episodio cómico de vampiros "Mala
Sangre", que evoca el clásico de Akira Kurosawa "Rashomon"
(1950); una escena de "Dreamland" imita la hilarante escena del
espejo de "Sopa de Ganso" (1933) de los Hermanos Marx, o cuando
descubrimos que José Chung es el autor de "El Candidato Caligari", un
thriller sobre control mental cuyo título lo vincula con "El Mensajero del
Miedo" ("The Manchurian Candidate"), con un toque de "El
Gabinete del Doctor Caligari" (1920).
Estos episodios le dieron a "Expediente X" un aire
posmoderno y algo extravagante, pero la oscuridad intrínseca de su enfoque nunca
quedó en entredicho. En el contexto de la opulencia de la sociedad
estadounidense de los años 90, el tono paranoico de la serie podría resultar
sorprendente. Sin embargo, esta insistente visión de que cualquier cosa
diferent
e (extraterrestres, extranjeros, vampiros, lunáticos o, simplemente,
blancos pobres del Sur -a menudo retratados como siniestros paletos-), puede
ser comprensible. Como ya apunté anteriormente, por un lado, aquel periodo hizo
ricos a muchos estadounidenses, algunos ya eran gente acaudalada, otros
ascendieron de clase media a alta. Pero en cualquier caso la acumulación de
activos les proporcionó más poder que nunca. Por otro lado, este aumento en la
riqueza de parte de la ciudadanía conllevó una brecha cada vez mayor con las
masas empobrecidas no sólo del país, sino también del extranjero. Como
resultado, los estadounidenses más ricos tenían buenos motivos para sentirse
incómodos con su nueva prosperidad, dado que ésta había sido obtenida a expensas
de los trabajadores pobres de todo el mundo; y, no menos inquietante, porque era
lógico esperar que esos desfavorecidos acabaran resintiéndose y pasando a la
acción. Así, cuanto más ricos se volvían los estadounidenses, más amenazados y
asediados se sentían, y la paranoia de "Expediente X" respondía
perfectamente a esta mentalidad.
Una vez terminó la serie, Gareth Wigmore, de la revista “TV Zone” se
preguntaba asombrado: “¿En qué estábamos
pensando todos? Mirando hacia atrás, es difícil pensar en el éxito fenomenal de
"Expediente X" como
otra cosa que no sea un ejemplo de extraordinario
delirio popular y locura de las masas. ¿Gillian Anderson un símbolo sexual?
¿David Duchovny una estrella de cine? ¿Tramas mediocres e insatisfactorias y un
énfasis en el estilo sobre la sustancia?" Fue una evaluación
sorprendente de un programa a menudo elogiado como innovador y que pasó
inmediatamente al mainstream: “Saturday Night Live” la parodió y "Los
Simpson" hicieron lo propio en "The Springfield Files", con
Duchovny y Anderson prestando sus voces.
Antes de emitir su último episodio, el 19 de mayo de 2002, "Expediente
X" ganó 141 premi
os de 24
organizaciones diferentes, incluyendo dieciséis Emmys, tres Globos de Oro y un
premio Peabody. Con esas nueve temporadas, conquistó el corazón de una nación y
se convirtió en un referente de la cultura pop, generando innumerables
proyectos y productos derivados, incluyendo dos largometrajes, múltiples
novelizaciones, guías oficiales y no oficiales, una revista oficial, una
colección de cómics, tazas, chaquetas, gorras y no una ni dos, sino tres bandas
sonoras. En el momento de su finalización, "Expediente X" era la
serie de ciencia ficción de mayor duración jamás emitida en la televisión
estadounidense y la trigésimo séptima mejor de todos los tiempos, según “TV
Guide”. Desde entonces, diferentes críticos y medios la han situado en listas
de las mejores o más influyentes series de todos los tiempos.
Su éxito también propició el surgimiento de otras series con el mismo
tono y estilo, como “Dark Skies”, “Psi-Factor: Crónicas de lo Paranormal”, “Strange
World” u otra creación de Carter, “Millenium”. Novelistas de prestigio como
William Gibson
o Stephen King escribieron guiones para la serie y la cantante
Cher admitió ser una gran seguidora.
En todo esto tuvo mucho que ver que la serie naciera y evolucionara al compás de la primigenia internet convirtiéndose en una de las primeras en beneficiarse de ese nuevo recurso. Aparecieron cientos de sitios web creados por fans y los foros de Usenet (como alt.tv.x-files) transformaron al espectador pasivo en un participante activo que analizaba, compartía y discutía cada fotograma. Las narrativas conspirativas de la serie creaban mitos compartidos por unos pocos, y las redes de personas que se alimentaban de desinformación y medias verdades se sentían únicas y especiales en una incipiente era multimedia donde la “información” y la “verdad” empezaban a estar amplia y libremente disponibles. Fue en este contexto digital, por ejemplo, donde nació el término “shipper” (de relationship), acuñado originalmente por los fans que deseaban una relación romántica entre Mulder y Scully, un concepto que hoy domina el consumo de cualquier serie de televisión.
Más allá de su tr
ama, “Expediente X” funcionó como la mayor incubadora
de talento de la televisión moderna. En su equipo de guionistas y productores
se formaron figuras como Vince Gilligan (quien posteriormente crearía “Breaking
Bad” y “Better Call Saul”), Howard Gordon y Alex Gansa (creadores de “24” y
“Homeland”), y Frank Spotnitz (“El Hombre en el Castillo”). La televisión del
siglo XXI no se puede entender sin las lecciones de ritmo, estructura y
ambición visual que este equipo ensayó en los lluviosos bosques de Vancouver.
Disgustado con el gobierno, desconfiado ante el creciente
fundamentalismo religioso que impregnaba su nación y convencido más que nunca
de que existen muchas
más cosas de las que creemos, el público estadounidense
estaba preparado para un programa que reflejara esa sensación de incomodidad,
que les hiciera reevaluar sus sistemas de creencias bajo una nueva perspectiva
y que reuniera en un mismo escenario temas hasta entonces aislados. Chris
Carter supo percibir ese zeitgeist y lo remodeló en forma de thriller de CF. En
un comentario revelador, el propio creador de “Expediente X” afirmó: “El espíritu original del programa se ha
convertido en una especie de espíritu del país, si no del mundo”. Y tenía
razón.
Por supuesto, si consideramos el espíritu de la época y las influencias que impulsaron a Carter, no podemos ignorar la fascinante y a menudo inquietante antología de no ficción “Cultura del Apocalipsis”, escrita por Adam Parfrey y publicada originalmente en 1987. De hecho, el propio Carter la ha citado con frecuencia no solo como una de las principales influencias formativas de Expediente X, sino también como uno de los libros más importantes de la historia.
Para e
ntender el alcance de esta afirmación, es necesario sumergirse
en lo que el libro de Parfrey representó: una auténtica radiografía de las
alcantarillas culturales, psíquicas y políticas de los Estados Unidos a finales
del siglo XX. “Cultura del Apocalipsis” no era un análisis académico
convencional, sino un compendio de ensayos, manifiestos y entrevistas que daban
voz a todo aquello que la sociedad bienpensante consideraba marginal, demente o
peligroso. Entre sus páginas se mezclaban desde teorías de conspiraciones
planetarias y obsesiones con el control mental, hasta sectas apocalípticas, cirugías
estéticas extremas, teóricos de la conspiración ufológica y las primeras
manifestaciones de la paranoia tecnológica.
Para Chris Carter, este libro funcionó como la piedra Rosetta del
malestar contemporáneo. Mientras el discurso oficial de los años 90 celebraba
el triunfo del capitalismo tras el fin de la Guerra Fría, Parfrey demostraba
que en el subsuelo de la psique estado
unidense latía un pánico sordo hacia el
inminente cambio de milenio. De allí extrajo el productor la atmósfera
claustrofóbica de la serie y, más importante aún, la noción de que las
subculturas de la paranoia no debían ser tratadas como simples chistes, sino como
síntomas reales de una ciudadanía profundamente alienada y traumatizada por sus
instituciones. En “Expediente X”, Carter validó la tesis principal de esa obra,
a saber, que para encontrar la verdad de una época, a veces no hay que mirar a los
informativos oficiales, sino los márgenes sociales en los que la realidad y la
locura empiezan a confundirse.
En una entrevista de 1996, Carter lo explicó así: "Creo que tiene mucho que ver con el clima político global, la falta de un enemigo claro y cierta dosis de ingenuidad. Pero también creo que tiene que ver con dar saltos cuánticos. No sabemos comprender del todo esas cosas, y nos da la sensación de que, de hecho, puede que no tengamos el control".
Y lo
más aterrador de todo es que, un cuarto de siglo después de que “Expediente
X” finalizara su andadura en televisión, todo lo anterior no sólo sigue siendo
válido, sino que ha crecido de forma exponencial. Cuando Parfrey presentó
“Cultura del Apocalipsis”, recopilar todas esas teorías requería un esfuerzo
casi de antropólogo: buscar fanzines fotocopiados, contactar con sectas por
correo postal o rebuscar en los rincones más oscuros de los foros primigenios
de Internet. En “Expediente X”, personajes marginales como "Los pistoleros
solitarios" tenían que imprimir físicamente su propio pasquín para
difundir sus sospechas.
Hoy, un cuarto de siglo después, la paranoia se sirve a domicilio y a
gran escala. No hace falta buscar la madriguera de conejo; los algoritmos de
las redes sociales están diseñados para empujarte a ella. Las dinámicas de
desinformación, las cámaras de eco y las teorías de la conspiración globales
(desde QAnon has
ta las corrientes terraplanistas o los movimientos antivacunas
más extremos) ya no son el reducto de cuatro "bichos raros" en un
sótano de Washington; son fenómenos de masas capaces de movilizar elecciones,
polarizar naciones enteras y alterar la salud pública global.
El gran motor dramático de “Expediente X” era la búsqueda de una
verdad oculta por el Gobierno. Había un pacto implícito en la serie: la verdad
existía, pero estaba secuestrada por unos pocos elegidos en trajes oscuros. El
escenario actual es mucho más complejo y desalentador. No es que el poder
oculte la verdad; es que ha diluido la noción misma de verdad en un océano de
ruido, "hechos alternativos" y deepfakes. La desconfianza
institucional que Mulder abanderaba tras el Watergate se ha radicalizado hasta
convertirse en un ni
hilismo epistémico: ya no se cree en la ciencia, ni en el
periodismo, ni en los datos y hechos más básicos. El lema "No confíes en
nadie" ya no es una advertencia de supervivencia ante un complot; es el
estado mental por defecto de gran parte de la sociedad.
Si los espectadores de los años 90 temblaban ante los transgénicos, la
oveja Dolly o el VIH, hoy esos temores biológicos y tecnológicos no solo siguen
vigentes, sino qu
e han alcanzado cotas de ciencia ficción dura. La ingeniería
genética CRISPR, el debate ético sobre los implantes neuronales, la vigilancia
masiva a través del reconocimiento facial y los teléfonos móviles, o el pánico
existencial ante el desarrollo descontrolado de la Inteligencia Artificial son
la evolución directa de los monstruos mecánicos y biológicos de Carter.
El verdadero terror radica en comprobar que “Expediente X” no ha resultado ser un mero producto de entretenimiento, sino un manual de instrucciones profético. Nos advirtió de que, cuando la sociedad pierde sus guías y figuras de confianza, la mente humana prefiere abrazar una conspiración terrorífica pero ordenada antes que aceptar el vacío de un mundo caótico.
En esencia, "Expediente X" fue una serie que buscaba
significado en el mundo que nos rode
a. Ya fuera que aquél implicara la
existencia de extraterrestres o la de Dios, seguía siendo una búsqueda de
orden, una investigación para comprender cómo funciona y se relaciona todo. Al
salirse de lo convencional, al mostrarnos esa búsqueda a través de los ojos de
dos personajes fundamentalmente diferentes, "Expediente X" brindó a
los espectadores la oportunidad de examinar sus propios miedos, su propia
búsqueda de significado, y de intentar darle sentido a todo, tal como se
esforzaban por conseguir Scully y Mulder.
La estructura de la serie, la selección de actores, la mezcla y fusión de distintos géneros… todo esto influyó en su éxito. En conjunto, esos aciertos dieron como resultado una obra que animó a su público a reflexionar al tiempo que despertaba su imaginación. Y es por eso, sobre todo, que "Expediente X" se labró un lugar especial en nuestra cultura y sigue siendo tan querida hoy como el día en que se emitió su último episodio. En palabras del propio Chris Carter: "Lo único que puedo hacer es hablar de mi propia paranoia, lo cual es genial. Así que, si mi paranoia ha inspirado más paranoia, creo que soy un hombre feliz". ¿Qué más se puede decir?

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