Alex Garland es uno de los nombres clave en la CF cinematográfica del último cuarto de siglo. Empezó su carrera como novelista en la década de 1990, logrando un éxito de ventas con “La Playa” (1996), obra que él mismo adaptó a la pantalla en la película homónima dirigida por Danny Boyle en el año 2000. Posteriormente, ambos volvieron a colaborar en “28 Días Después” (2002), film que inició el resurgimiento del género zombi en la década siguiente. Esto llevó a Garland a emprender una nueva trayectoria como guionista, escribiendo los libretos de otras colaboraciones con Danny Boyle, como “Sunshine” (2007), “28 Años Después” (2025) y “28 Años Después: El Templo de los Huesos” (2026), así como para otras cintas como “Nunca me Abandones” (2010) y “Dredd” (2012). Debutó como director con la excelente película sobre inteligencia artificial “Ex Machina” (2015), a la que siguieron “Aniquilación” (2018), la muy interesante miniserie televisiva “Devs” (2020) y la película “Men” (2022), que combina el terror con la política de género.
(ATENCIÓN:
SPOILERS). Aunque no se explicita en ningún momento el marco temporal en el que
se desarrolla la acción, a juzgar por la tecnología que se muestra, podemos
suponer que se sitúa en un futuro muy próximo o incluso en una versión
alternativa del año 2024. Lee Smith (Kirsten Dunst) es una reconocida fotógrafa
de guerra que cubre para la agencia Reuters el colapso de un Estados Unidos
sumido en una guerra civil. El presidente de la nación (Nick Offerman), en su
tercer mandato, insiste en una aparición televisiva en que está a punto de
derrotar a las “Fuerzas Occidentales” (WF), un alzamiento secesionista liderado
por Texas y California. También afirma que falta poco para aplastar a la “Alianza
de Florida”, otro movimiento separatista. Sin embargo, no tarda en evidenciarse
que las WF han ido ganando mucho terreno y, de hecho, se espera que la Casa
Blanca y su “ejército lealista” caigan muy pronto.
Mientras L
ee,
junto a su colega Joel (Wagner Moura), fotografía un enfrentamiento en Nueva
York entre el ejército y los ciudadanos a cuenta de la distribución de agua
potable, salva de morir en un atentado suicida a una joven fotógrafa aficionada
llamada Jessie (Cailee Spaeny). Esa misma noche, la muchacha busca a Lee en el
hotel en el que se aloja para expresarle su admiración y su intención de ser
también fotógrafa de guerra. A la mañana siguiente, Lee ha convencido a Joel
para que permita a Jessie acompañarlos en una peligrosa expedición a Washington
D. C.
Lee y Joel
planean entrevistar y fotografiar al presidente antes de qu
e sea ejecutado por
las WF. La misión es especialmente peligrosa porque el ejército lealista -a
diferencia de las WF- es hostil hacia todos los periodistas y, según se dice,
les dispara en cuanto los ve. Lee y Joel también han acordado llevar en el
coche a su colega Sammy (Stephen McKinley Henderson) hasta Charlottesville,
donde se encuentra el frente de combate.
El grupo emprende
este peligroso viaje por carretera, en el curso del cual son testigos de un
país asolado por la violencia y la anarquía. Al principio, Jessie se siente
conmo
cionada por lo que ve y es incapaz de tomar fotografías. Lee la reprende
por ser demasiado blanda y por cuestionar la moralidad de la violencia: “Una vez que empiezas a hacerte esas
preguntas, no puedes parar. Así que no preguntamos. Nosotros documentamos para
que otros puedan hacerse esas preguntas”.
Los soldados
de las WF parecen mostrarse algo más receptivos con la prensa. Sin embargo, en
un momento dado, los protagonistas son capturados por una milicia secesionista
desconocida que está enterrando cadáveres en una fosa común. El líder de esos
criminal
es (Jesse Plemons) exige saber de dónde es cada uno de los periodistas.
Declara que Missouri y Colorado representan la verdadera América, pero mata a
dos de los chinos por no ser estadounidenses. A punto está de asesinar a Joel
por ser de Florida cuando Sammy salva al grupo embistiendo con el coche a los milicianos.
Logran escapar, pero el anciano recibe un disparo y muere antes de que lleguen
a una base de las WF en Charlottesville. Allí, Lee y Joel se enteran de que el
ejército secesionista ya ha avanzado sobre Washington D.C. y que las tropas
gubernamentales, a excepción de unos cuantos incondicionales y el Servicio
Secreto, prácticamente se han rendido.
Así que,
temiendo llegar demasiado tarde para conseguir la buscada entrevista con el
presidente, Lee, Joel y Jessie siguen de cerca a los soldados de las WF
mientras atraviesan la capital y atacan la fortificada Casa Blanca, con la
esperanza de captar una imagen y obtener unas declaraciones finales del
político. Por primera vez, Lee parece perder la calma en pleno combate, incapaz
ya de soportar tanto caos y violencia. Jessie, en cambio, mantiene la cabeza
fría y toma numerosas fotografías arriesgando continuamente la vida.
La limusina
presidencial huye de la Casa Blanca, pero Lee sospecha acertadamente que se
trata de una maniobra de distracción. El trío entra en la ya casi abandonada
Casa Blanca precediendo a un pelotón de las WF. Una agente del Servicio Secreto
intenta negociar una salida segura del país para el presidente, pero la abaten
sin miramientos. Durante el intenso tiroteo con los últimos resistentes, Jessie
se expone en un pasillo para tomar una instantánea y Lee, que ve a un hombre
armado a punto de dispararla, la empuja al suelo, recibiendo la bala mortal en
su lugar. Al final, Jessie hace exactamente lo que Lee le había enseñado: dejar
de lado toda emoción y limitarse a fotografiar lo que está sucediendo. No
intenta salvarla, pero sí documenta su muerte.
Joel y
Jessie dejan el cuerpo sin vida de Lee en el suelo y siguen a los soldados de
las WF hasta el Despacho Oval, donde finalmente acorralan al presidente. Están
a punto de matarlo cuando Joel les grita que se detengan. “Esperad. Necesito unas declaraciones”. “Por favor, no dejes que me maten”, le suplica el presidente. Joel
responde: “Sí. Con eso basta”. Una
vez obtenida la frase, retrocede y permite que los soldados lo maten. Jessie
fotografía su asesinato y, acto seguido, retrata a los soldados posando
satisfechos junto al cadáver, imagen que cierra la película.
“Civil War”
aborda las enormes divisiones políticas que han fracturado la sociedad
estadounidense en los últimos años: por un lado, la llamada “América profunda”
y el conservadurismo partidario de Trump; por el otro, los sectores liberales
de las costas este y oeste y los defensores de las políticas “woke”. Son
brechas que parecen ensancharse cada vez más, mientras ambos bandos
intensifican su retórica hostil contra el opositor sin apenas escuchar lo que
se dice, todo ello alimentado en gran medida por las redes sociales y sus
algoritmos, que premian aquello que genera mayor indignación. Al observar la
situación desde fuera, a veces da la impresión de que existen casi dos Estados
Unidos, cada uno dividido a su vez en dos naciones políticas enfrentadas entre
sí. De hecho, en los últimos años, algunos políticos han planteado seriamente la
idea de que Texas se separe del resto del país.
“Civil War”
recoge y maximiza esa división al tiempo que logra mantenerse apolítica y por
encima del conflicto. La película presenta a un presidente con ínfulas
dictatoriales que ha suspendido las libertades civiles y se ha aferrado al
poder para un tercer mandato, aunque los detalles concretos nunca llegan a
explicarse. Si bien la trama se sitúa, como he dicho, en un futuro próximo o un
presente alternativo, el único elemento de ciencia ficción es, precisamente, el
propio contexto político planteado. Nunca llegamos a saber cuáles son exactamente las dinámicas
políticas de este futuro distópico, ni cómo parte del ejército de los Estados
Unidos se volvió contra su propio gobierno.
“Civil War”
fue objeto de críticas por mostrar a periodistas “empotrados” en las filas de
las secesionistas WF y por presentar a los rebeldes derrotando a
l ejército
estadounidense, como si la película pretendiera ser una reescritura de la
verdadera Guerra Civil norteamericana en un universo alternativo. Sin embargo,
Alex Garland es británico, nunca ha mostrado interés alguno en ver resurgir a
la Confederación y se esfuerza por señalar que la política de nuestro mundo no
es necesariamente la de la película. Al fin y al cabo, que Texas y California
se sitúen en el mismo bando es tan probable como que McDonald´s sea declarado campeón
nutricional, además de que otros estados del Sur se negaron a unirse a la
alianza rebelde.
Así, lo que
algunos han interpretado erróneamente como simpatía de los protagonistas hacia
las fuerzas rebeldes, es en realidad pragmatismo: acuden allí donde está la
noticia y, en este caso, las fuerzas lealistas se muestran más hostiles hacia
la prensa que los secesionistas; y, si bien las Fuerzas Occidentales se
muestran más dispuestas a permitir que los reporteros les acompañen, sus
atrocidades son solo ligeramente menos espantosas que las que cometen las
fuerzas gubernamentales sin ya control alguno.
Garland
parece sugerir que la división estadounidense va más allá de la dicotomía
izquierda-derecha; se trata de violencia frente a no violencia, compromiso
frente a indiferencia, delirio frente a realidad. En otras palabras: no conviene
caer en la trampa de las dicotomías, una idea que el director integra en la
estructura narrativa del film, lineal y episódica. Su Estados Unidos ficticio
(quién sabe si el que veremos en el futuro) no se ha dividido en dos mitades
que puedan volver a unirse fácilmente. Está hecho añicos, fragmentado y disperso.
No hay un final feliz ni un posible alivio en la idea de que la situación
mejorará tras la caída de Washington.
La obstinada
negativa de Garland a decantarse por cualquiera de los actuales discursos
políticos, puede frustrar a t
antos como aliviar a otros. Personalmente, me
incluyo en este segundo grupo; agradezco que el guionista-director no tenga
interés en decirnos qué pensar ni cómo hacerlo. Considero fundamental para
nuestro bienestar mental como seres racionales y lógicos resistir la tentación
de dejar que emociones como el cansancio o el hastío dicten nuestra reacción
ante algo tan perturbador como la actual fractura sociocultural estadounidense.
Aquí es donde las provocaciones de Garland abandonan la obviedad machacona para
optar por la sutileza; y que no quepa duda: “Civil War” es, en efecto, una
provocación.
El mensaje de
Garland es sencillo: la violencia es una atrocidad que nos empuja a adoptar
mentalidades de bárbaros. Esta idea se ve reforzada por la emoción visceral que
sentimos al ver las intensas secuencias de combate urbano (un tiroteo inicial
al ritmo de un clásico de De La Soul resulta especialmente absorbente; el
clímax del tercer acto está a la altura de “La Chaqueta Metálica” o “Salvar al
Soldado Ryan” y puede contarse entre las mejores secuencias de acción de los
últimos tiempos). Solo a posteriori cuestionamos nuestra reacción ante la
violencia en pantalla, lo cual puede servir también como metáfora de la violencia
en la vida real.
La película
es, en esencia, una “road movie” ambientada en unos Estados Unidos en pleno colapso
social. Parte del impacto visual de la cinta reside en contemplar la
iconografía familiar del paisaje estadounidense reducida a ruinas y caos:
túneles de lavado donde unas milicias cuelgan y torturan a supuestos
saqueadores; el esqueleto de un helicóptero derribado en el aparcamiento desierto
de un centro comercial; un parque infantil navideño entre cuyas derruidas
atracciones libran una batalla francotiradores; carreteras sin tráfico;
extrañas burbujas que parecen aisladas de los acontecimientos externos; y una
guerra abierta en las calles de Washington D.C., que incluye la voladura del
Monumento a Lincoln y un tiroteo por los pasillos de la Casa Blanca.
Está claro
que para el guionista y director, el mensaje político no es tan importante como
invitar al espectador a reflexionar sobre los complejos dilemas éticos que
aparecen en tiempos de guerra y la importancia del periodismo y el registro
documental. Y es que, aunque la interpretación más habitual de “Civil War” sea la
de mirada a una nación, antaño considerada la más poderosa d
el mundo, sumida en
el caos social y la desintegración, también puede verse como la representación
del trabajo de los reporteros de guerra con el decorado de fondo de unos
Estados Unidos en ruinas. En este aspecto, Alex Garland logra un resultado
sobresaliente. Toda la película se sostiene en un cuarteto de personajes
magníficamente definidos: Lee como la fotógrafa veterana y hastiada; Wagner
Moura, como su colega, también cansado del mundo, pero con un carácter más
afable y todavía adicto a la adrenalina; Sammy es el periodista sensato y
maduro que advierte constantemente sobre los peligros que les acechan; y la
joven y prometedora Cailee Spaeny es la novata entusiasta que aprende sobre la
marcha.
Por lo
general, los periodistas arrastran mala fama. A veces es justificada. En esa
profesión existen quienes siempre están dispuestos a sesgar una noticia para
que encaje con sus propios prejuicios o los de sus empleadores; y hay ciertos
medios cuyo modelo de negocio consiste enteramente en presentar propaganda como
si fueran noticias reales. Sin embargo, con mucha frecuencia, se critica a los
periodistas precisamente por lo contrario: atreverse a relatar los hechos con
la mayor honestidad posible y desafiar la narrativa que los poderosos pretenden
imponer. Es cierto que tienen sus propias manías, que cometen errores y que, en
ocasiones, su afán por conseguir una noticia los lleva a terrenos moralmente
ambiguos; al fin y al cabo, son humanos. Pero los mejores de ellos saben que
sirven a un propósito superior: transmitir la verdad a quienes necesitan
conocerla.
El padre de
Alex Garland trabajaba como caricaturista en un periód
ico, y “Civil War” tiene
la impronta de alguien que, desde muy joven, ha estado bebiendo de la cultura de
las redacciones periodísticas. Aunque el decorado sea marcadamente
estadounidense, la trama en su conjunto evoca guerras civiles libradas en otras
partes del mundo. Lee, Joel y Sammy han cubierto conflictos en el extranjero;
sus interacciones, regadas con alcohol mientras se refugian en un hotel de
Nueva York, sugieren que han vivido situaciones idénticas en incontables alojamientos
de otros países. Pero ahora la guerra ha llegado a casa: aunque el contexto sea
distinto, la brutalidad y el terror permanecen inalterables.
Desde las
escenas iniciales, en las que Lee Miller protege a Jesse arrastrándola tras un
todoterreno mientras un terrorista suicida se inmola entre la multitud, la
película empuja al espectador en medio de la acción y transmite una sensación
de crudo realismo. Da la impresión de que Garland habló con auténticos
fotógrafos y reporteros de guerra y estudió su forma de trabajar, pensar y
sentir. Detalles cotidianos, como verlos moverse por zonas de fuego cruzado,
coordinarse con los soldados, realizar maniobras a menudo extremadamente
arriesgadas o mostrar una suerte de indiferencia o incluso camaradería relajada
en mitad de situaciones que deberían ser espantosas, aportan un aire de gran
autenticidad. Por no mencionar que Garland rinde homenaje a Lee Miller, una pionera
del fotoperiodismo bélico, famosa sobre todo por una imagen en la que aparece
bañándose en la bañera de Hitler.
Los
protagonistas, testigos de la marea de violencia que arrasa el país, n
os
obligan a reflexionar sobre la naturaleza y auténtica meta del llamado
“periodismo objetivo”. Los cuatro han de enfrentarse al deterioro de la
integridad periodística mientras ejercen su misión de encarnar el “cuarto
poder”, esa entidad que actúa como contrapeso frente a la autoridad política.
¿Qué buscan realmente estos periodistas? ¿Una buena historia? ¿La verdad? Los
mueven intenciones nobles, sí, pero también el ego, la obsesión por capturar la
imagen definitiva y la adicción a la adrenalina que les hace sentir tanto miedo
como pasión por la vida.
En el
personaje de Miller subyace la sensación de que documentar una historia de
violencia extrema -especialmente en el contexto de una guerra civil en los
Estados Unidos modernos- podría ser un acto inútil, un grito absorbido por el
abismo. Ella ha pagado un precio muy alto para que las generaciones posteriores
cuenten con un registro gráfico de la tragedia. Todo en su actitud (su mirada,
sus frases, sus movimientos) nos dice que está muerta por dentro. Sin embargo,
la otra opción sería la que han elegido sus padres, quienes, según cuenta,
viven cómodamente atrincherados en Colorado, fingiendo que la guerra no existe.
La película
también cuenta con grandes interpretaciones. En muchos sentidos, el reparto
supone un reencuentro del elenco de la serie “Devs”, creada también por Garland,
incluyendo a Cailee Spaeny y Stephen McKinley Henderson, además de papeles secundarios
a cargo de Nick Offerman como el presidente, Sonoya Mizuno como periodista
británica, y Karl Glusman y Jin Ha como los francotiradores. La interpretación
de Kirsten Dunst, dando vida a un personaje cínico y curtido por lo que ha
visto y vivido a lo largo de su carrera, es tan magistral que casi hace olvidar
por completo que la actriz construyó su carrera encarnando el arquetipo de la
típica rubia guapa. Resulta imposible no mencionar a Jesse Plemons (esposo de
Dunst en la vida real), quien aparece sin figurar en los créditos interpretando
a un miliciano con el que se topan por el camino; su actuación resulta
aterradora precisamente por la naturalidad con la que aborda su papel de
asesino absolutamente insensible.
Resulta
demasiado simplista calificar “Civil War” como un alegato polémico, una
provocación política o una mera fábula admonitoria. La película plantea, en
realidad, una amplia gama de cuestiones sobre las que reflexionar y lo hace
mediante una construcción visual y narrativa apremiante, cruda e incisiva,
capaz de transmitir una sensación de inmediatez que sacude al espectador. Alex
Garland no pretende ofrecer respuestas fáciles ni reducir el conflicto a un
enfrentamiento entre buenos y malos; su propósito parece ser, más bien, mostrar
qué ocurre cuando la violencia deja de ser una posibilidad abstracta y se
convierte en una experiencia cotidiana.
En ese contexto, “Civil War” constituye también un amargo homenaje al periodismo. Los periodistas no son santos, pero tampoco enemigos del pueblo por formular preguntas incómodas ni merecen ser perseguidos simplemente por ejercer como testigos. Garland presenta su trabajo sin idealizaciones, pero también sin convertirlos en villanos: reconoce aquello que los impulsa a seguir adelante y, al mismo tiempo, muestra el precio personal que pagan por estar allí, documentando aquello que otros preferirían no ver. La cámara de los periodistas se convierte así en una forma de resistencia frente al intento de convertir la guerra en relato, propaganda o espectáculo.
Porque la guerra nunca ha sido “woke” ni “políticamente correcta”, nunca ha respetado las categorías morales cómodas con las que, desde la distancia, intentamos interpretarla. Cuando alguien sostiene que se han eliminado todos los límites y que, por tanto, cualquier cosa resulta admisible, la pregunta verdaderamente inquietante no es dónde termina esa supuesta libertad, sino qué atrocidades pueden producirse cuando desaparecen las restricciones que mantienen a raya la violencia.
Ahí reside buena parte de la fuerza de “Civil War”: en mostrar la guerra despojada de romanticismo, épica y justificaciones tranquilizadoras. Garland la contempla con una mirada tan fría como perturbadora, próxima a la de esos periodistas que atraviesan el conflicto intentando registrar los hechos antes de que sean deformados por quienes los protagonizan. El resultado es una reflexión sobre la guerra, pero también sobre la violencia, la información, la polarización y nuestra capacidad para acostumbrarnos a lo intolerable.
Con “Civil War”, Alex Garland confirmó su condición de ser uno de los autores más incisivos y desafiantes del cine contemporáneo. En aquel momento llegó a anunciar que, probablemente, abandonaría la dirección para concentrarse en la escritura, una decisión que parecía especialmente significativa después de una película tan ambiciosa y personal. Sin embargo, su posterior regreso a la dirección, primero junto a Ray Mendoza en “Warfare” (2025) y, en un futuro, la adaptación del videojuego “Elden Ring”, demuestra que aquella despedida no fue definitiva. Quizá, más que una renuncia al cine, Garland necesitaba encontrar otra manera de relacionarse con él.

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