jueves, 1 de octubre de 2026

2024- CIVIL WAR - Alex Garland


Alex Garland es uno de los nombres clave en la CF cinematográfica del último cuarto de siglo. Empezó su carrera como novelista en la década de 1990, logrando un éxito de ventas con “La Playa” (1996), obra que él mismo adaptó a la pantalla en la película homónima dirigida por Danny Boyle en el año 2000. Posteriormente, ambos volvieron a colaborar en “28 Días Después” (2002), film que inició el resurgimiento del género zombi en la década siguiente. Esto llevó a Garland a emprender una nueva trayectoria como guionista, escribiendo los libretos de otras colaboraciones con Danny Boyle, como “Sunshine” (2007), “28 Años Después” (2025) y “28 Años Después: El Templo de los Huesos” (2026), así como para otras cintas como “Nunca me Abandones” (2010) y “Dredd” (2012). Debutó como director con la excelente película sobre inteligencia artificial “Ex Machina” (2015), a la que siguieron “Aniquilación” (2018), la muy interesante miniserie televisiva “Devs” (2020) y la película “Men” (2022), que combina el terror con la política de género.

 

(ATENCIÓN: SPOILERS). Aunque no se explicita en ningún momento el marco temporal en el que se desarrolla la acción, a juzgar por la tecnología que se muestra, podemos suponer que se sitúa en un futuro muy próximo o incluso en una versión alternativa del año 2024. Lee Smith (Kirsten Dunst) es una reconocida fotógrafa de guerra que cubre para la agencia Reuters el colapso de un Estados Unidos sumido en una guerra civil. El presidente de la nación (Nick Offerman), en su tercer mandato, insiste en una aparición televisiva en que está a punto de derrotar a las “Fuerzas Occidentales” (WF), un alzamiento secesionista liderado por Texas y California. También afirma que falta poco para aplastar a la “Alianza de Florida”, otro movimiento separatista. Sin embargo, no tarda en evidenciarse que las WF han ido ganando mucho terreno y, de hecho, se espera que la Casa Blanca y su “ejército lealista” caigan muy pronto.

 

Mientras Lee, junto a su colega Joel (Wagner Moura), fotografía un enfrentamiento en Nueva York entre el ejército y los ciudadanos a cuenta de la distribución de agua potable, salva de morir en un atentado suicida a una joven fotógrafa aficionada llamada Jessie (Cailee Spaeny). Esa misma noche, la muchacha busca a Lee en el hotel en el que se aloja para expresarle su admiración y su intención de ser también fotógrafa de guerra. A la mañana siguiente, Lee ha convencido a Joel para que permita a Jessie acompañarlos en una peligrosa expedición a Washington D. C.

 

Lee y Joel planean entrevistar y fotografiar al presidente antes de que sea ejecutado por las WF. La misión es especialmente peligrosa porque el ejército lealista -a diferencia de las WF- es hostil hacia todos los periodistas y, según se dice, les dispara en cuanto los ve. Lee y Joel también han acordado llevar en el coche a su colega Sammy (Stephen McKinley Henderson) hasta Charlottesville, donde se encuentra el frente de combate.

 

El grupo emprende este peligroso viaje por carretera, en el curso del cual son testigos de un país asolado por la violencia y la anarquía. Al principio, Jessie se siente conmocionada por lo que ve y es incapaz de tomar fotografías. Lee la reprende por ser demasiado blanda y por cuestionar la moralidad de la violencia: “Una vez que empiezas a hacerte esas preguntas, no puedes parar. Así que no preguntamos. Nosotros documentamos para que otros puedan hacerse esas preguntas”.

 

Los soldados de las WF parecen mostrarse algo más receptivos con la prensa. Sin embargo, en un momento dado, los protagonistas son capturados por una milicia secesionista desconocida que está enterrando cadáveres en una fosa común. El líder de esos criminales (Jesse Plemons) exige saber de dónde es cada uno de los periodistas. Declara que Missouri y Colorado representan la verdadera América, pero mata a dos de los chinos por no ser estadounidenses. A punto está de asesinar a Joel por ser de Florida cuando Sammy salva al grupo embistiendo con el coche a los milicianos. Logran escapar, pero el anciano recibe un disparo y muere antes de que lleguen a una base de las WF en Charlottesville. Allí, Lee y Joel se enteran de que el ejército secesionista ya ha avanzado sobre Washington D.C. y que las tropas gubernamentales, a excepción de unos cuantos incondicionales y el Servicio Secreto, prácticamente se han rendido.

 

Así que, temiendo llegar demasiado tarde para conseguir la buscada entrevista con el presidente, Lee, Joel y Jessie siguen de cerca a los soldados de las WF mientras atraviesan la capital y atacan la fortificada Casa Blanca, con la esperanza de captar una imagen y obtener unas declaraciones finales del político. Por primera vez, Lee parece perder la calma en pleno combate, incapaz ya de soportar tanto caos y violencia. Jessie, en cambio, mantiene la cabeza fría y toma numerosas fotografías arriesgando continuamente la vida.

 

La limusina presidencial huye de la Casa Blanca, pero Lee sospecha acertadamente que se trata de una maniobra de distracción. El trío entra en la ya casi abandonada Casa Blanca precediendo a un pelotón de las WF. Una agente del Servicio Secreto intenta negociar una salida segura del país para el presidente, pero la abaten sin miramientos. Durante el intenso tiroteo con los últimos resistentes, Jessie se expone en un pasillo para tomar una instantánea y Lee, que ve a un hombre armado a punto de dispararla, la empuja al suelo, recibiendo la bala mortal en su lugar. Al final, Jessie hace exactamente lo que Lee le había enseñado: dejar de lado toda emoción y limitarse a fotografiar lo que está sucediendo. No intenta salvarla, pero sí documenta su muerte.

 

Joel y Jessie dejan el cuerpo sin vida de Lee en el suelo y siguen a los soldados de las WF hasta el Despacho Oval, donde finalmente acorralan al presidente. Están a punto de matarlo cuando Joel les grita que se detengan. “Esperad. Necesito unas declaraciones”. “Por favor, no dejes que me maten”, le suplica el presidente. Joel responde: “Sí. Con eso basta”. Una vez obtenida la frase, retrocede y permite que los soldados lo maten. Jessie fotografía su asesinato y, acto seguido, retrata a los soldados posando satisfechos junto al cadáver, imagen que cierra la película.

 

“Civil War” aborda las enormes divisiones políticas que han fracturado la sociedad estadounidense en los últimos años: por un lado, la llamada “América profunda” y el conservadurismo partidario de Trump; por el otro, los sectores liberales de las costas este y oeste y los defensores de las políticas “woke”. Son brechas que parecen ensancharse cada vez más, mientras ambos bandos intensifican su retórica hostil contra el opositor sin apenas escuchar lo que se dice, todo ello alimentado en gran medida por las redes sociales y sus algoritmos, que premian aquello que genera mayor indignación. Al observar la situación desde fuera, a veces da la impresión de que existen casi dos Estados Unidos, cada uno dividido a su vez en dos naciones políticas enfrentadas entre sí. De hecho, en los últimos años, algunos políticos han planteado seriamente la idea de que Texas se separe del resto del país.

 

“Civil War” recoge y maximiza esa división al tiempo que logra mantenerse apolítica y por encima del conflicto. La película presenta a un presidente con ínfulas dictatoriales que ha suspendido las libertades civiles y se ha aferrado al poder para un tercer mandato, aunque los detalles concretos nunca llegan a explicarse. Si bien la trama se sitúa, como he dicho, en un futuro próximo o un presente alternativo, el único elemento de ciencia ficción es, precisamente, el propio contexto político planteado. Nunca llegamos a saber cuáles son exactamente las dinámicas políticas de este futuro distópico, ni cómo parte del ejército de los Estados Unidos se volvió contra su propio gobierno.

 

“Civil War” fue objeto de críticas por mostrar a periodistas “empotrados” en las filas de las secesionistas WF y por presentar a los rebeldes derrotando al ejército estadounidense, como si la película pretendiera ser una reescritura de la verdadera Guerra Civil norteamericana en un universo alternativo. Sin embargo, Alex Garland es británico, nunca ha mostrado interés alguno en ver resurgir a la Confederación y se esfuerza por señalar que la política de nuestro mundo no es necesariamente la de la película. Al fin y al cabo, que Texas y California se sitúen en el mismo bando es tan probable como que McDonald´s sea declarado campeón nutricional, además de que otros estados del Sur se negaron a unirse a la alianza rebelde.

 

Así, lo que algunos han interpretado erróneamente como simpatía de los protagonistas hacia las fuerzas rebeldes, es en realidad pragmatismo: acuden allí donde está la noticia y, en este caso, las fuerzas lealistas se muestran más hostiles hacia la prensa que los secesionistas; y, si bien las Fuerzas Occidentales se muestran más dispuestas a permitir que los reporteros les acompañen, sus atrocidades son solo ligeramente menos espantosas que las que cometen las fuerzas gubernamentales sin ya control alguno.

 

Garland parece sugerir que la división estadounidense va más allá de la dicotomía izquierda-derecha; se trata de violencia frente a no violencia, compromiso frente a indiferencia, delirio frente a realidad. En otras palabras: no conviene caer en la trampa de las dicotomías, una idea que el director integra en la estructura narrativa del film, lineal y episódica. Su Estados Unidos ficticio (quién sabe si el que veremos en el futuro) no se ha dividido en dos mitades que puedan volver a unirse fácilmente. Está hecho añicos, fragmentado y disperso. No hay un final feliz ni un posible alivio en la idea de que la situación mejorará tras la caída de Washington.

 

La obstinada negativa de Garland a decantarse por cualquiera de los actuales discursos políticos, puede frustrar a tantos como aliviar a otros. Personalmente, me incluyo en este segundo grupo; agradezco que el guionista-director no tenga interés en decirnos qué pensar ni cómo hacerlo. Considero fundamental para nuestro bienestar mental como seres racionales y lógicos resistir la tentación de dejar que emociones como el cansancio o el hastío dicten nuestra reacción ante algo tan perturbador como la actual fractura sociocultural estadounidense. Aquí es donde las provocaciones de Garland abandonan la obviedad machacona para optar por la sutileza; y que no quepa duda: “Civil War” es, en efecto, una provocación.

 

El mensaje de Garland es sencillo: la violencia es una atrocidad que nos empuja a adoptar mentalidades de bárbaros. Esta idea se ve reforzada por la emoción visceral que sentimos al ver las intensas secuencias de combate urbano (un tiroteo inicial al ritmo de un clásico de De La Soul resulta especialmente absorbente; el clímax del tercer acto está a la altura de “La Chaqueta Metálica” o “Salvar al Soldado Ryan” y puede contarse entre las mejores secuencias de acción de los últimos tiempos). Solo a posteriori cuestionamos nuestra reacción ante la violencia en pantalla, lo cual puede servir también como metáfora de la violencia en la vida real.

 

La película es, en esencia, una “road movie” ambientada en unos Estados Unidos en pleno colapso social. Parte del impacto visual de la cinta reside en contemplar la iconografía familiar del paisaje estadounidense reducida a ruinas y caos: túneles de lavado donde unas milicias cuelgan y torturan a supuestos saqueadores; el esqueleto de un helicóptero derribado en el aparcamiento desierto de un centro comercial; un parque infantil navideño entre cuyas derruidas atracciones libran una batalla francotiradores; carreteras sin tráfico; extrañas burbujas que parecen aisladas de los acontecimientos externos; y una guerra abierta en las calles de Washington D.C., que incluye la voladura del Monumento a Lincoln y un tiroteo por los pasillos de la Casa Blanca.

 

Está claro que para el guionista y director, el mensaje político no es tan importante como invitar al espectador a reflexionar sobre los complejos dilemas éticos que aparecen en tiempos de guerra y la importancia del periodismo y el registro documental. Y es que, aunque la interpretación más habitual de “Civil War” sea la de mirada a una nación, antaño considerada la más poderosa del mundo, sumida en el caos social y la desintegración, también puede verse como la representación del trabajo de los reporteros de guerra con el decorado de fondo de unos Estados Unidos en ruinas. En este aspecto, Alex Garland logra un resultado sobresaliente. Toda la película se sostiene en un cuarteto de personajes magníficamente definidos: Lee como la fotógrafa veterana y hastiada; Wagner Moura, como su colega, también cansado del mundo, pero con un carácter más afable y todavía adicto a la adrenalina; Sammy es el periodista sensato y maduro que advierte constantemente sobre los peligros que les acechan; y la joven y prometedora Cailee Spaeny es la novata entusiasta que aprende sobre la marcha.

 

Por lo general, los periodistas arrastran mala fama. A veces es justificada. En esa profesión existen quienes siempre están dispuestos a sesgar una noticia para que encaje con sus propios prejuicios o los de sus empleadores; y hay ciertos medios cuyo modelo de negocio consiste enteramente en presentar propaganda como si fueran noticias reales. Sin embargo, con mucha frecuencia, se critica a los periodistas precisamente por lo contrario: atreverse a relatar los hechos con la mayor honestidad posible y desafiar la narrativa que los poderosos pretenden imponer. Es cierto que tienen sus propias manías, que cometen errores y que, en ocasiones, su afán por conseguir una noticia los lleva a terrenos moralmente ambiguos; al fin y al cabo, son humanos. Pero los mejores de ellos saben que sirven a un propósito superior: transmitir la verdad a quienes necesitan conocerla.

 

El padre de Alex Garland trabajaba como caricaturista en un periódico, y “Civil War” tiene la impronta de alguien que, desde muy joven, ha estado bebiendo de la cultura de las redacciones periodísticas. Aunque el decorado sea marcadamente estadounidense, la trama en su conjunto evoca guerras civiles libradas en otras partes del mundo. Lee, Joel y Sammy han cubierto conflictos en el extranjero; sus interacciones, regadas con alcohol mientras se refugian en un hotel de Nueva York, sugieren que han vivido situaciones idénticas en incontables alojamientos de otros países. Pero ahora la guerra ha llegado a casa: aunque el contexto sea distinto, la brutalidad y el terror permanecen inalterables.

 

Desde las escenas iniciales, en las que Lee Miller protege a Jesse arrastrándola tras un todoterreno mientras un terrorista suicida se inmola entre la multitud, la película empuja al espectador en medio de la acción y transmite una sensación de crudo realismo. Da la impresión de que Garland habló con auténticos fotógrafos y reporteros de guerra y estudió su forma de trabajar, pensar y sentir. Detalles cotidianos, como verlos moverse por zonas de fuego cruzado, coordinarse con los soldados, realizar maniobras a menudo extremadamente arriesgadas o mostrar una suerte de indiferencia o incluso camaradería relajada en mitad de situaciones que deberían ser espantosas, aportan un aire de gran autenticidad. Por no mencionar que Garland rinde homenaje a Lee Miller, una pionera del fotoperiodismo bélico, famosa sobre todo por una imagen en la que aparece bañándose en la bañera de Hitler.

 

Los protagonistas, testigos de la marea de violencia que arrasa el país, nos obligan a reflexionar sobre la naturaleza y auténtica meta del llamado “periodismo objetivo”. Los cuatro han de enfrentarse al deterioro de la integridad periodística mientras ejercen su misión de encarnar el “cuarto poder”, esa entidad que actúa como contrapeso frente a la autoridad política. ¿Qué buscan realmente estos periodistas? ¿Una buena historia? ¿La verdad? Los mueven intenciones nobles, sí, pero también el ego, la obsesión por capturar la imagen definitiva y la adicción a la adrenalina que les hace sentir tanto miedo como pasión por la vida.

 

En el personaje de Miller subyace la sensación de que documentar una historia de violencia extrema -especialmente en el contexto de una guerra civil en los Estados Unidos modernos- podría ser un acto inútil, un grito absorbido por el abismo. Ella ha pagado un precio muy alto para que las generaciones posteriores cuenten con un registro gráfico de la tragedia. Todo en su actitud (su mirada, sus frases, sus movimientos) nos dice que está muerta por dentro. Sin embargo, la otra opción sería la que han elegido sus padres, quienes, según cuenta, viven cómodamente atrincherados en Colorado, fingiendo que la guerra no existe.

 

La película también cuenta con grandes interpretaciones. En muchos sentidos, el reparto supone un reencuentro del elenco de la serie “Devs”, creada también por Garland, incluyendo a Cailee Spaeny y Stephen McKinley Henderson, además de papeles secundarios a cargo de Nick Offerman como el presidente, Sonoya Mizuno como periodista británica, y Karl Glusman y Jin Ha como los francotiradores. La interpretación de Kirsten Dunst, dando vida a un personaje cínico y curtido por lo que ha visto y vivido a lo largo de su carrera, es tan magistral que casi hace olvidar por completo que la actriz construyó su carrera encarnando el arquetipo de la típica rubia guapa. Resulta imposible no mencionar a Jesse Plemons (esposo de Dunst en la vida real), quien aparece sin figurar en los créditos interpretando a un miliciano con el que se topan por el camino; su actuación resulta aterradora precisamente por la naturalidad con la que aborda su papel de asesino absolutamente insensible.

 

Resulta demasiado simplista calificar “Civil War” como un alegato polémico, una provocación política o una mera fábula admonitoria. La película plantea, en realidad, una amplia gama de cuestiones sobre las que reflexionar y lo hace mediante una construcción visual y narrativa apremiante, cruda e incisiva, capaz de transmitir una sensación de inmediatez que sacude al espectador. Alex Garland no pretende ofrecer respuestas fáciles ni reducir el conflicto a un enfrentamiento entre buenos y malos; su propósito parece ser, más bien, mostrar qué ocurre cuando la violencia deja de ser una posibilidad abstracta y se convierte en una experiencia cotidiana.

 

En ese contexto, “Civil War” constituye también un amargo homenaje al periodismo. Los periodistas no son santos, pero tampoco enemigos del pueblo por formular preguntas incómodas ni merecen ser perseguidos simplemente por ejercer como testigos. Garland presenta su trabajo sin idealizaciones, pero también sin convertirlos en villanos: reconoce aquello que los impulsa a seguir adelante y, al mismo tiempo, muestra el precio personal que pagan por estar allí, documentando aquello que otros preferirían no ver. La cámara de los periodistas se convierte así en una forma de resistencia frente al intento de convertir la guerra en relato, propaganda o espectáculo.

 

Porque la guerra nunca ha sido “woke” ni “políticamente correcta”, nunca ha respetado las categorías morales cómodas con las que, desde la distancia, intentamos interpretarla. Cuando alguien sostiene que se han eliminado todos los límites y que, por tanto, cualquier cosa resulta admisible, la pregunta verdaderamente inquietante no es dónde termina esa supuesta libertad, sino qué atrocidades pueden producirse cuando desaparecen las restricciones que mantienen a raya la violencia.

 

Ahí reside buena parte de la fuerza de “Civil War”: en mostrar la guerra despojada de romanticismo, épica y justificaciones tranquilizadoras. Garland la contempla con una mirada tan fría como perturbadora, próxima a la de esos periodistas que atraviesan el conflicto intentando registrar los hechos antes de que sean deformados por quienes los protagonizan. El resultado es una reflexión sobre la guerra, pero también sobre la violencia, la información, la polarización y nuestra capacidad para acostumbrarnos a lo intolerable.

 

Con “Civil War”, Alex Garland confirmó su condición de ser uno de los autores más incisivos y desafiantes del cine contemporáneo. En aquel momento llegó a anunciar que, probablemente, abandonaría la dirección para concentrarse en la escritura, una decisión que parecía especialmente significativa después de una película tan ambiciosa y personal. Sin embargo, su posterior regreso a la dirección, primero junto a Ray Mendoza en “Warfare” (2025) y, en un futuro, la adaptación del videojuego “Elden Ring”, demuestra que aquella despedida no fue definitiva. Quizá, más que una renuncia al cine, Garland necesitaba encontrar otra manera de relacionarse con él.

 

 

 

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