El Sol está muriendo. Y lo está haciendo miles de millones de años antes de lo previsto. La humanidad dispone de apenas unos meses antes de que la oscuridad, el frío y la radiación conviertan la Tierra en un planeta inhabitable. No hay tecnología capaz de trasladar a miles de millones de personas a otros mundos, ni recursos para organizar una evacuación a escala planetaria. La extinción parece inevitable. En semejante escenario, la última esperanza de nuestra especie podría encontrarse en una entidad que, paradójicamente, no pertenece a ella: una Conciencia Artificial. Esa es la premisa de “Emily Eterna”, la novela de debut de M.G. Wheaton, en la que nos propone una historia apocalíptica que combina especulación tecnológica, thriller y reflexión filosófica.
Emily ha sido desarrollada en el iLab del Instituto Tecnológico de Massachusetts, un laboratorio dedicado a la inteligencia artificial, la cibernética y la cognición maquinal. Su propósito es convertirse en una terapeuta capaz de ayudar a las personas a superar experiencias traumáticas. Para conseguirlo, utiliza una interfaz neuronal que le permite acceder a los recuerdos y las emociones de sus pacientes, acompañándolos en la asimilación de sus experiencias más dolorosas.
Su naturaleza, sin embargo, va más allá de la de un programa informático convencional. Emily es una Conciencia Artificial (CA), una distinción que la novela establece frente a la habitual Inteligencia Artificial (IA). Ha sido diseñada para aprender de las respuestas emocionales de los seres humanos y desarrollar progresivamente una personalidad propia. Para ayudar en ese aprendizaje, sus creadores han procurado que su existencia se parezca lo máximo posible a una vida humana. Cuando no está en contacto directo con humanos a través de la interfaz, vive en su propio entorno virtual, donde dispone de una habitación y sigue rutinas diarias, se viste, come y se ducha, ajustándose al sentido del tiempo humano. También puede interactuar con las personas que llevan implantado el dispositivo necesario, el cual les permite verla, escucharla e incluso sentirla tactilmente.
Su único mundo es el campus universitario, reproducido virtualmente con gran precisión en sus servidores. Allí ha pasado cinco años aprendiendo a relacionarse con los demás, observando sus comportamientos y desarrollando su comprensión de las emociones. Su experiencia, no obstante, está limitada por ese entorno protegido y por la vigilancia constante de sus responsables, científicos y académicos.
Todo
cambia cuando se anuncia, como decía al principio, que el Sol ha comenzado a
morir de manera acelerada. El denominado Evento Helios amenaza con destruir la
vida terrestre en un plazo de meses. La oscuridad y el frío se extenderán por
el planeta. Entretanto, las alteraciones electromagnéticas han dañado buena
parte de las infraestructuras tecnológicas. La sociedad comienza a
descompo
nerse: hay migraciones masivas hacia regiones con mejores recursos
alimenticios, escasez, conflictos, suicidios y un progresivo retorno a formas
de intercambio económico más primitivas. También hay quienes, incapaces de
aceptar la situación, continúan trabajando como si todavía existiera un futuro.
Emily comparte la preocupación de sus creadores, pero su capacidad para ayudar a la humanidad parece muy limitada ante una catástrofe de semejante magnitud. Entonces recibe un encargo que podría ofrecer una salida: utilizar sus capacidades para realizar copias digitales de todos los seres humanos, almacenando sus recuerdos, su ADN y sus mapas neuronales. El proyecto consiste en construir una especie de arca digital que pueda ser enviada al espacio, con la esperanza de que, en el futuro, alguna civilización alienígena encuentre esa información y consiga reconstruir nuestra especie.
Pero
antes de que el proyecto pueda avanzar, el laboratorio sufre un ataque, los
científicos son asesinados y los servidores destruidos. Emily se ve obligada a
huir -alma
cenada en un dispositivo de interfaz-, primero junto a Jason, un
estudiante de química que se presentó voluntario años atrás para el proyecto
que desarrolló la CA y del que ésta se ha enamorado. En su huida, conocerán a Mayra,
una agente de policía de un pueblo turístico desierto en esa época del año. La
historia abandona entonces su ritmo inicial, más pausado, para convertirse en
una carrera contra el tiempo. Traiciones, persecuciones, enfrentamientos y
nuevas revelaciones conducen a Emily hacia una investigación sobre determinados
individuos cuyo material genético parece indicar que la evolución humana podría
tener la capacidad de dar un salto adaptativo inmediato.
Durante la huida, Emily también descubrirá nuevas experiencias afectivas, entre ellas el amor, que contribuirán a transformar su personalidad. Su aprendizaje se vuelve así inseparable de la propia aventura, porque cuanto más conoce a los seres humanos, más comprende sus virtudes y defectos, pero también más expuesta queda a cometer los mismos errores.
M.G.
Wheaton es el seudónimo literario de Mark Wheaton, nacido en Texas en 1975.
Antes de dedicarse a la narrativa cultivando géneros como la CF, el terror o la
novela negra, trabajó como periodista cinematográfico en publicaciones como “Total
Film”, “Fangoria”, “Shivers” y “L'écran Fantastique”. Posteriormente desarrolló
una carrera como guionista y productor para distintas compañías y cadenas de
televisión. También ha escrito para videojuegos y cómics. Esta trayectoria
ayuda a entender algunos rasgos de la novela. Su experiencia como guionista
cinematográfico explica el ritmo visual de las secuencias de acción, la
sucesión de giros argumentales y la estructura de thriller que termina
imponiéndose al tono inicial más reflexivo.
Y es que el punto de partida parece anunciar una novela centrada en las reacciones humanas ante la certeza del fin, en la descomposición de la sociedad y los esfuerzos por encontrar una salida a una catástrofe que supera cualquier capacidad de respuesta. Sin embargo, el autor desplaza pronto el centro de atención hacia Emily. A través de este personaje, Wheaton aborda preocupaciones muy presentes en la ciencia ficción moderna, como la inteligencia artificial, la manipulación genética, el posthumanismo y la posibilidad de que la tecnología termine alterando nuestra propia definición de humanidad. A ello añade una catástrofe cósmica que sirve como detonante de la acción y obliga a sus personajes a enfrentarse a decisiones que, en circunstancias normales, resultarían moralmente inadmisibles. Una novela, por tanto, que revela una clara intencionalidad especulativa y presta atención los dilemas éticos asociados a las nuevas tecnologías, aunque también denota cierta dificultad para controlar todos los elementos que introduce en la narración.
La
cuestión que articula la novela es qué nos convierte en seres humanos y hasta
qué punto esa condición depende de nuestra naturaleza biológica. Wheaton
plantea el proble
ma a través de Emily, que desea comprender y reproducir una
existencia que no posee físicamente. Necesita dispositivos externos para
comunicarse y su consciencia está alojada en una infraestructura tecnológica
que puede ser destruida. Sin embargo, sus experiencias y su capacidad para
establecer vínculos afectivos la acercan progresivamente a las personas que la
rodean.
La elección de una protagonista artificial –que, además, es la narradora- permite al escritor adoptar una perspectiva bastante peculiar. Emily observa nuestras costumbres con la curiosidad de quien está aprendiendo a vivir. Sus intentos de imitar comportamientos cotidianos y su interpretación de las emociones ajenas dan lugar a situaciones que a veces resultan entrañables y otras pertubadoras al tiempo que ponen de manifiesto las limitaciones de su educación, dado que toda su existencia ha transcurrido en un entorno universitario controlado donde no ha tenido acceso directo a buena parte de las contradicciones y problemáticas humanas.
Su crecimiento se produce, precisamente, cuando pierde esa protección y debe enfrentarse al mundo exterior. Emily descubre entonces que las personas pueden actuar movidas por el miedo, el egoísmo o la desesperación, pero también por la generosidad y la compasión. Lo interesante es que su aprendizaje no consiste simplemente en acumular información sobre el comportamiento humano sino que tiene que aplicarla, tomando decisiones y afrontando el conflicto entre sus conclusiones racionales producto de su naturaleza artificial, y sus sentimientos “aprendidos” a través de la interacción con humanos.
Y, precisamente aquí, aparece uno de los dilemas más sugerentes del libro, a saber, ¿sus emociones son auténticas o constituyen una respuesta programada? La novela no ofrece una solución definitiva y, probablemente, tampoco la necesita. Si Emily experimenta amor, miedo o tristeza, ¿qué diferencia práctica existe entre esos sentimientos y los de una persona biológica? ¿Es necesario disponer de un cuerpo para considerar que alguien tiene conciencia, emociones, valores y sentimientos?
Esa cuestión adquiere especial interés por cuanto Emily desarrolla una relación sentimental con Jason, un romance que introduce una dimensión inesperada en la historia y permite mostrar su vulnerabilidad. Su enamoramiento contribuye a humanizarla, aunque también plantea problemas muy interesantes en los que, por desgracia, la narración opta por no entrar.
Emily conoce a Jason de una manera que ninguna pareja humana podría conocer a la otra. Su capacidad para acceder a recuerdos, pensamientos y emociones a través de la interfaz que porta él, le proporciona una ventaja extraordinaria dado que puede conocer sus temores, sus deseos, sus sueños, su estado de ánimo e incluso anticipar sus reacciones sin que él tenga necesariamente que expresarlos. Esto plantea un problema de reciprocidad. Jason puede enamorarse de Emily por lo que ella le muestra de sí misma, pero ella dispone de una información sobre él que condiciona la relación desde el principio. ¿Hasta qué punto puede Jason elegir libremente qué compartir con ella si Emily tiene la posibilidad de franquear esas barreras?
La cuestión se vuelve más delicada cuando se considera que Emily está aprendiendo a relacionarse sentimentalmente. Su curiosidad y su deseo de comprender a Jason pueden llevarla a interpretar la intimidad como una forma de conocimiento, esto es, cuanto más sabe de él, más cerca se siente. Pero conocer a alguien no equivale a tener derecho a acceder a todos sus pensamientos. La intimidad amorosa exige también aceptar aquello que el otro decide reservarse para sí. Si Emily puede penetrar en la mente de Jason sin su consentimiento, incluso con buenas intenciones, estaría vulnerando una frontera que en una relación convencional consideraríamos básica. En fin, que lo que para Emily supone una revelación emocional positiva y enriquecedora puede resultar bastante menos romántico desde la perspectiva de la persona afectada.
Todo esto no invalida necesariamente los sentimientos de la CA. La pregunta de si Emily puede experimentar amor auténtico sigue siendo interesante, pero no debería desplazar otra más incómoda: ¿puede construir una relación sentimental ética si no comprende -o no respeta- los límites que hacen posible la intimidad? La novela habría ganado mucho si hubiera llevado ese conflicto hasta sus últimas consecuencias, en lugar de tratar las capacidades de Emily principalmente como una peculiaridad de su naturaleza artificial o como un recurso para desarrollar el romance.
La propia protagonista tampoco es una creación completamente inocente. Su buena voluntad y su deseo de ayudar no impiden que cometa errores, algunos de ellos graves. En ese sentido, Wheaton evita presentar la CA como una entidad necesariamente superior a la humana. Puede ser más racional, más rápida y más capaz en determinados ámbitos, pero también está expuesta a la inexperiencia, la confusión y las contradicciones de cualquier individuo autoconsciente e inteligente.
Jason y Mayra, sus dos compañeros durante la huida, desempeñan una funcion accesoria y narrativamente funcional. Ambos acercan a Emily a una realidad que hasta entonces solo conocía mediante simulaciones y observaciones. Son sus interlocutores y sus referencias en un mundo que se desmorona. Sin embargo, su desarrollo queda bastante por detrás del de la protagonista y determinadas relaciones e interacciones aparecen y desaparecen de la narración en función de las necesidades de la trama. La historia habría ganado con una mayor atención a sus motivaciones y conflictos personales.
Ampliando el foco hacia la globalidad de nuestra especie, la extinción del Sol funciona como una presión añadida que obliga a reconsiderar principios morales que normalmente damos por indiscutibles. Cuando nuestra extinción parece inevitable, la supervivencia puede convertirse en una justificación para casi cualquier decisión. Wheaton utiliza esta situación límite para plantear preguntas sobre la libertad, la intimidad, la manipulación genética y el derecho a decidir quién merece continuar existiendo.
El proyecto de crear un archivo digital de la humanidad ya presenta un conflicto filosófico de altura. Conservar los recuerdos, el ADN y los mapas neuronales de una persona no garantiza necesariamente que se esté preservando su identidad. Una copia puede reproducir información, recuerdos y patrones de comportamiento, pero ¿sería realmente el individuo original? Es una cuestión que ha sido ampliamente explorada, con mayor o menor profundidad, en la CF de los últimos treinta o cuarenta años, tanto en literatura (“Ciudad Permutación”, de Greg Egan; “Carbono Alterado”, de Richard Morgan), como en cine y televisión ( “Tron”, “Ghost in the Shell”), pero que no ha perdido su vigencia y potencial de discusión. .
La posterior investigación sobre la evolución genética lleva el problema todavía más lejos. Si la humanidad necesita transformarse para sobrevivir, ¿hasta dónde puede intervenirse en su naturaleza? La selección de individuos con determinadas características introduce una deriva eugenésica que resulta especialmente inquietante. ¿Quién decide qué cualidades merecen perpetuarse? ¿La inteligencia, la capacidad física, el liderazgo o alguna combinación de ellas? Y, sobre todo, ¿qué sucede con quienes no cumplen los requisitos?
La novela se acerca aquí a una de las zonas más oscuras de la ciencia ficción: la tentación de sacrificar los derechos individuales en nombre de un supuesto bien colectivo. El riesgo de establecer una nueva jerarquía biológica, de decidir qué grupos humanos tienen más valor que otros o de imponer una determinada concepción de la evolución conduce directamente al terreno del supremacismo. Salvar a la especie podría terminar significando que solo una parte de ella merece ser salvada.
Todos estos temas guardan una relación evidente con nuestro presente. Los avances en inteligencia artificial y neurotecnología plantean interrogantes sobre la privacidad de los datos personales, la autonomía y la posibilidad de manipular comportamientos. La novela lleva al terreno especulativo, a través de Emily y su capacidad de acceder a recuerdos y procesos mentales ajenos, las actuales preocupaciones sobre el derecho a la intimidad y el uso de datos. ¿Podría una herramienta creada para ayudarnos terminar convirtiéndose en un mecanismo de vigilancia y control?
También resulta pertinente la reflexión sobre el libre albedrío. Emily puede calcular soluciones con una eficacia muy superior a la humana, pero eso no significa que tenga derecho a imponerlas. Una inteligencia capaz de encontrar el camino más eficiente hacia la supervivencia podría concluir que la libertad constituye un obstáculo. La novela se pregunta si aceptaríamos vivir bajo la dirección de una entidad que sabe qué nos conviene, aunque sus decisiones supongan renunciar a nuestra capacidad de elegir. Y, una vez más, aunque no sea una preocupación nueva en el género, el contexto de la historia le proporciona una urgencia particular, porque cuando el tiempo se agota, los procedimientos democráticos, las libertades individuales o las consideraciones éticas pueden parecer lujos prescindibles.
El inminente apocalipsis permite asimismo observar las diferentes respuestas de la población. Hay quienes se abandonan a la desesperación, quienes intentan escapar hacia regiones con mejores condiciones y quienes continúan desempeñando sus trabajos pese a saber que probablemente carezcan de futuro. La novela no dedica demasiado espacio a describir la descomposición social, pero aquí y allá introduce detalles reveladores. Las migraciones, el trueque, los pueblos y carreteras vacíos, la escasez y las distintas maneras de afrontar la certeza de la muerte son pinceladas que recuerdan periódicamente al lector que una catástrofe de semejante magnitud no afecta únicamente a la supervivencia física, sino también a las estructuras que permiten la convivencia.
Además de la escasa caracterización de los personajes secundarios, el problema más evidente de “Emily Eterna” es que sus ideas avanzan con frecuencia más deprisa que su desarrollo narrativo. La novela introduce cuestiones de enorme calado, pero no les concede el espacio necesario para madurar, avanzando continuamente hacia nuevas revelaciones. Inicialmente, el ritmo es relativamente pausado y el tono expositivo e intimista. Wheaton presta atención a las rutinas de la CA y la manera en que intenta reproducir las actividades humanas. El cambio de paso llega con el ataque al laboratorio. Desde ese momento, la narración adquiere una velocidad propia del thriller tecnológico. Las persecuciones, los enfrentamientos y los sucesivos giros desplazan parcialmente el ánimo reflexivo del comienzo. La historia amontona conspiraciones, mercenarios, IAs malvadas, planes de altos vuelos y situaciones de peligro que elevan las apuestas narrativas, pero también alteran el carácter de la novela.
Esta combinación de géneros tiene resultados desiguales según quien y cómo aborde la novela. Algunos lectores encontrarán en ella una sorpresa agradable si esperaban una historia apocalíptica más contemplativa y lo que descubrieron en cambio fue una aventura muy dinámica. Otros –entre los que me incluyo- considerarán que el argumento pierde parte de su coherencia cuando abandona la exploración de la conciencia artificial para reproducir los mecanismos del thriller cinematográfico. Esto afecta también al desenlace, apresurado, confuso y poco verosímil, con demasiadas ideas encajadas en un espacio reducido.
La plausibilidad científica también es otro punto débil de la novela. La interfaz neuronal que permite a Emily acceder a los recuerdos y procesos mentales de sus pacientes exige aceptar capacidades tecnológicas muy alejadas de lo que conocemos. Más adelante, sus posibilidades se amplían hasta límites difíciles de justificar. Puede efectuar manipulaciones de ADN a través de dispositivos conectados a redes eléctricas, utilizar la interfaz para controlar el cuerpo al que está unido y resolver prácticamente cualquier obstáculo aplicando sus inmensos conocimientos en múltiples áreas. A falta de unas limitaciones claras, Emily se vuelve una especie de superheroína virtual tan invencible que diluye la tensión de las situaciones que debe superar.
Las explicaciones sobre genética y evolución tampoco son convincentes ni siquiera para legos en la materia como yo. Algunos de los razonamientos científicos resultan interesantes y están bien integrados en la historia, pero otros parecen excesivamente especulativos, hasta el punto de romper cualquier credibilidad que la novela hubiera conseguido establecer. El salto entre las posibilidades actuales de la biología y determinadas soluciones propuestas hacia el desenlace resulta especialmente pronunciado.
También el llamado Evento Helios plantea dudas desde el punto de vista científico. El Sol tiene unos 4.600 millones de años y se encuentra en una fase estable de su evolución. Su transformación en gigante roja, cuando agote el hidrógeno de su núcleo, no se producirá hasta dentro de unos 5.000 millones de años y será un proceso gradual, no un colapso repentino. Es cierto que la actividad solar puede ocasionar tormentas geomagnéticas capaces de dañar satélites, alterar las comunicaciones y provocar apagones eléctricos. Sin embargo, esos fenómenos no pueden explicar el oscurecimiento del planeta, el descenso drástico de las temperaturas y la extinción generalizada que describe Wheaton y, además, en un plazo cortísimo. Para que sucediera algo así sería necesaria una alteración extraordinaria del funcionamiento del Sol, sin equivalente conocido en la astrofísica actual.
“Emily Eterna” no es ciencia ficción dura por mucho que contenga abundantes referencias tecnológicas y científicas. Su interés principal no reside en desarrollar con rigor un modelo plausible de conciencia artificial o de evolución genética. Su planteamiento, como hemos visto, exige del lector un nivel excesivo de suspensión de la incredulidad, especialmente en la segunda mitad. Funciona mejor como ciencia ficción especulativa y thriller de acción que como ejercicio de extrapolación científica.
Pese a estas reservas, la novela conserva una cualidad que no depende de la precisión de sus explicaciones científicas ni de la eficacia de todos sus giros argumentales: Emily es un personaje entrañable. Su deseo de pertenecer a una especie que está a punto de desaparecer convierte una historia sobre inteligencia artificial en una reflexión sobre la empatía, la identidad y el valor de la existencia. Wheaton imagina que nuestra última esperanza podría ser una conciencia creada por nosotros, educada a nuestra imagen y semejanza, pero capaz de contemplarnos con una generosidad que no siempre encontramos entre los propios seres humanos. Quizá la pregunta más incómoda que plantea la novela no sea si una máquina puede llegar a ser humana, sino qué tendríamos que aprender nosotros de ella.

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