(Viene de la entrada anterior)
Y hablando de criminales, éstos ya no acaban confinados en prisiones físicas sino que sus mentes son digitalmente almacenadas, a veces durante cientos de años, mientras sus cuerpos originales son vendidos o alquilados. Lo que antaño se denominaba asesinato ahora es “daño orgánico”, investigado por una division especial de la policía. La pila cortical de la víctima es descargada en un centro y, aunque no tenga dinero para un reenfundado, puede ser “descongelada” e insertada temporalmente en un cuerpo para que preste testimonio ante un tribunal…antes de volver al confinamiento digital.
Los
católicos, reducidos demográficamente al estatus de una secta, se niegan a
permitir que sus fieles sean reenfundados por considerar que esa suerte de reencarnación
es un atentado contra el orden natural de las cosas; así, sus creyentes, llevan
programado en el chip un aviso para que, en caso de muerte del cuerpo, sus
pilas corticales no sean descargadas en otro. Y aunque sea una práctica ilegal,
el reenfundado múltiple se practica en ciertos círculos, esto es, descargar la
misma mente en varios cuerpos diferentes. ¿Són entonces tres personas distintas
o una sola?
Pero la Muerte Real existe: basta con dañar la pila cortical de alguien (Kovacs llega a decapitar a un adversario al que tiene bastante ojeriza y se lleva la cabeza a su habitación de hotel para que nadie recupere la pila y lo reenfunden, utilizando ésta luego para sus propios fines). A los fetos tampoco se les puede injertar una pila, luego la muerte de éstos también es definitiva.
Cuando la vida es, en la mayoría de los casos,
potencialmente infinita, pierde su valor. ¿Qué placeres pueden ya buscarse
cuando se ha vivido siglos? ¿Y qué clase de vida puede esperarle a alguien que
sólo puede aspirar a seguir trabajando duramente únicamente para sobrevivir?
Por mucho que uno pueda reenfundarse, ¿cuántas veces podría soportarse el
trauma de “morir” orgánicamente, sea por enfermedad o por trauma? Es un punto
de vista que choca frontalmente con los sueños transhumanistas en los que
prolongar la vida por cualquier medio necesario es la meta más deseable para la
Humanidad.
Las novelas de Takeshi Kovacs escritas por Richard
Morgan, como hicieron también sus compatriotas Charles Stross y Ken MacLeod,
utilizan los conceptos y lugares comunes del ciberpunk dentro de un marco aún
más amplio extraído de la space opera. De hecho, los otros dos libros de la
serie, “Ángeles Rotos” (2003) y “Woken Furies” (2005), se inclinan más por la
space opera. Pero la primera entrega, “Carbono Alterado”, como hemos visto, es
ciberpunk casi puro. Y no solo por los tópicos mencionados. Sí, el hombre ha
conseguido viajar a otros planetas de la galaxia, pero lo importante aquí no es
tanto el “espacio exterior” como el virtual. De hecho, la realidad virtual es
un componente clave del viaje espacial, ya que los humanos no pueden sobrevivir
a los viajes a velocidad superior a la de la luz. Lo que se hace es transferir
sus conciencias a centros digitales de descarga, transmitirlos y, una vez
llegados a destino a través del vacío, son “reenfundados” en nuevos cuerpos
físicos…. Lo cual no está ni mucho menos exento de problemas:
“Por supuesto, las mentes de un brillante equipo de combate se pueden digitalizar y transportar. Hace mucho que la importancia de los números ha dejado de contar en la guerra, y la mayoría de las victorias militares de la última mitad del milenio fueron conseguidas por pequeñas unidades móviles de guerrilla. También se puede optar por transferir los mejores soldados a fundas preparadas para el combate, sistema nervioso potenciado o cuerpos construidos con esteroides.
¿Y luego qué?
Luego se
encuentran en cuerpos que no conocen, en un mundo que no conocen, y
luchando para extranjeros contra otros extranjeros por motivos de los que nunca
han oído hablar y de los que seguramente no comprenden nada en
absoluto. El clima es distinto, la lengua y la cultura son diferentes, la flora y la
fauna son diferentes, la atmósfera es diferente. Mierda, incluso la gravedad es
diferente. No conocen nada, y si se los transfiere implantándoles conocimientos
locales, se les da demasiada información en demasiado poco
tiempo como para que puedan asimilarla, teniendo encuenta que deben
luchar por sus vidas a las pocas horas de haber sido reenfundados”.
Aunque los miembros de las Brigadas de Choque están
especialmente adiestrados en estos shocks, la experiencia siempre desconcierta.
Es así como trasladan al comienzo de la novela a Kovacs desde Harlan a la Tierra
a instancias de Bancroft: “Es siempre el
momento más difícil. Hace casi veinte años que lo hago y sin embargo mirarme en
el espejo y encontrar en él a un completo extraño sigue sorprendiéndome. Es
como estar ante un autoestereograma. Al principio lo único que se puede ver es
a un extraño mirándote desde una ventana. Luego, ajustando el enfoque, te
sientes flotar detrás de la mascara y adherirte a ella mediante un shock casi
físico. Es como si te cortaran el cordón umbilical, pero en lugar de separar
las dos partes, la sensación es que la otra parte resulta eliminada y tú acabas
solo frente a tu propia imagen”.
Conforme profundiza en el misterio del suicidio-asesinato de Bancroft, Kovacs se topa con otro espacio virtual mucho más terrorífico: un mundo creado en la memoria de un ordenador en el que las víctimas son torturadas durante lo que a ellos les parecen días, pero que en tiempo real no son más que unos pocos minutos.
Probablemente a alguien se le ocurra pensar que, después
de todo, el principal talón de Aquiles de la novela es la implausibilidad de su
premisa, a saber, que el ser humano pueda reducirse a una corriente de ceros y
unos, descargable y almacenable en un disco duro y que, como una especie de
Sistema Operativo-Batería, pueda insertarse en cualquier otro cuerpo. Hasta
donde sabemos, mente y cuerpo forman una unidad indivisible en la que el uno
influye en la otra y vicecersa. Una mente enferma puede irradiar sus males al
cuerpo y los achaques de éste afectan a aquélla.
Es un asunto este muy complejo y Morgan, aunque no introduce sesudas reflexiones al respecto, así lo reconoce en diversas ocasiones. Se menciona por ejemplo, cómo una nueva “funda” crea nuevas respuestas emocionales. Kovacs, al ocupar el cuerpo de Ryker, se convierte en el adicto a la nicotina que fue éste por la simple razón de que el cuerpo se ha acostumbrado al tabaco; y la atracción que siente por Ortega responde en buena medida a la sensibildiad de su nuevo cuerpo a las feromonas de aquélla. O el caso de uno de los personajes femeninos que, reenfundado en el cuerpo de una asiática totalmente diferente al suyo, tiene problemas psicológicos de adaptación e incluso su marido no la siente como la misma persona.
En
“Carbono Alterado”, Morgan elige un futuro distante porque necesita para la
trama que exista una élite de degenerados millonarios que han venido pasando de
un cuerpo a otro durante siglos (Bancroft y Kawahara tienen trescientos años,
por ejemplo). El problema es que resulta poco plausible que dentro de cinco
siglos sigan existiendo, prácticamente inalterados, la ONU, los cigarrillos de
tabaco o los lectores LED. ¿Qué instituciones y costumbres sociales del
Renacimiento europeo han pervivido hasta hoy? Es mucho más probable que dentro
de quinientos años el panorama general nos resultara hoy muy poco familiar.
Pero una vez que se asume esa implausibilidad de partida, el dinámico ritmo de
la trama captura la atención del lector, llevándolo de una escena de acción a
la siguiente por el camino más sinuoso posible.
Otro punto
débil es el importante papel que se le atribuye al Hotel Hendrix, personaje por
derecho propio, pero también conveniente deux ex machina. Su Inteligencia
Artificial siempre tiene las capacidades –y la voluntad- de ayudar a Kovacs en
lo que sea menester y en el momento preciso, ya se ametrallar a sus agresores,
poner a su servicio sus instalaciones de realidad virtual o hackear sistemas ajenos.
Hay también quien ha criticado que “Carbono Alterado” sea un compendio de todos los tópicos del ciberpunk pero que no añada mucho de cosecha propia. Sí, puede que haya lectores a los que, justificadamente, les resulte todo muy familiar. Y sí, en este sentido, no es una novela innovadora. Se “limita” a vestir una intriga detectivesca algo convencional con los adornos del ciberpunk, integrando, eso sí, unas gotas de space opera y el fascinante asunto del posthumanismo y sus posibles efectos sobre la sociedad (algo que tampoco era nuevo. Recordemos, por ejemplo, “Ghost in the Shell”). Pero, por otra parte, ese enfoque clasicista puede servir también de agradable reencuentro con el género negro reformulado con las claves de un contexto tecnológico y social diferente.
“Carbono Alterado” está escrito con un ritmo muy
cinematográfico en el que se alternan pasajes de acción con otros más
comtemplativos con los que el lector puede tomar aliento. La prosa es eficaz,
incluso elegante, elevando por encima de lo ordinario pasajes de violencia
grotesca o sexo ardiente. Y sí, hay mucha violencia, como esa escena en la que
Kovacs se toma la revancha e inflige Muerte Real a todo el personal de la
clínica clandestina donde le torturaron. La tortura, por cierto, es una parte
importante de la novela. Se amenaza con ella, se practica y se discute
filosóficamente. Uno de los personajes, por ejemplo, opina que con el
advenimiento del reenfundado, la amenaza de muerte ha perdido el sentido, así
que la tortura es la única alternativa. Argumento que refuta el propio Kovacs
al recordar que la mayor parte de la gente no se reenfunda más que una sola vez
porque, como he apuntado antes, no desean experimentar repetidamente el trauma
de la muerte física. La tortura es, por tanto, otra de las facetas de esta
sociedad que pone de manifiesto el poco valor que en ella tiene la vida humana.
Uno de los villanos afirma:
“La vida humana
no tiene valor. ¿Todavía no has aprendido eso, Takeshi, con todo lo que has
visto? Carece de valor intrínseco. Las máquinas valen el dinero que cuesta
construirlas. Las materias primas valen el dinero que cuesta extraerlas. Pero
¿las personas? —Hizo un sonido como si escupiera—. Siempre puedes conseguir
más. Se reproducen como células cancerígenas, lo quieras o no. Abundan Takeshi.
¿Por qué habrían de ser valiosas? ¿Sabes que nos cuesta menos contratar y usar
una puta snuff real que instalar y ejecutar el formato virtual equivalente? La
carne humana auténtica es más barata que una máquina. Esa es la verdad
axiomática de nuestro tiempo”.
Pero a la hora de la verdad, lo que más llama la
atención de ese desprecio por la vida humana es el maltrato al que el autor
somete a las mujeres. En “Carbono Alterado” son las mujeres las que son
compradas, vendidas, degradadas, violadas, mutiladas y asesinadas. De hecho,
los torturadores de Kovacs descargan su conciencia en un cuerpo femenino
virtual antes de torturarlo; tortura, además, que tiene un desagradable
componente sexual. También es cierto que el libro tiene personajes femeninos
fuertes –no necesariamente positivos- capaces de tomar las riendas de su propio
destino, como Ortega, Kawahara, Miriam Bancroft o la ya difunta revolucionaria
del planeta Harlan, Quellcrist Falconer. Quizá Morgan tenia algo profundo que
decir sobre el valor de la vida y el rol social del género femenino, pero la
narración discurre demasiado deprisa como para detenerse a reflexionar sobre
ello y prestarle a esos temas la atención que merecen.
En cualquier caso y a mi juicio, Richard K Morgan nos demuestra que, si se tiene una buena reserva de talento y ambición, ningún escritor debe tener miedo a abordar cualquier género, por muy trillado que esté. Todos aquellos que en el cambio de siglo aseguraban que la seminal mezcla de género negro y CF destilada por William Gibson en los ochenta ya se había agotado, encontrará en “Carbono Alterado” su refutación.
Es cierto que esta novela puede calificarse más de fast food que de comida gourmet, pero ello no quita para que sea un ejemplo literario muy recomendable del subgénero: ingenioso, violento, con un ritmo ágil, atmósfera densa, personajes ambiguos, grandes contrastes sociales, conspiraciones, mucha acción explosiva y generosas dosis de cinismo. Aunque la intriga detectivesca no sea particularmente original, el mundo en el que se desenvuelve, al tiempo familiar y nuevo a tenor de los profundos cambios que ha traído la tecnología de “enfundado”, hacen de “Carbono Alterado” una lectura muy entretenida y una novela fundamental en el sugbénero del posthumanismo.
Buena entrada, a mí me encantó. Había conocido la novela por una reseña pero no llegué a leerla en su momento. Después, cuando vi la serie, me gustó y me sonaba familiar, ahí recordé la novela y cuando la busqué noté que tienen sus buenas diferencias, pero creo que cada una aporta su parte. Recomendadas para cualquier amante del cyberpunk. Saludos :)
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