(Viene de la entrada anterior)
La segunda temporada de “SeaQuest DSV”, emitida por NBC entre septiembre de 1994 y mayo de 1995, supuso el intento por parte de la cadena de corregir los problemas que habían surgido durante su primera etapa. La producción disponía de una premisa atractiva, un reparto encabezado por Roy Scheider y el respaldo –nominal- de Steven Spielberg, pero sus responsables no habían conseguido mantener el equilibrio entre aventura, investigación científica y reflexión sobre el futuro de la humanidad. Su respuesta consistió en renovar el reparto e incidir más en la fantasia, lo que no hizo sino sumirla todavía más en la mediocridad.
Para empezar, uno de los cambios más significativos
fue la desaparición de Robert Ballard como asesor científico. El oceanógrafo había
aportado credibilidad al planteamiento inicial de la serie, presentando al
océano com
o un territorio un territorio de investigación que albergaba problemas
reales y posibilidades de exploración todavía desconocidas. La nueva
orientación prescindió de él. Patrick Hasburgh, productor ejecutivo junto a
David J. Burke, defendió una posición que resumía el cambio de prioridades: “Si
queréis datos, ved el Discovery Channel”. A su juicio, el público de las ocho
de la tarde no estaba interesado en conocer las propiedades de un molusco
marino o en saber si una anguila podría servir para curar la ceguera. Prefería las
explosiones, las amenazas espectaculares y los personajes llamativos.
Una declaración sin duda provocadora, pero que también
expresa un problema muy real de la producción. La divulgación científica podía
constituir una de las señas de identidad soñadas por los creadores de “SeaQuest”,
pero exigía tiempo para explicar los fenómenos y convertirlos en conflictos
dramáticos. Los responsables de la renovación creían que ese enfoque limitaba
las posibilidades de la serie en una franja horaria dominada por la competencia
de otros programas generalistas.
De todas formas, el abandono del asesoramiento
científico de Ballard no significó la desaparición de todos los asuntos
relacionados con el océano. Los guiones continuaron abordando problemas
ecológicos y los peligros de la intervención humana sobre el medio natural. Eso
sí, estos elementos quedaron subordinados a tramas que buscaban un efecto mucho
más inmediato. El conocimiento científico dejó de ser el punto de partida de la
aventura y pasó a funcionar, con frecuencia, como una explicación accesoria de
amenazas extraordinarias.
En fin, que mientras la primera temporada había presentado
un futuro en el que la humanidad se veía obligada a explorar los océanos
después de haber agotado buena parte de los recursos terrestres, la segunda
convirtió ese escenario en un espacio donde podía suceder casi cualquier cosa,
sin que la condición submarina del vehículo protagonista tuviera siempre una
función narrativa imprescindible.
Este segundo año vio también cambios importantes en el
reparto. Stephanie Beacham, Stacy Haiduk, John D'Aquino y Royce D. Applegate
dejaron de formar parte del elenco habitual. Sus personajes habían contribuido
a definir la estructura original de la tripulación, en la que coexistían las
responsabilidades militares, la investigación científica y la exploración. En su
lugar llegaron varias figuras concebidas para ofrecer nuevas posibilidades
dramáticas. Kathy Evison interpretó a la joven oficial Lonnie Henderson; Rosalind
Allen, a la doctora Wendy Smith, dotada de capacidades telepáticas; Michael
DeLuise se incorporó como Tony Piccolo, un hombre con adaptaciones biológicas
que le permitían desenvolverse en el agua; y Peter DeLuise interpretó a
Dagwood, un ser humano modificado genéticamente.
Este ultimo era una especie de gigante bondadoso que
trabajaba como encargado de la limpieza del submarino. Su lenguaje sencillo y
su dificultad para comprender las convenciones sociales servían para mostrar el
comportamiento humano desde una perspectiva distinta. La sociedad lo había
creado como resultado de la ingeniería genética y después lo había relegado a
una posición subordinada, de modo que su presencia planteaba preguntas sobre la
dignidad y los derechos de quienes no encajaban en las categorías aceptadas. Un
personaje, por tanto, que pretendía funcionar como crítica a ciertos
comportamientos de sociedades supuestamente avanzadas, pero que también respondía
a una estrategia comercial evidente. Sus características físicas y su
comportamiento lo convertían en una figura reconocible, capaz de proporcionar
un contrapunto cómico a las aventuras de la tripulación.
El caso de Tony Piccolo era parecido. Sus adaptaciones
biológicas facilitaban la introducción de situaciones que no podían
protagonizar los demás miembros del equipo, mientras que Lucas Wolenczak, el
joven genio informático interpretado por Jonathan Brandis, conservaba su
condición de personaje de referencia para el público adolescente.
En principio, este tipo de cambio en el elenco de las series no tiene porque ser algo negativo y, de hecho, es muy habitual. El problema en este caso fue que esos nuevos personajes estaban definidos en su mayor parte por una característica extraordinaria. En lugar de desarrollar una tripulación cuya diversidad surgiera de sus funciones y experiencias, la producción acumuló figuras con habilidades especiales que podían convertirse en el centro, premisa y/o solución de episodios específicos.
El cambio de orientación coincidió con el traslado de
la producción desde Los Ángeles hasta Orlando, Florida. El nuevo emplazamiento
permitió reorganizar el trabajo y construir una nueva versión del submarino
para la segunda temporada. También ofrecía acceso a instalaciones de rodaje y
localizaciones que podían facilitar algunos aspectos de la producción.
La renovación visual acompañó a la transformación de
los argumentos. El primer episodio, doble, titulado “Dagas”, presentaba una
colonia penitenciaria cuyos habitantes habían sido modificados genéticamente
para convertirse en combatientes. Su rebelión obliga a la tripulación a
enfrentarse a las consecuencias de una tecnología concebida para convertir a
los seres humanos en instrumentos militares. La historia presenta a los nuevos
personajes y establece un tono claramente más orientado a la acción.
Otros episodios muestran hasta qué punto se habían
ampliado las tragaderas de los productores en lo que a fantasía se refiere. En “Con
Cualquier Otro Nombre”, unas plantas modificadas acaban con la población de un
laboratorio. “Fusión” combina la actividad industrial submarina con la
reaparición de un gigantesco cocodrilo prehistórico. “Un Trabajo Maldito” transporta
al submarino unos 225 años hacia el futuro, donde la tripulación encuentra una
civilización devastada por una epidemia.
No podían faltar en el repertorio de amenazas los extraterrestres.
En “El Miedo Que Acecha”, el encuentro con visitantes de otro mundo despierta
el interés de un general que pretende apoderarse de su tecnología. “Tejedor de
Sueños” presenta a un ser alienígena capaz de provocar ataques dentro del
submarino. En “Amerizaje”, el final de temporada, el seaQuest termina en un
planeta acuático llamado Hyperion, donde se desarrolla una guerra civil. Mark
Hamill participa en dos episodios, este último y “Tejedor de Sueños”, como el
astrofísico Tobias LeConte.
También aparecieron en esta temporada fenómenos
paranormales, pesadillas inducidas, experimentos biológicos y referencias a
civilizaciones desaparecidas. “Sueños Congruentes” enfrenta a varios
tripulantes con una entidad que manipula sus sueños; “El Continente Hundido” es
una búsqueda relacionada con la Atlántida; y “Sueños Virtuales” incorpora
elementos mitológicos vinculados a Neptuno. Semejante variedad permitía a los
guionistas experimentar con distintos subgéneros, pero también debilitaba la
identidad de la serie. Las historias podrían haberse desarrollado en una nave
espacial, una estación científica o una base militar sin necesidad de modificar
demasiado sus argumentos. El océano, que había sido el principal atractivo de
la propuesta, perdía protagonismo frente a amenazas que pertenecían a un
repertorio más convencional y genérico de la ciencia ficción televisiva.
No es que la temporada careciera por complete de
aciertos. Uno de los capítulos más interesantes es “Callejón sin Salida”, escrito
por Carleton Eastlake. Varios miembros de la tripulación y un explorador quedan
atrapados en una caverna submarina y descubren que escapar a la superficie
exige que uno de ellos se quede atrás para morir. La situación obliga a los
personajes a enfrentarse a un dilema moral sin una solución satisfactoria. La
supervivencia del grupo depende de aceptar un sacrificio, y el episodio
encuentra su tensión en las decisiones que deben tomar los protagonistas. La
amenaza surge de las condiciones físicas del entorno y de los límites de la
tecnología disponible, sin necesidad de recurrir a una invasión extraterrestre
o a poderes extraordinarios.
“Callejón sin Salida” recuperaba una de las
posibilidades más prometedoras del concepto original, a saber, utilizar el
fondo del mar como un espacio hostil donde los conocimientos técnicos no
siempre bastan para garantizar la supervivencia. La claustrofobia y la
incertidumbre convertían la exploración en un problema dramático y permitían
desarrollar a los personajes a través de sus decisiones.
El mencionado productor, Hasburgh, se mostró muy
crítico con el conjunto de la serie. En una valoración retrospectiva reconoció
que algunas entregas habían sido entretenidas, pero describió la serie como un
sucedáneo pobre de “Star Trek” y admitió que el nuevo rumbo le resultaba
aburrido. Su decepción es harto significativa dado que la emite uno de los
responsables de su renovación en la segunda temporada. La búsqueda de aventuras
más fantásticas no había conseguido convencer ni siquiera a quienes esperaban
que ese cambio mejorase la serie.
El descontento de Roy Scheider se convirtió en uno de
los problemas públicos más notorios de la temporada. El actor había aceptado
interpretar al capitán Nathan Bridger porque veía en el proyecto una
combinación de aventura, ciencia y reflexión sobre el futuro. El giro hacia las
criaturas fantásticas y las tramas de acción le parecía una pérdida de las
cualidades que habían despertado su interés originalmente. Scheider calificó el
material de la segunda temporada como “basura infantil”.
La revista “TV Guide” reprochó al intérprete la forma en que había manifestado su descontento y sugirió que debía expresar sus objeciones con mayor elegancia. Esa reacción muestra que el conflicto había trascendido el ámbito interno de la producción. Que el protagonista de una serie respaldada por Spielberg cuestionara públicamente los guiones, poniendo en duda la dirección creativa del proyecto no era una cuestión menor.
Pero es que, además, no estaba solo en sus críticas. No
pocos de los espectadores habían llegado a la serie atraídos por su combinación
de ciencia y aventura submarina y consideraban que los nuevos episodios se
habían vuelto demasiado fantásticos e infantiles. Al terminar la temporada, un
grupo de aficionados envió una carta abierta a NBC y Amblin en la que
denunciaban la falta de rigor científico y la irregular calidad de los guiones.
Se preguntaban cómo una producción con un buen reparto, financiación
considerable y el respaldo de Spielberg podía poner tan poca atención en la
escritura de sus episodios. Y el malestar no se limitó a los seguidores.
Algunas historias ambientadas fuera del submarino también provocaron reacciones
negativas por su tratamiento de determinados países. Un embajador brasileño
protestó ante los productores por un episodio que presentaba a un villano como
un dictador sudamericano, una representación tópica que consideró ofensiva.
Para colmo, esta crisis creativa se desarrolló en un
contexto económico complicado. “SeaQuest DSV” era una producción cara, con
grandes decorados, efectos especiales y un entorno submarino que exigía una
considerable inversión técnica. El respaldo de Spielberg había contribuido a
convertirla en uno de los proyectos más llamativos de NBC, pero también había
elevado las expectativas sobre su rendimiento. El traslado a Orlando pretendía
reorganizar el trabajo y facilitar la producción. Sin embargo, los cambios de
localización no resolvieron el problema central. La serie seguía necesitando
historias capaces de justificar su presupuesto y atraer a una audiencia
suficientemente amplia en una competencia feroz con programas de otras cadenas
en la misma franja horaria, como “Lois & Clark” y “Se Ha Escrito un Crimen”.
Semejante presión comercial ayuda a entender por qué
la serie buscó argumentos con mayor impacto visual. Un monstruo jurásico, un
encuentro extraterrestre o una batalla en otro planeta podían proporcionar
imágenes promocionales atractivas. El problema es que la espectacularidad no
garantizaba la fidelidad de los espectadores que habían acudido a la propuesta
por su singularidad, más bien lo contrario.
El estreno de “SeaQuest DSV” en septiembre de 1993
había atraído a unos 47 millones de espectadores, según las cifras difundidas
por la prensa de la época. Esto fue debido en no poca medida al éxito de una
campaña publicitaria que insistía en la participación de Spielberg y en la
ambición técnica de la producción. Sin embargo, el interés inicial descendió
con rapidez. La primera temporada terminó en una posición modesta dentro de la
clasificación general de las series estadounidenses. En la segunda, la
audiencia tampoco experimentó la recuperación que NBC esperaba. Aunque las
fuentes difieren según el criterio utilizado, el programa acabó su andadura en
1995 alrededor del puesto 57 de esa clasificación.
Estas cifras no significaban que “SeaQuest” careciera
de público. La cadena consideraba que el programa todavía podía atraer a un
segmento comercialmente valioso, en particular a los adultos jóvenes. La
popularidad de Jonathan Brandis entre los adolescentes también ofrecía una
razón para mantener viva la inversión. Sin embargo, el descenso de espectadores
y las críticas recibidas sobre la calidad de los episodios demostraban que la
estrategia no había conseguido resolver los problemas de fondo.
Pese a que la sombra de la cancelación planeó sobre el
programa, la cancelación no llegó a materializarse. El último episodio, “Amerizaje”,
llevó la deriva fantástica hasta sus últimas consecuencias. Como he mencionado,
el submarino acaba en un planeta acuático, involucrado en una guerra civil. La
nave resulta destruida y Lucas y Dagwood quedan a la deriva, mientras sus
compañeros parecen haber desaparecido. El episodio terminaba con los
protagonistas en una situación desesperada, un desenlace que demuestra que los
guionistas sospechaban que la serie iba a ser cancelada y se permitieron dejar
a los personajes en una situación extrema.
Sin embargo, NBC les obligaría a buscar una salida al embrollo al autorizar una renovación por trece episodios más, decisión que sorprendió a muchos. Un ejecutivo de la cadena, citado de forma anónima, reconoció que la serie había alejado a sus espectadores habituales: “Hemos enfadado a nuestro público fiel”. La renovación probablemente respondió, como he citado, a una cuestión comercial. NBC seguía considerando que el perfil masculino de la audiencia podía tener valor para la programación de la cadena, así que ofreció a los responsables una nueva oportunidad para corregir el rumbo, eso sí, acometiendo una transformación profunda.
(Finaliza en la siguiente entrada)
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