viernes, 9 de octubre de 2026

1945- EL MISTERIO DE SHAVER – Richard S. Shaver (1)



Durante la era de las revistas “pulp”, en la primera mitad del siglo XX, un autor estadounidense de relatos de ciencia ficción y fantasía imaginó un mundo en el que seres procedentes de estrellas remotas habían llegado a la Tierra eones atrás, habitando ahora en sus rincones más ocultos. Estas criaturas nos verían como salvajes, insectos o incluso simple alimento. Dicho escritor firmó numerosas historias basadas en esa premisa y creó lo que podría denominarse un ciclo literario al que se sumaron otros autores, contribuyendo con sus propios relatos y despertando gran interés y entusiasmo entre lectores y aficionados. El editor que publicó aquellas historias, colaboró en la formalización del mito e incluso le puso el nombre que seguimos usando hoy día. Y no, no el autor en cuestión no fue H. P. Lovecraft.

 

Si hoy se pregunta a un aficionado al género fantacientífico por Richard Shaver, es muy probable que su respuesta sea la ignorancia cuando no el rechazo. Y esto último es debido a la vergüenza y el bochorno que supuso para el fandom de núcleo duro la popularidad de aquél “advenedizo” justo cuando, tras la Segunda Guerra Mundial, las ideas de la ciencia ficción empezaban a tomarse en serio gracias a su materialización en el mundo real: los misiles, los aviones a reacción, el radar y, sobre todo, la energía atómica. Con todo este progreso científico, los viajes espaciales parecían estar ya a solo unos años de distancia.

 

Y entonces aparecieron Richard Shaver y su editor Raymond Palmer, con sus historias sobre “deros” y “teros”, corrompiendo la ciencia ficción, amenazando la cordura de los lectores y exponiendo a todo el género al ridículo general. Cuando la revista “Life” abordó la ciencia ficción en su número del 21 de mayo de 1951, dedicó un espacio considerable al “Misterio Shaver” (y también a la Dianética), calificándolo de “fraude”. El artículo, escrito por el crítico musical y escritor Winthrop Sargeant, no hizo sino reforzar en la mente del lector común la idea de que la ciencia ficción, que hasta entonces se asociaba al nivel de los comics de Buck Rogers y Flash Gordon, había ascendido (o descendido) a la categoría de los timos y los disparates pseudocientíficos. No es de extrañar que los aficionados a la ciencia ficción se sintieran tan indignados.

 

Pero retrocedamos un poco en el tiempo.

 

Cartografiada por William Scott-Elliot (1849-1919), Lemuria es el gran continente teosófico. Junto con su colega teósofo Charles Webster Leadbeater (1854-1934), Scott-Elliot ejerció también como una especie de etnólogo de Lemuria y sus habitantes, seres de más de cuatro metros y medio de altura que se reproducían mediante huevos. Existieron otros pueblos antes y después de estos lemurianos, manifestándose en una gran variedad de estaturas, colores y configuraciones corporales.

 

Richard Sharpe Shaver (1907-1975) también recordaba Lemuria. De hecho, así tituló el relato que envió a “Amazing Stories”, “¡Yo Recuerdo Lemuria!”, publicado en el número de marzo de 1945. Fue el primer cuento del llamado “Misterio Shaver”, un fenómeno surgido entre mediados y finales de la década de 1940.

 

Shaver nació el 8 de octubre de 1907, en el estado de Virginia, aunque su familia se trasladó durante su infancia a Berwick, Pensilvania, donde vivió buena parte de sus primeros años. Más adelante, se mudó a Detroit, Michigan, donde entró en contacto con el mundo industrial. No existe una biografía detallada y plenamente contrastada de sus primeros años que permita reconstruir con certeza su entorno familiar, su educación o la evolución de su personalidad. Sí se sabe que mostró interés por las artes y que estudió en la Wicker School of Fine Art de Detroit, donde trabajó también como modelo artístico. Allí conoció a Sophie Gurvitch, una de sus profesoras, con quien inició una relación sentimental. Ambos se casaron en el verano de 1932, después del cierre definitivo de la institución. Tuvieron una hija.

 

Shaver trabajó en distintos empleos manuales, entre ellos la jardinería y la soldadura. Según contaría él mismo, en 1932, mientras trabajaba en una cadena de montaje, empezó a experimentar fenómenos que transformaron su percepción de la realidad. Afirmaba que una de las pistolas de soldadura le permitía captar los pensamientos de otras personas. Aquello fue el comienzo de una experiencia mucho más aterradora: aseguraba recibir, de forma telepática, registros de torturas perpetradas por entidades malignas que vivían en cavernas situadas en las profundidades de la Tierra. La explicación que ofreció no fue siempre coherente e idéntica con el paso de los años. En sus versiones posteriores, sin embargo, este episodio quedó convertido en el origen de su “conocimiento” de una civilización subterránea que manipulaba a la humanidad mediante tecnologías desconocidas.

 

En 1934, Shaver fue atendido en un centro médico de Detroit después de manifestar problemas relacionados con voces y sentimientos de persecución. Los informes psiquiátricos citados en las reconstrucciones biográficas describen sus afirmaciones de que otras personas hablaban de él, se burlaban de su conducta y ejercían algún tipo de influencia sobre su mente. También habría expresado la convicción de que había sido hipnotizado.

 

Tras la muerte de su hermano Taylor, ese mismo año, su situación familiar se complicó. Shaver fue internado por iniciativa de su esposa en una institución mental de Michigan. Su estancia se prolongó cerca de dos años, aunque las fuentes disponibles no permiten establecer con absoluta seguridad todos los detalles de su evolución clínica. En 1936, durante su hospitalización, ocurrió otro episodio trágico: Sophie murió accidentalmente electrocutada por un calefactor en el cuarto de baño. Shaver cedió la custodia de su hija, Evelyn, a sus padres.

 

Después de salir de aquel primer internamiento, en mayo de 1943, regresó a la granja familiar en Pensilvania, pero no permaneció allí demasiado tiempo. Emprendió una vida itinerante por el nordeste de Estados Unidos y Canadá. La información sobre esos años es fragmentaria y no siempre resulta posible reconstruir sus desplazamientos con precisión, pero sí se sabe que en diciembre de 1937 fue detenido en Terranova por viajar como polizón a bordo de un buque mercante. A comienzos de 1938, las autoridades canadienses lo deportaron a Estados Unidos. A partir de entonces volvió a quedar bajo custodia psiquiátrica.

 

Este segundo periodo de internamiento resulta fundamental para comprender su biografía posterior. Las fuentes señalan que fue enviado al Grafton State Hospital, en Massachusetts, y trasladado más tarde al Ionia State Hospital for the Criminally Insane, en Michigan, donde permaneció aproximadamente cinco años.

 

El periodo que Shaver pasó en Ionia constituye el núcleo más enigmático de su biografía. Años después, él mismo describiría una experiencia de cautiverio en cavernas subterráneas en las que unas criaturas llamadas “deros” lo habrían sometido a torturas durante años. Según su narración, consiguió sobrevivir gracias a la existencia de otra facción, los “teros”, que se oponía a sus perseguidores. La interpretación biográfica más aceptada relaciona el supuesto cautiverio con los años que pasó internado en instituciones psiquiátricas. Esto no significa que podamos reconstruir con certeza la experiencia subjetiva de Shaver ni determinar todos los factores que dieron forma a sus creencias.

 

Una vez de vuelta en el mundo exterior, en 1943, Shaver retomó su trabajo como operador de grúa en la empresa Bethlehem Steel. También continuó trabajando en el “mantong”, una especie de protolengua indoeuropea supuestamente perdida, y en el sistema de creencias que lo sustentaba. En septiembre de ese año, escribió al editor de “Amazing Stories” (uno de los pulps editados por Ziff-Davis, de Chicago), Raymond A.Palmer, exponiendo sus ideas. Éste se interesó en ellas y publicó una versión del “mantong” en el número de enero de 1944, bajo el título “El Alfabeto Lemuriano del Sr. Shaver”. Después, comenzaron a llegar cartas que parecían confirmar las revelaciones de Shaver. Entretanto, ambos iniciaron una correspondencia que desembocaría en una amistad y colaboración casi vitalicias.

 

Durante ese mismo periodo, Shaver contrajo matrimonio por segunda vez. Conoció a su segunda esposa, la tejana Virginia Fenwick, por correspodencia. Graduada del Mary Hardin-Baylor College en Belton (Texas) y exoficial del Cuerpo Auxiliar Femenino del Ejército, era pianista, escritora y cantante. Al parecer, fue el interés mutuo por la escritura lo que unió a la pareja. Contrajeron matrimonio el 29 de enero de 1944 y la nota social del enlace señalaba que Shaver escribía “ficción de carácter científico” y que su relato más reciente, “Warning to Future Man”, acababa de ser aceptado para su publicación por una revista popular.

 

Ese segundo matrimonio no prosperó, ya que Virginia se divorció de él al poco tiempo. Y tampoco lo hizo aquel relato, al menos en su forma original. Sin embargo, resulta interesante que la historia fuera aceptada para su publicación ya en enero de 1944, dado que la exposición de las creencias de Shaver, en su versión definitiva y titulada "I Remember Lemuria" (“¡Yo Recuerdo Lemuria!”), no apareció en “Amazing Stories” hasta marzo de 1945. Por supuesto, Raymond Palmer tuvo que reelaborar el relato para hacerlo publicable (y, probablemente, también legible). Y, seguramente, fue también Palmer quien añadió el tema de la “memoria racial”, un añadido que puede que a Shaver no entusiasmara demasiado.  

 

Pero, ¿realmente le costó tanto tiempo a Palmer hacer esa revisión? ¿O acaso existió algún tipo de oposición por parte del equipo editorial a publicar los delirios de un loco? Sea como fuere, "¡Yo Recuerdo Lemuria!" se convirtió en la primera historia publicada del "Misterio Shaver”, un ciclo que ocuparía a Ray Palmer y a sus revistas hermanas, “Amazing Stories” y “Fantastic Adventures”, durante los cinco años siguientes.

 

Ray Palmer había asumido la dirección editorial de “Amazing Stories” en junio de 1938 y, en mayo del año siguiente, lanzó la cabecera “Fantastic Stories”. En cuanto comenzó a publicar relatos sobre el “Misterio Shaver”, las ventas se dispararon. Estaba claro que había algo en aquellas fantasías que atraía a los lectores. Entre marzo de 1945 y marzo de 1950, Shaver publicó más de cinco docenas de relatos, artículos, extractos y otros textos en las revistas de Ziff-Davis editadas por Palmer. Cuarenta y siete de ellos aparecieron en “Amazing Stories” y quince en “Fantastic Adventures”. Es probable que hubiera más relatos pertenecientes al ciclo escritos por el propio Shaver bajo seudónimo, así como otros firmados por Palmer, Chester S. Geier y otros colaboradores habituales de la editorial.

 

Raymond Palmer ya estaba familiarizado con la teosofía y sus mundos perdidos. Durante años se dedicó a promocionar “Oahspe”, subtitulado “Una Nueva Biblia”, publicado en 1882 por John Ballou Newbrough (1828–1891), un dentista, pintor y espiritista estadounidense que afirmó haberlo escrito mediante la técnica de escritura automática, guiado por una legión de espíritus elevados a los que denominaba “ángeles de Jehovih”. Palmer también era un entusiasta de los fenómenos forteanos y fue el responsable de “Fate”, la revista sobre sucesos anómalos y misterios más longeva y exitosa del mundo. Y, por supuesto, fue uno de los responsables de fomentar y sostener el fenómeno ovni y mantenerlo vigente. De hecho, el investigador y escéptico John Keel apodó a Ray Palmer “el hombre que inventó los platillos voladores”.

 

Parece que Palmer fue un hombre de energía y entusiasmo inagotables, a pesar de su discapacidad y problemas crónicos de salud. A los siete años, le atropelló un camión, lo que dañó severamente su columna vertebral. Una operación posterior sin éxito y las complicaciones de sus lesiones marcaron permanentemente su desarrollo físico, creciendo con una prominente joroba y quedando su estatura estancada. En su infancia y adolescencia, desarrolló la enfermedad de Pott o tuberculosis espinal, lo que lo dejó inmovilizado durante largos periodos y requirió intervenciones complejas. En 1930 sufrió una recaída crítica que llevó a los médicos a pronosticarle tan sólo unos pocos meses de vida. Durante más de un año, permaneció postrado en un hospital, pero, milagrosamente, consiguió recuperarse. Ya en su edad adulta, en 1950, sufrió otro aparatoso accidente en su granja en el que volvió a fracturarse la espalda, quedando al borde de la muerte. A lo largo de su vida adulta arrastró secuelas de salud constantes debido a sus problemas de columna, falleciendo finalmente en agosto de 1977, a los 67 años, tras someterse a una operación quirúrgica a causa de una arteria bloqueada en el cuello. 

 

Pues bien, a pesar de ese via crucis médico, Palmer escribió cantidades ingentes de ciencia ficción, fantasía, artículos editoriales y obras de (supuesta) no ficción: La mayor parte de su obra se enmarcó en los ámbitos de lo forteano, lo esotérico, lo paranormal y otros temas marginales. Fue editor y empresario editorial durante toda su vida adulta. Podría decirse que fue una de las personalidades que dieron forma a la ciencia ficción y la fantasía entre las décadas de 1930 y 1950.

 

La monotonía que lastra gran parte de “¡Yo Recuerdo Lemuria!” es propia de la típica novela utópica. El narrador, un tal Mutan Mion -quien grabó el recuerdo de sus aventuras en placas de metal para que Richard Shaver las encontrara-, es un artista de escaso talento enviado a la ciudad de Tean para recibir una mejor educación. Mutan es un hombre corriente que vive en Subatlantis, una región situada en el centro de Mu -la Tierra-, bajo la Atlántida. En Tean no solo conoce al amor de su vida -Arl, un ser “variforme” de pelaje púrpura, cola y pezuñas hendidas-, sino que también encuentra un ambiente de paranoia y miedo: uno de los Titanes (humanos no intoxicados por el Sol que siguen creciendo en cuerpo y cerebro, sabiduría e inteligencia, a lo largo de toda su vida) es asesinado, mientras otro insinúa la existencia de un complot para derrocar al gobierno (Shaver pasa por alto la mayoría de las consecuencias de esta peculiaridad biológica del crecimiento continuo, aunque sí menciona que los edificios de ese mundo carecen de techo).

 

Al poco tiempo, Mutan y Arl huyen hacia Nortans, un planeta de gigantes, entre los que destaca Vanue -una mujer de unos 24 metros de altura-, capaz de ejercer sobre los hombres una atracción sexual irresistible. La historia continúa con un regreso a la Tierra para luchar por el alma de la civilización y revelar las maldades de los “deros” -que habitan en cavernas cercanas a la superficie- y de su malvado y degenerado amo.

 

Todo esto resulta mucho menos interesante de lo que parece, porque Palmer amplió el relato original de Shaver -de 10.000 palabras- hasta convertirlo en una miniepopeya de 31.000. Y lo hizo, principalmente, añadiendo numerosas notas a pie de página que pretenden vincular los sucesos de la historia con ciertas mitologías, refutar conceptos de la física moderna o explicar con mayor claridad la idea de que la radiación de nuestro envejecido Sol se ha convertido en un veneno que provoca el envejecimiento y afecta también a la mente.

 

Además, se habla muchísimo sobre el “mantong”. Se trata de la idea –como ya dije, propuesta por Shaver en una carta de 1943 a “Amazing Stories”- de que las 26 letras de nuestro alfabeto representan conceptos y de que cualquier palabra en inglés podría descodificarse para revelar lo que significa en ese lenguaje, el más antiguo de la Humanidad. La historia no cobra interés hasta bien avanzado el texto, aproximadamente transcurridas las tres cuartas partes del mismo, pero resulta extrañamente fascinante como ejemplo de una síntesis insólita de ansiedad ante la Era Atómica, teorías de la Tierra Hueca, Lemuria, la noción de que el ser humano ha degenerado desde una antigua perfección física, teorías precursoras de los astronautas de Von Däniken, los peligros del gobierno centralizado y el “tecnosexo”.

 

(Finaliza en la siguiente entrada) 

 


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