Edgar Wright ya tenía cierta experiencia en la televisión británica cuando empezó a llamar la atención con la serie de culto “Spaced” (1999-2001). Junto con el protagonista de ésta, Simon Pegg, dio el salto al cine con gran éxito gracias a la comedia “Zombis Party” (2004). Wright, Pegg y su coprotagonista Nick Frost extendieron su colaboración a otras dos películas, la parodia de cine de policías justicieros “Arma Fatal” (2007) y la comedia de CF “Bienvenidos al Fin del Mundo” (2013). Entretanto, Wright dirigió en solitario “Scott Pilgrim contra el Mundo” (2010) y, más adelante, el thriller de atracadores “Baby Driver” (2017) y la historia de fantasmas “Última Noche en el Soho” (2021). Wright también escribió el guion de “Las Aventuras de Tintín” (2011), dirigida por Steven Spielberg, produjo “Attack the Block” (2011) y “Turistas” (2012), y durante mucho tiempo, se anunció que dirigiría “Ant-Man” (2015) para Marvel Studios antes de abandonar el proyecto por diferencias creativas, aunque conservó el crédito de coguionista en la película final.
Wright leyó “The Running Man”, la novela de Stephen King
(publicada e
n 1982 bajo el seudónimo de Richard Bachman y en España con el
título de “El Fugitivo”) cuando era adolescente, a finales de los años 80.
Aunque la adaptación al cine de 1987, protagonizada por Arnold Schwarzenegger,
le pareció entretenida, siempre pensó que el guion de la misma se había alejado
radicalmente del tono y la trama del libro, desaprovechando el verdadero
potencial de la historia original.
Hace aproximadamente 15 años, el propio Wright intentó llevar a cabo una traslación más fiel, pero en ese momento los derechos estaban fuera de su alcance y acabó descartando la idea. Ésta volvió a cobrar vida años después cuando, en repetidas entrevistas y redes sociales, le preguntaban qué película clásica le gustaría recuperar y actualizar, y Wright siempre respondía sin dudar: “The Running Man”. Fue entonces, a principios de 2022, cuando el productor Simon Kinberg se puso en contacto con él para darle la gran noticia: tenían los derechos y le ofrecían el proyecto. A partir de ese momento, Wright se puso a escribir el guion junto a Michael Bacall. Aunque el proceso avanzó a trompicones debido a las huelgas de Hollywood de 2023, se aceleró a principios de 2024, cuando los ejecutivos de Paramount Pictures, entusiasmados con la ambición de la propuesta y buscando un blockbuster, le dieron vía libre total al director para convertirla en su siguiente gran película.
En un futuro cercano, e
n Co-Op City, Ben Richards (Glen Powell)
está desesperado por encontrar trabajo tras ser despedido por denunciar abusos
laborales y vetado como “agitador” sindical. El único salario que entra en casa
es del trabajo de su esposa Sheila (Jayme Lawson) como camarera en un club
nocturno. Sin embargo, no es suficiente y cuando su hija pequeña necesita
urgentemente medicamentos que no se pueden permitir, Ben decide presentarse a
las audiciones de concursos de televisión.
Su arranque de indignación contra el personal de seguridad que
vigila la cola de aspirantes lo lleva a ser seleccionado para participar en el
popular programa “The Running Man”. Por un premio de mil millones de dólares,
debe sobrevivir treinta días a la caza a la que van a someterlo asesinos
profesionales con autorización para matarlo y dirigidos por el enigmático
McCone (Lee Pace). Cualquier ciudadano que informe de haberlo visto, recibirá
una recompensa. El programa se emite todas las noches a las 8 p.m., con Bobby T
(Colman Domingo) ejerciendo de histriónico presentador, animando al público del
estudio y a otros dos mil millones de espectadores en sus hogares, que
sintonizan para descubrir qué les sucede a los corredores mientras son
perseguidos por todo el país.
La cuenta atrás comienza y Richards, a través de su amigo
Molie (William H. Macy) consigue una nueva identidad
en las primeras horas.
Misteriosamente, por bien que se esconda, los cazadores siempre parecen
encontrarlo y, para más inri, descubre que la cadena manipula las grabaciones
que diariamente está obligado a hacerles llegar para mostrarlo como un criminal
lunático y peligroso. Todo está amañado, pero Richards resulta ser alguien lo
suficientemente inteligente y duro como para sobrevivir más que ningún otro
concursante desde la primera temporada. Aún más, sin buscarlo ni desearlo, consigue
un gran apoyo entre los pobres y oprimidos, ansiosos de encontrar un líder
contra el sistema que los oprime.
Como he apuntado antes, Edgar Wright retoma la novela de
Stephen King, que la película de 1987 descartó casi por completo. La trama se
mantiene bastante fiel a la misma: Ben Richards y su esposa viven en un barrio
marginal sin pode
r encontrar trabajo (aunque la película suaviza el hecho de
que su esposa trabaje como prostituta); su audición para el programa; la
cacería a través del país (que en la película de los 80 transcurría en un
estudio); sus encuentros con un movimiento clandestino y revolucionario que se
forma a su alrededor; el secuestro de Amelia Williams (Emilia Jones) y el
abordaje del avión; la oferta de Killian y el final, que la película amplía y
modifica de manera interesante aunque no a gusto de todos. Obviamente, se han
incorporado algunas actualizaciones necesarias respecto al libro: ahora, en
lugar de dejar una videocinta en un buzón, Ben deposita diariamente una
grabación digital en un buzón que se transforma en un dron; también se
profundiza mucho más en la sociedad moderna de hipervigilancia y se utilizan
las actuales técnicas de manipulación de imagen e información.
Es de agradecer que el guion recupere la idea de que Ben
Richards sea un hombre común que lucha po
r sobrevivir económicamente, en lugar
de elegir a un héroe de acción con un físico sobrehumano perseguido por
enemigos extravagantes que lo convierten todo en una especie de espectáculo
hortera de wrestling. Aun así, Edgar Wright no puede evitar inclinarse hacia
los tropos del cine de acción. Glen Powell puede ser un hombre común y
corriente, pero cuando se quita la camisa o camina en toalla luce un físico
estupendo impropio de alguien que vive en condiciones precarias y trabaja en fábricas
tóxicas.
Parte del problema de esta versión radica en su aparente
indecisión sobre si está llevando a cabo una adaptación del libro de Stephen
King o un remake de la película de 1987. Aparentemente, su intención es hacer
lo primero, pero a veces parece más bien lo segundo. La entrevista que mantiene
Richards con el director de la cadena, Killian (Josh Brolin), está salpicada de
fantasías innecesarias, como cuando el primero imagina que estampa la cabeza de
su interlocutor contra el escritorio.
Esto se hace particularmente evidente durante las escenas
en las que el protagonista escapa del hotel en el que le han acorralado. En
ellas, Wright da rienda suelta a la película de acción que había estado conteniendo
hasta ese momento. El punto más ridículo llega durante la huida de la casa de
Elton (Michael Cera), un absurdo laberinto de trampas de todo tipo que parece
sacado de un corto clásico de la Warner. Eso sí, un irreconocible Cera y su
madre, interpretada por la ya muy envejecida Sandra Dickinson (que interpretó a
Trillian en la serie de televisión “Guía del Autoestopista Galáctico”, 1981), roban
la escena.
Inicialmente, “The Running Man” no parece tener más
ambición que la de ser una película de acción competente. Incluye algo de la sátira
sobre los med
ios de comunicación que ya se vio en el film de 1987, pero tampoco
profundiza demasiado en ello, quizá porque, desde entonces, la proliferación de
los realities y programas absurdos y vergonzantes ha hecho que gran parte de la
extravagancia de la novela y la antigua película se haya diluido,
convirtiéndose en parte del paisaje multimedia actual.
Por o
tra parte, Richards es un padre desesperado en una
América donde la atención médica no llega a quienes más la necesitan, la
sociedad se ha segregado y aislado físicamente por clases económicas hasta
niveles nunca antes vistos, las corporaciones hacen y deshacen a su antojo y la
telerrealidad se ha convertido en una lotería de asesinatos sangrientos. En el
fondo, nada que no se haya visto ya antes en muchas otras obras distópicas.
Sin embargo, a medida que avanza la historia, Wright
empieza a lanzar una serie de mordaces críticas contra los Estados Unidos y la
sociedad modernos. Los cazadores enmascarados que caminan a cámara lenta (en
una escena en particular con la bandera estadounidense ondeando tras ellos)
tienen un claro aire a
los agentes del ICE de Trump. Al igual que sucede hoy, la
película muestra cómo los grandes medios de comunicación y el gobierno
colaboran para crear y difundir imágenes y mensajes propagandísticos. Aquí, la
línea se difumina por completo, porque los asesinos del programa tienen la
apariencia de agentes gubernamentales, mientras que se nos dice que el propio
presidente de los Estados Unidos acudiría a confirmar a Ben Richards como
protagonista de su propio programa si éste accede a ello.
Se hace
mucho hincapié en la capacidad de la televisión
para editar y distorsionar los hechos: Ben envía un videomensaje que la cadena
reemplaza y emite manipulado a su conveniencia para enfurecer a la audiencia.
La película le da mucha más importancia que la novela al movimiento
revolucionario clandestino que encuentra en Richards a su símbolo. Una de las
frases más hilarantes está en la escena en la que Richards y su rehén, Amelia,
son detenidos en la carretera por los paletos de una milicia local que
proclama: “Estamos aquí protegiendo
nuestra propiedad en nombre de la Cadena”. Incluso los grupos radicales de
la autodenominada "derecha alternativa", que sostienen que el
gobierno federal es tiránico o ilegítimo, han sido cooptados por los medios de
comunicación.
(ATENCIÓN: SPOILERS) El clímax de la serie es el aspecto
más interesante
y satírico de la película, y donde esta versión más destaca…aunque
no necesariamente para bien. Wright hace que Richards y Amelia aborden el avión
que les ha preparado la Cadena. Durante el vuelo, Killian manipula a Richards
para que se enfrente a McCone y los pilotos del avión (como sucede en la novela
de King), diciéndole que su esposa e hija han muerto y con el fin de proporcionar
un clímax dramático a la temporada del programa. A partir de ahí, la historia
se desvía de la novela.
Richards intenta estrellar el avión contra la sede de la Cadena,
pero ésta se defiende con misiles, lo derriba y Killian monta un deepfake para
la audiencia. Es el momento en el que vemos que la clásica rebeldía contra el
sistema al estilo Arnold Schwarzenegger ha sido derrotada por la falsedad
mediática.
Pero en las escenas siguientes, vemos que Richards ha
sobrevivido. Ahora bien, esto se presenta de forma irónica y ligera, al estilo
de un youtouber adolescente y con el mismo tono que utilizan los teóricos de la
conspiración. Aquí, el mensaje parece no ser tanto uno de desafío al sistema,
sino que el bando que gana es el que tiene la mejor propaganda o presentación
de la realidad. La película concluye con el tradicional castigo del villano a
manos del héroe en el mismo plató del programa, si bien esto parece forzado,
poco acorde con la lógica de la historia hasta ese momento y lastrado por importantes
agujeros de guion
. (Habiendo demostrado la Cadena su poder y capacidades, ¿cómo
permite la entrada, como público del programa, a una multitud de enfurecidos
rebeldes?). Personalmente y por mucho que este final haya contado con el
beneplácito explícito de King, me parece un desacierto, lo que me plantea un
dilema por lo demás habitual: ¿acaso una conclusión decepcionante anula el
resto de las posibles virtudes de una película?
El caso es que, inicialmente, ni crítica ni público
respondieron con entusiasmo a la propuesta de Wright. Con un presupuesto
estimado en unos 110 millones de dólares, recaudó cifras discretas en s
u fin de
semana de estreno a nivel global, lo que dejó a la película lejos de
convertirse en el blockbuster que Paramount había esperado. Hay que decir que
quizá parte de la responsabilidad la tuvo el departamento de marketing, cuya
campaña promocional no aclaraba si se trataba de una comedia negra, un thriller
ciberpunk o una cinta de acción sin más. Además, tuvo que competir en pantalla
con la tercera entrega de “Ahora No Me Ves”, la saga de los ilusionistas
ladrones, un pulso del que esta última salió victoriosa. Sin embargo, tras su llegada
a las plataformas digitales, “The Running Man” experimentó una segunda vida,
encaramándose rápidamente a los primeros puestos de lo más visto.
La crítica especializada se mostró positiva, pero sin
entusiasmo. Y en cuanto a los conocedores de la novela de King y/o los de la
película de los 80, algunos hubieran deseado un reinicio nostálgico al 100%; y otros,
una adaptación sombría y purista del libro. En cambio, Wright no contentó ni a
unos ni a otros, ofreciendo en cambio una sátira política disfrazada de
thriller de acción, con su característico ritmo frenético, sí, pero carente de
personalidad para adecuarse a los convencionalismos de los estudios americanos.
Perso
nalmente y tratándose de un director que habitualmente
sabe imprimir su personalidad a sus películas, me sorprende y decepciona que
“The Running Man” no sea mejor. Quizá el mayor problema sea el que antes he
apuntado: su tono. Debería emocionar al espectador con el drama del
protagonista, o bien dejarle sin aliento con una cinematografía virtuosa, pero
no consigue ninguna de las dos cosas. El guion carece de chispa e identidad,
con diálogos que suenan a ya escuchados y clichés familiares del cine distópico
y de acción. Es una película demasiado descarada y a ratos enloquecida como para
conmover, y demasiado cruda para poder disfrutarla como una comedia pura,
dejando a Glen Powell en una especie de limbo. La comedia funciona sólo a
ratos, las secuencias de acción son divertidas, pero sin ofrecer nada que no hayamos
visto antes y, desde luego, no tan estimulantes como cabría esperar de Wright (recuerdénse
las emocionantes persecuciones a pie y en coche de “Baby Driver”). Y
narrativamente, avanza a toda velocidad con una confianza inmerecida para
desembocar en una conclusión apresurada, desordenada e ineficaz.
No puedo decir que “The Running Man” sea una mala película, pero sí convencional. Está bien dirigida de principio a fin, con escenarios impresionantes, un buen montaje, música y diseño adecuados… Además, como adaptación de la novela de King, es mucho más fiel y dura que su predecesora ochentera. Pero carece de la alegría, corazón y amalgama de influencias que definen el resto de la filmografía de Wright.

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