(Viene de la entrada anterior)
La tercera temporada de “WondLa” debería haber sido una conclusión épica para el viaje de Eva, un final de trilogía con gran carga emocional, una resolución temática satisfactoria y la sensación de que cada momento había estado preparando el terreno para ello. En cambio, con solo seis episodios para cerrar una historia ya de por sí compleja, el ritmo se desmorona bajo su propia ambición.
Para complicar aún más las cosas, estuvieron los
movimientos entre bambalinas. La colaboración de Skydance Animation con Apple
terminó antes incluso de que s
e emitiera la última temporada, y John Lasseter,
una figura aún controvertida desde su salida de Disney, seguía siendo alguien
de quien los estudios se distanciaban discretamente. No sorprende que “WondLa”
termine aquí: todo, fuera y dentro de la serie, apuntaba a que, incluso de
haberlo deseado, ya no había posibilidad de continuarla.
La consecuencia es una temporada que intenta cerrar todo en
una carrera contrarreloj. L
os momentos que debían ser pilares
emotivos de la historia -reencuentros, despedidas o sacrificios- pierden su
peso dramático. Al no tener el "aire" necesario para respirar, estas
escenas parecen más un trámite, un mero eslabón en la cadena argumental que el
espectador apenas tiene tiempo de procesar antes de ser arrastrado al
siguiente. Por las mismas razones, las revelaciones que deberían haber
sacudido los cimientos de la historia son más "checklists" de guion
que giros transformadores. Debido al rápido ritmo que ya venía imponiendo la
serie y el recorte en cuanto al número de episodios, la trama se impone sobre el
desarro
llo de los personajes, por lo que las motivaciones de éstos parecen más
dictadas por la necesidad de avanzar hacia el final que como consecuencia
natural de su evolución psicológica previa. Y, además, esa rapidez hace que se
pierda la sensación de escala: el peligro no parece tanto una amenaza
existencial como un obstáculo que superar.
Otro gran problema de esta temporada final es la cantidad
de eventos que dependen de la suerte. Los personajes no se ganan los
descubrimientos, simplemente se topan con las pers
onas exactas que necesitan en
el momento preciso. Por ejemplo, en el primer episodio y medio, Eva 9 se aleja,
salva a una criatura y, por casualidad, se encuentra con Arius, un vidente que
le da inmediatamente la información que necesita. Momentos después, ve humo a
lo lejos y, mira tú por dónde, allí resulta estar su mejor amigo esperándola. Más
tarde, vemos a los personajes adentrarse en el bosque donde se encuentran
inmediatamente con Otto, de nuevo sin tensión, búsqueda ni esfuerzo. Una
conveniencia tras otra.
Las primeras temporadas ya tenían atajos evidentes, como el
chicle con el
que se traducía cualquier idioma, pero había suficiente espacio
narrativo para que esas conveniencias resultaran detalles entrañables en lugar
de problemas estructurales. Por el contrario, en la tercera temporada, con solo
seis episodios y mucha leña que cortar, no hay respiro entre los atajos.
Esta temporada de cierre introduce también un nuevo patrón cogido
por los pelos y casi cómico: de repente, todos tienen un hermano o hermana. Y
no uno cualquiera, sino una contrapartida moralmente “bu
ena" de los
antagonistas que Eva ha ido conociendo en su viaje. Estos hermanos aparecen uno
tras otro exactamente de la misma manera: Eva se los encuentra, asume que son
las personas que ya ha conocido, pero al instante se da cuenta de que, en
realidad, son los hermanos del villano y que están ahí para ayudar. ¡Qué
casualidad!
La intención es obvia: presagiar la dualidad entre Eva Ocho
y Eva Nueve, reforzando la idea de que incluso los villanos tienen versiones
espejo de sí mismos que po
drían haber tomado decisiones diferentes; que, ante
los mismos problemas, una simple elección puede convertir a alguien en héroe o
villano. Es una idea que, si no nueva, sí es interesante. El problema es que
para explorarla se requiere un tiempo del que los guionistas no disponen. En
lugar de presentarse como un simbolismo ingenioso, la rapidez y repetición
acaba haciendo que el espectador piense: "Vaya… ¿este también tiene un
hermano/a sorpresa?".
Nada tiene tiem
po de asentarse correctamente. Ocurren giros
dramáticos trascendentales en los que la serie apenas se detiene lo suficiente como
para que el espectador los asimile. Por ejemplo, la transformación de Eva Ocho
en una especie de Darth Vader. En lugar de sentirse como un giro devastador
para un personaje al que hemos acompañado y puede que incluso simpatizado, su
caída se convierte en un simple punto más en una larga lista de cosas que
suceden rápidamente.
A todo el mundo le encanta ese gran momento de las historias
de aventuras en el que los héroes están acorralados, toda esperanza se ha
perdido y, de repente,
un personaje querido aparece para cambiar las tornas. Es
un recurso que, utilizado adecuadamente en tiempo y forma, funciona, aporta
emoción y alivio. Pero cuando se recurre a ello cada pocos minutos, termina por
convertirse en un deus ex machina perezoso que transforma lo heroico en casi
cómico. Y eso es lo que ocurre aquí: no hay tiempo para construir el suspense porque
cada momento peligroso se ve inmediatamente neutralizado por algún salvador que
aparece en el momento justo.
Por ejemplo, hay un momento en que Eva 9 está realmente en
peligro. Lo mejor que hubieran podido hacer
los guionistas por ella es
encontrar la forma de que se salvara sola. Y sí, lo hace, demostrando su fuerza
e ingenio…brevemente. Porque poco después, una amiga (que había abandonado al
grupo apenas diez minutos antes en el mismo episodio) regresa para salvarla de
otro peligro. Se presenta como un regreso triunfal, pero el impacto emocional
se ha esfumado. En lugar de ser un acto heroico, se siente predecible, perezoso
y extrañamente carente de emoción.
El vínculo de Eva con la Fuente, el Corazón del Bosque,
había sido un misterio fundamental a lo largo de las temporadas anteriores: su
capacidad para hablar telepáticamente con los animales, su empatía, su
transformación espiritual y física al final de la segunda temporada… todo ello apuntaba
a un destino trasce
ndental. Sin embargo, en la temporada final, prácticamente
no se aborda ese aspecto. Despierta de su letargo, encuentra a sus amigos por
pura casualidad y salva el día sin haber utilizado jamás su conexión con la
Fuente de forma significativa. Lo único que se suponía que la hacía única se
vuelve irrelevante. Incluso necesita un animal que la guíe hacia la Fuente
porque no puede encontrarla por sí misma. Luego, en los momentos finales,
cuando se supone que debe sacrificarse y regenerar el planeta… otra persona
ocupa su lugar, alguien, además, sin ninguna conexión pasada o presente con la
Fuente. Una decisión que socava dos temporadas de desarrollo y deja una
pregunta en el aire: ¿cuál era el sentido de todo ello? ¿la redención de un
personaje secundario?
Y hablando del desenlace, llegamos por fin al clímax hacia
al que han confluido los veinte episodios
. Todos los personajes que hemos
conocido están luchando por sus vidas en una guerra total que estalla
repentinamente, y Eva debe emprender el camino final sola. Una avalancha de
rocas crea muy convenientemente el clásico momento de "ahora debes caminar
sola". El problema es que no lo hace. Una vez más, justo cuando todo
parece perdido, la salvan unos animales alienígenas con los que entabló amistad
al principio de la historia y que ahora despejan la avalancha para ayudarla.
Debería sentirse como una recompensa emocional y un cierre de ciclo: la empatía
y bondad que ella había ofrecido siempre, ahora, en el momento crucial, tiene
su recompensa. Pero como la temporada ha abusado tanto de estos momentos de
rescate, apenas se percibe como tal.
Y ya, para colmo, el golpe final: Eva pierde a alguien querido, solo para que éste resucite unas escenas después. Un momento que resume toda la temporada.
Al analizar las dos temporadas anteriores de esta serie, la
palabra que siempre me ha venido a la mente ha sido "básico": parece
el esqueleto de una buena his
toria, pero carente de piel, músculo, tejido u
órganos. Hace una década, los veinte episodios de “WondLa” se habrían agrupado
en una sola temporada, lo que quizá les habría dado a los guionistas una idea
más clara de cómo estructurar el conjunto en cuanto a ritmo, dosificación de la
información y desarrollo de trama y personajes. Pero al fragmentar la historia
en tres temporadas y limitar la duración de los episodios a veinte minutos,
queda muy poco espacio para dar auténticos matices a los personajes y el mundo
en el que se mueven más allá de un puñado de clichés. El resultado es que
parece una serie cualquiera de aventuras, sin nada que destaque de forma
memorable ni lleve a desear verla de nuevo en un futuro.
¿Es una temporada que pueda calificarse de auténtico
desastre y de la que es mejor prescindir? No diría tant
o. Si se llegado hasta
aquí tras las dos primeras temporadas, ver cómo termina no supone demasiado
esfuerzo en términos de tiempo y, al menos, ofrece una conclusión cerrada. Pero
eso sí, no se espere una narrativa excepcional ni arcos emocionales
satisfactorios. Recurre a clichés que hemos visto innumerables veces y no los
desarrolla mejor que sus predecesoras. El ritmo es frenético, las conveniencias
argumentales excesivas y las resoluciones vacías.
Al menos, cuenta con un sustrato moral y un mensaje claros y dirigidos a su público objetivo: el respeto a la Naturaleza, por supuesto y, sobre todo, los peligros de caer en el tribalismo y los prejuicios, ya que esto solo conduce a la destrucción y el miedo. Mensajes apropiados para cualquier tiempo y lugar, pero especialmente pertinentes en los tiempos que corren (y resulta irónico si tenemos en cuenta que la serie, ya lo dijimos, proviene de Skydance Animation, que en 2025 compró Paramount para usarla como brazo propagandístico de la administración Trump).

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